El oro que asesinó al emperador Valeriano

El siglo III de Nuestra Era fue una etapa de caos, violencia y crisis. El poder romano, floreciente hasta el siglo II, comenzó a desmoronarse tras la muerte de Alejandro, último representante de la dinastía Severa. En el periodo comprendido entre el asesinato de Alejandro Severo en 235 d.C. y la llegada al trono de Diocleciano en 284 d.C. hubo un total de 49 gobernantes entre emperadores legítimos y usurpadores, lo que nos da la redonda cifra de emperador por año.

Todo este clima de guerra, caos y anarquía causó el colapso de la economía romana, la despoblación urbana, la contracción del comercio, motines en el ejército y otro sinfín de desgracias. Los bárbaros, atraídos por el debilitamiento de las fronteras, lanzaron incursiones de saqueo con mayor frecuencia. Por si esto fuera poco, la anarquía romana coincidió con el renacimiento del poder sasánida, estado localizado en los actuales Irak e Irán y tradicionales enemigos de Roma. En aquel siglo, Artabán IV fue depuesto por uno de sus gobernadores, Ardashir I. La nueva dinastía revitalizó Persia.

Bajo este conflicto sucesorio subyacían multitud de causas culturales, políticas y religiosas. Tanto Artabán como Ardashir eran iranios, pero el primero era parto y el segundo persa, dos de los pueblos que componían la etnia irania. El Imperio Parto había sido un estado fundamentalmente feudal y helenístico. Ardashir quería acabar con la, a su juicio, imparable decadencia cultural del estado y reivindicar su componente persa y zoroastra. Su otro gran objetivo era legitimar su poder, para lo que emprendió una serie de campañas contra el Imperio Romano. Tras su muerte, esta tarea fue retomada por su hijo Sapor I.

En el Imperio Romano gobernaba por aquel entonces Valeriano, quien llegó al trono en 253 d.C. tras derrotar en una guerra civil a Marco Emilio Emiliano. El emperador, al contrario que muchos de los gobernantes de la Roma del siglo III, había comenzado su carrera en la administración civil. Ocupó los cargos de censor y gobernador y provenía de una vieja familia patricia de la aristocracia romana, hecho que le valió el apoyo de un Senado que había visto mermar su poder. Poco después de ascender al trono, Sapor I declaró la guerra al Imperio Romano.

Valeriano decidió comandar él mismo la guerra, por lo que tuvo que viajar al escenario de la campaña: Oriente. El emperador necesitaba un ejército enorme para poder frenar a la formidable maquinaria bélica de los persas. Hasta el siglo II esto no había sido problema para los Augustos. La crisis económica, sin embargo, obligó a los gobernantes del siglo III a reducir el tamaño de sus ejércitos.

Valeriano necesitaba una fuente extraordinaria de recursos y la encontró en los cristianos. El emperador ordenó la ejecución de todos los obispos, diáconos y presbíteros del Imperio, una de las víctimas de esta persecución fue el célebre San Lorenzo, y confiscó los bienes de todos los cristianos. La cantidad que obtuvo le permitió crear el ejército necesario para la guerra.

San Lorenzo fue una de las víctimas de la persecución iniciada por Diocleciano. Obra de Tiziano, Iglesia de los Jesuitas de Venecia.

San Lorenzo fue una de las víctimas de la persecución iniciada por Diocleciano. Obra de Tiziano, Iglesia de los Jesuitas de Venecia.

Mientras, en Occidente pronto surgieron severas dificultades. Valeriano había delegado la administración de esta región en su hijo Galieno, un joven inexperto que cometió el error de desguarnecer la frontera del Rin al trasladar a Italia las tropas destinadas en la Galia. Los alamanes y francos aprovecharon la ocasión brindada e invadieron la provincia. El general Póstumo logró repeler la invasión pero acto seguido dio un golpe de estado y se autoproclamó emperador, siendo reconocido como tal en Hispania, Galia y Britania. Póstumo y sus herederos lograron mantener el control de dichas provincias y crear un estado rival que ha recibido el nombre de Imperio Galo. Roma reconquistó las tres provincias durante el reinado de Aureliano (270-275).

En Oriente las cosas no iban mejor para Valeriano, quien fue derrotado en la Batalla de Edesa. El grueso del ejército imperial fue destruido y el emperador no tenía más cristianos a los que confiscar sus bienes para crear un nuevo ejército. No le quedó más remedio que intentar negociar la paz con los persas, aún a costa de tener que hacer importantes concesiones. El emperador decidió enviar a Macrino el Viejo, su prefecto del pretorio, para parlamentar con Sapor I. El prefecto del pretorio era un cargo muy importante, comandante en jefe de la guardia personal del emperador y especie de primer ministro.

Macrino aspiraba a algo más que eso: quería la corona para sí y para sus hijos. Decidió aprovechar la importante misión que su amo le había encargado para conspirar contra él, ganarse el apoyo del sha y autoproclamarse emperador. El astuto Sapor vio una gran ocasión para obtener ventajas territoriales y provocar una nueva guerra civil en Roma, por lo que apoyó encantado las aspiraciones del prefecto. Éste volvió al campamento de Valeriano comunicándole que Sapor estaba dispuesto a negociar una paz honrosa y que le invitaba a conferenciar en el campamento sasánida. El sha garantizaba la seguridad del emperador romano.

El confiado Valeriano accedió y acudió a parlamentar con sus enemigos. Cuando los dos monarcas se vieron, Sapor se separó de su escolta para saludarle. Valeriano, a caballo, hizo lo propio para corresponder a la cortesía. De repente emergió una lluvia de flechas que acabó con la exigua guardia personal de Valeriano. El emperador fue hecho prisionero.

Tal y como Sapor había calculado, en Roma empezó una guerra civil entre Macrino y Galieno. El sha no quiso pedir rescate por Valeriano, ya nadaba en oro y joyas. Prefirió divertirse a su costa. Unos días le usaba de criado, otros como montura. Era la mascota de la corte persa. Un día, Sapor ordenó que le atasen a una silla. Mientras Valeriano siguiese con vida existía el peligro de que los romanos fueran a rescatarle. El persa sujetó una olla llena de oro fundido y obligó al destronado emperador a bebérsela. Sí, es una escena que recuerda a cierta serie de televisión. El pobre Valeriano falleció pero sus penurias no terminaron ahí.

Sapor desolló su cadáver y le usó durante décadas como trofeo. Lo puso en uno de los templos del Imperio. Le divertía recibir a los embajadores romanos allí, delante del mutilado cadáver del que fue su emperador. Un triste final para alguien que había gobernado todo un Imperio.

Para saber más

Valeriano

Galieno

Crisis del siglo III

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La reforma agraria de Tiberio Graco

Tiberio Sempronio Graco fue un político capital durante la transición entre la República y el Imperio Romano. Graco nació en 164 a.C. Su padre había sido un magnífico militar y diplomático, labor en la que destacó tras alcanzar acuerdos con los celtíberos que le permitieron pacificar Hispania. Murió cuando su hijo era un niño pequeño. Tiberio creció sintiendo en todo momento la alargada sombra de su famoso padre. La presión por igualar los éxitos de su progenitor fue acrecentada por su madre, quien le repitió en varias ocasiones que esperaba ser recordada por ser la madre de Tiberio Graco en vez de por ser la hija de Escipión el Africano.

Tiberio Graco comenzó su carrera sirviendo en el ejército. Fue oficial durante la III Guerra Púnica, en la que demostró un gran arrojo y valentía al ser el primer hombre en traspasar las murallas de Cartago en el asalto final a la capital púnica. Posteriormente fue enviado a Hispania donde comenzó a darse cuenta de la desesperada situación por la que atravesaban los soldados que lograban la gloria para Roma. Allí se habían reanudado las hostilidades entre las fuerzas de ocupación romanas y los pueblos nativos. El joven fue puesto bajo el mando del general Mancino, un incompetente militar que se metió de lleno en la trampa que los celtíberos les habían preparado. Los romanos fueron emboscados y su suerte parecía echada. El aterrorizado general envió un emisario para negociar con los indígenas pero estos se negaron a recibirle. Aseguraron que no negociarían con nadie que no fuese Tiberio Graco, el hijo de aquel hombre de honor que había regido los designios de Hispania décadas atrás. Mancino se sorprendió: no era habitual mandar a un joven oficial sin apenas experiencia a acordar una tregua con sus enemigos. A pesar de ello, no le quedaba otra opción. Tiberio Graco se reunió con los celtíberos y alcanzó un acuerdo de paz que permitió que él y sus compañeros abandonasen el lugar con vida.

Cuando volvieron a Roma, Graco y Mancino fueron detenidos por el Senado y sometidos a juicio, acusados de haber acordado una paz deshonrosa para Roma. Graco fue absuelto por la intervención en su favor de Escipión Emiliano, pero Mancino fue humillado como castigo. El joven Tiberio fue muy bien recibido por la gente común de Roma, quienes le agradecían que hubiese salvado a sus hijos y esposos aún a cambio de obtener una paz deshonrosa. El amor que el muchacho despertaba en el pueblo fue visto con recelo por la aristocracia más conservadora. Durante aquella época la República se hallaba dividida en dos facciones: los optimates (cuyo significado es “los mejores”) eran los depositarios de las tradiciones romanas y defensores de los intereses terratenientes, grandes partidarios de la oligarquía como sistema de gobierno. Los populares sostenían la necesidad de un programa de reformas para salvar a la República de la anarquía y el caos. Apoyaban el reparto de tierras, la apertura del Senado a miembros de clases sociales más bajas y la necesidad de crear una sociedad más justa. Graco simpatizaba con el segundo grupo. Las crónicas narran que el joven quedó devastado mientras viajaba por la Península Itálica y observaba las míseras condiciones de vida de la antaño próspera clase media agrícola. Las Guerras Púnicas habían arruinado al pequeño campesinado y favorecido la concentración de tierras en grandes latifundios propiedad de los optimates. La inagotable mano de obra esclava procedente de las campañas militares permitían que estas grandes plantaciones tuviesen una productividad y una rentabilidad infinitamente mayores a las que podían conseguirse en los minifundios.

Con el objetivo de acabar con las injusticias y de ser recordado por algo más que por ser el hijo del gran Tiberio Graco, el joven decidió emprender una carrera política. Fue animado a ello por algunos de los senadores más reformistas que querían obtener la estabilidad interna de la República aunque para ello hubiese que realizar ciertas concesiones al pueblo. Pese a que los nobles solían comenzar su carrera política ocupando otras magistraturas, Graco provocó un escándalo al presentarse al Tribunado de la Plebe, cargo normalmente ocupado por plebeyos y que consistía en defender los intereses de esta clase social. El tribuno era inviolable por ley (atentar contra el Tribuno era considerado sacrilegio) y podía interponer veto a cualquier decisión del Senado que perjudicase los intereses plebeyos. Amparado por su creciente popularidad, Tiberio arrasó en las elecciones y ocupó el tribunado de la plebe junto a Marco Octavio.

La Asamblea de la Plebe era el lugar donde se reunían los plebeyos. Era un

La Asamblea de la Plebe era el lugar donde se reunían los plebeyos. Era un “Senado” popular que debía aprobar las propuestas del Tribuno de la Plebe. El tribuno Cayo Graco presidiendo la Asamblea de la Plebe, grabado de Silvestre David Mirys.

El tribuno presentó a la Asamblea de la Plebe la Lex Sempronia. Era una ley muy reformista aunque respetaba parte de los privilegios de los terratenientes. Legalmente, ningún ciudadano romano podía poseer más de 125 hectáreas del suelo público. Normalmente los terratenientes superaban sin escrúpulos ese límite. La idea de Graco era hacer lo respetasen y expropiar los lotes de tierra de los grandes propietarios que excediesen las 125 hectáreas. Sin embargo, para apaciguar los encendidos ánimos de los optimates, incluyó una enmienda. Al límite de 125 hectáreas se le sumarían 65 adicionales por cada hijo. Con esta medida se respetaba el predominio de los grandes propietarios pero se obtendrían tierras que serían repartidas en lotes de 7,5 hectáreas a los ciudadanos sin propiedades.

Pese a que el joven había tratado de apaciguar al Senado ampliando el límite de tierras con un hábil recurso legal, la ley despertó la indignación de los patricios más conservadores. Éstos ordenaron a su marioneta Marco Octavio que vetase la propuesta de su colega. Graco no se amilanó y recogió el guante del desafío senatorial. Decidió proponer a la Asamblea la destitución de su compañero con el argumento de que velaba por los intereses de los poderosos y no por los de la plebe. El pueblo votó de manera unánime la destitución de Octavio. Era una medida sin precedentes que enfureció más aún a los senadores y que hizo que Tiberio Graco perdiera el apoyo de los pocos senadores que simpatizaban con él.

Libre de obstáculos, el tribuno logró aprobar la Lex Sempronia. Poco después llegó a Roma la noticia de la muerte de Atalo, rey de Pérgamo que había dejado su tesoro y su reino como herencia al pueblo romano. Graco propuso emplear las riquezas del monarca en comprar el equipamiento necesario para que los nuevos granjeros pudiesen explotar sus granjas. Nuevamente se encontró con el rechazo del Senado que hizo correr el rumor de que Tiberio quería ganarse el favor de la plebe con el objetivo de proclamarse rey de Roma. Esta era una acusación muy grave: en Roma los reyes eran odiados desde la derogación de la Monarquía.

El Tribuno de la Plebe ocupaba el puesto durante un año y estaba prohibido volver a presentarse al cargo. Tiberio sabía que cuando su mandato expirase sería llevado a los tribunales para dar cuenta de sus acciones. Incluso sospechaba que los damnificados terratenientes podrían atentar contra su vida, abolir la ley y volver al anterior statu-quo. Ante estas circunstancias, el joven insinuó la opción de reformar la ley para poder ser reelegido Tribuno. Finalmente decidió ignorar la prohibición y se volvió a presentar a las elecciones. Esto reforzó el argumento de los patricios de que Graco quería establecer una tiranía y gobernar indefinidamente a través de la plebe.

El día que se votaban los cargos para el nuevo año la Asamblea se reunió como de costumbre en el Capitolio. Los enemigos de Tiberio sabían que el momento de acabar con su rival era aquel. Oficialmente ya no era Tribuno de la Plebe y, por tanto, había dejado de ser inviolable. Bajo el argumento de que defendían la legalidad republicana, unos cuantos exaltados asaltaron el Templo y atacaron a Tiberio Graco. El joven fue asesinado junto a todos sus partidarios y su cuerpo arrojado al Tíber para evitar posibles tumultos en su funeral.  Era la primera vez que se empleaba la violencia en Roma para resolver problemas políticos. La primera gota de sangre de un largo periodo de guerras civiles había sido derramada. Su hermano Cayo seguiría sus pasos una década después con idéntico final. Pero esa ya es otra historia.

Para saber más

Historia National Geographic, número 140 La rebelión de los Gracos pags 54-63

Historia social de Roma, Geza Alfoldy

Documental La Antigua Roma, Capítulo 1 Revolución, producido por BBC

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El desastroso reinado de Honorio

Roma dio un pequeño número de grandes emperadores y un elevado número de nefastos gobernantes. Entre los candidatos al dudoso honor de peor emperador de Roma sobresalen nombres como Filipo el Árabe, Caracalla, Heliogábalo o Valeriano. Uno de ellos, que además para desgracia romana tuvo un largo reinado, fue Honorio quien jugó un papel fundamental a la hora de comprender la caída del Imperio Romano.

Tras la muerte de Teodosio en 395 d.C. el Imperio Romano fue dividido entre sus dos hijos. Esto no fue una novedad históricamente hablando, el Imperio ya se había dividido anteriormente para tratar de hacerlo más manejable. La importancia de este reparto fue que el Imperio ya no se volvería a reunificar jamás. Su hijo Arcadio, que heredó la parte oriental, y sobre todo su nieto Teodosio II supieron asentar las bases que aseguraron la supervivencia del Imperio Romano Oriental durante más de un milenio. En Occidente su hijo Honorio no tuvo tanta fortuna y llevó sus dominios a una situación tan delicada que el Imperio Occidental acabó desapareciendo en 476. Cuando Honorio heredó la púrpura imperial de su padre apenas tenía once años. Su padre Teodosio le encomendó a uno de sus generales de mayor confianza, Estilicón. Éste era un hábil militar de origen vándalo que había logrado ascender hasta los más elevados puestos del ejército. Era un hombre leal que pronto se ganó la enemistad del resto de la corte de Honorio debido a su enorme ascendencia sobre el joven emperador, quien obedecía en todo a su mentor. De hecho, se casó con una de las hijas de Estilicón y cuando ésta murió fue sustituida por una de sus hermanas.

El Imperio que heredó Honorio estaba en una situación complicada. El Cristianismo ya había sido proclamado religión oficial pero aún persistía en el Senado una importante facción pagana que había intentado aupar al trono al usurpador Eugenio en 392. A la inestabilidad interna, agravada por la crisis urbana, económica y demográfica, se unía la amenaza exterior. Los bárbaros, atraídos por el declive imperial, cada vez eran más belicosos y agresivos. En los inicios del reinado de Honorio aún resonaban los ecos de la Batalla de Adrianópolis en la que perdió la vida el emperador Valente.

En 406 importantes contingentes vándalos, suevos y alanos lograron romper la frontera del Rin y sembraron el caos en la Galia e Hispania. Britania, por su parte, había sido abandonada cuando el gobernador militar Constantino se autoproclamó emperador, se llevó las tropas a la Galia e instauró un gobierno en Arlés. Los romanos nunca volverían a la isla. Por si fuera poco, el Imperio Oriental había logrado repeler a los visigodos de Alarico, quien decidió poner rumbo a poniente. El rey godo exigía un puesto como magister militum en una de las provincias del Imperio. Tras una serie de escaramuzas en las que fue derrotado por Estilicón, quien además logró capturar a la esposa e hijos del godo, se llegó a un acuerdo y concedieron el cargo al rey aunque sin asignarle ninguna provincia. Transcurrieron dos años en paz hasta que el conflicto de Honorio contra Constantino III se agudizó y Alarico decidió sacar tajada. Amenazó con invadir de nuevo Italia a no ser que le pagasen cuatro mil libras de oro. Estilicón decidió que valía la pena pagar al bárbaro y reforzar el maltrecho ejército romano con las huestes godas para luchar contra Constantino. Despojó a los senadores de sus tesoros, poniéndose en su contra a todos los nobles de la Ciudad Eterna, y pagó el tributo a Alarico.

Estilicón ya tenía en contra a los senadores y al resto de consejeros de Honorio. Sólo faltaba una oportunidad para poner en marcha una conjura. La muerte de Arcadio en 408 les dio el pretexto que buscaban. Estilicón y Honorio anunciaron que viajarían a Constantinopla para supervisar que la corona pasase a Teodosio, el joven hijo del desaparecido emperador. Los enemigos de Estilicón lograron convencer a Honorio de que éste quería arrebatar los derechos al pequeño Teodosio y proclamar a uno de sus hijos emperador de Oriente. Honorio ya temía que Estilicón diese un golpe de mando y se proclamase amo de Occidente por lo que ordenó el arresto de Estilicón. Cuando el general entró en Rávena fue detenido y ejecutado. Roma había perdido a uno de sus hombres fuertes. Su puesto como principal consejero pasó a manos de un funcionario llamado Olimpio. Se inició una purga de todos los seguidores de Estilicón y su hijo fue asesinado.

La noticia de la muerte de Estilicón fue como un jarro de agua fría para Alarico. El rey pensaba que el único romano en quien podía confiar era en el general vándalo. Por ello consideró invalidado el acuerdo al que había llegado con el Imperio y se lanzó a la invasión de Italia. Concretamente se dirigió contra la eterna Roma. Honorio se negó a negociar con Alarico y abandonó la ciudad a su suerte. Los romanos sabían que no podrían resistir y enviaron una delegación senatorial a negociar con Alarico. Éste expuso sus condiciones: quería la liberación de todos los esclavos de origen bárbaro y todo el oro y la plata de la ciudad. Los senadores, escandalizados, le preguntaron qué les permitiría quedarse. El rey, lacónico, les contestó “Con vuestra vida”. Finalmente los senadores desvistieron a los antiguos templos paganos de todos sus metales preciosos y se los entregaron a Alarico: un total de cinco mil libras de oro y tres mil de plata, además de la liberación de todos los esclavos bárbaros. Tras ello Alarico abandonó el sitio y trató de volver a negociar con Honorio. Exigía su vieja aspiración: una provincia sobre la que gobernar como magister militum con tierras para alimentar a su pueblo. Honorio volvió a negarse a dialogar con él.

Alarico puso de nuevo rumbo a Roma. Esta vez no exigía rescate sino que reunió al Senado y le ordenó que escogiese de entre sus miembros a un nuevo emperador. Los senadores eligieron a Prisco Atalo quien fue aclamado emperador por Alarico. La jugada era astuta. Si Atalo se hacía con el poder le concedería sus peticiones y si no lo lograba al menos Alarico podría meter presión a Honorio para negociar con él. La clave para que el nuevo emperador lograse hacerse de forma efectiva con las riendas del Imperio residía en que las demás provincias le aceptasen como mandatario supremo. No lo hicieron. La negativa de África a reconocerle emperador fue el golpe definitivo. Sin el trigo de África Atalo no tenía ninguna opción de vencer en una hipotética guerra civil. Alarico tuvo que volver a cambiar de bando en este juego de tronos y depuso a Atalo para ganarse el favor de Honorio.

Tras una breve tregua las hostilidades se reanudaron cuando los romanos tendieron una emboscada a los visigodos. Concretamente se habla de que fue iniciativa de un oficial godo llamado Saro, un antiguo pretendiente a la corona que en ese momento ostentaba Alarico. Tras perder la corona se había unido al ejército romano llevándose consigo un odio visceral hacia el monarca, algo que fue fundamental a la hora de ignorar sus órdenes y atacar a sus antiguos camaradas. Los visigodos lograron repeler el ataque pero Alarico se puso furioso: pensaba que era la enésima traición de Honorio. Envalentonados, decidieron dirigirse a Roma para, esta vez sí, saquear la ciudad. El Saqueo de Roma de 410 pasó a la historia por el gran impacto moral que supuso. Roma llevaba siendo inviolable desde los tiempos del galo Breno, quien saqueó la ciudad a comienzos del siglo IV a.C. Parece ser que las puertas de la muralla fueron abiertas por unos esclavos que Alarico había regalado al Senado. Los visigodos robaron y saquearon todas las riquezas que pudieron aunque su rey les obligó a respetar las Iglesias como lugar de culto. Se cuenta que cuando Honorio recibió las noticias del saqueo de Roma lloró desconsoladamente al comprender que pasaría a la historia como el emperador que permitió que se cometiese ese sacrilegio contra la Ciudad Eterna. Otra de las historias que circularon por la época inciden en la debilidad y el carácter de Honorio. Según esta versión, cuando le comunicaron al Emperador la caida de Roma éste entendió que hablaban de la muerte de su gallo favorito llamado Roma. Desconcertado exclamó: “Y, sin embargo, hace un momento que comía de mi mano”.

El emperador Honorio rodeado de sus cortesanos. Honorio tenía poca personalidad y solía pasar el tiempo alimentando a los gansos de su propia mano, tal y como sale representado en la obra Los favoritos del emperador de John William Waterhouse, 1883.

El emperador Honorio rodeado de sus cortesanos. Honorio tenía poca personalidad y solía pasar el tiempo alimentando a los gansos de su propia mano, tal y como sale representado en la obra Los favoritos del emperador de John William Waterhouse, 1883.

Poco después del saqueo Alarico moría víctima de unas fiebres cuando proyectaba cruzar con su pueblo a África para instalarse allí. Su heredero fue Ataúlfo, quien se casó con la hermana de Honorio: Gala Placidia. Los visigodos secuestraron a la princesa durante el Saqueo de Roma y entre ellos surgió el amor. El antiguo emperador Atalo cantó la canción de bodas durante la ceremonia, motivo por el que Ataúlfo le volvió a nombrar emperador de Occidente. El rey visigodo y la princesa romana tuvieron un hijo que recibió el significativo nombre de Teodosio, quien sabe si con vistas a que fuese el primer emperador romano de origen bárbaro. En cualquier caso su hijo no superó la niñez y sus planes fueron truncados por el destino. Mientras, las cosas habían mejorado para Honorio. Constantino III había sido vencido y asesinado gracias a uno de sus generales, Constancio, quien ascendió hasta monopolizar la influencia sobre el Emperador.

El sucesor de Ataúlfo, Walia, quiso arreglarse con los romanos. Devolvió a Gala Placidia a su hermano Honorio y firmó un foedus por el que se comprometía a expulsar de la Península Ibérica a los vándalos, suevos y alanos. A cambio le entregaban la eterna aspiración de Alarico: tierras. Honorio le cedió la Septimania, en el sur de Francia, germen de la futura expansión goda por la antigua Hispania. En el séquito de la princesa iba Atalo. Debido a que no representaba ningún peligro se le permitió vivir aunque le cortaron dos dedos en alusión a las dos veces que había usurpado la púrpura imperial y fue desterrado a la isla de Lipari, al norte de Sicilia. Honorio entregó la mano de Gala Placidia a Constancio, quien además fue honrado con el cargo de coemperador convirtiéndose en heredero presunto ya que Honorio aún no tenía hijos. Constancio, por su parte, concebió con Gala Placidia al pequeño Valentiniano.

Constancio murió en 422 y Honorio falleció un año más tarde, a los 39 y tras 27 de desastroso reinado. A su muerte el trono, tras una breve pugna, acabó pasando a su sobrino Valentiniano III pero debido a su corta edad su madre tuvo que hacerse cargo de la regencia. El resumen del reinado de Honorio es catastrófico: constantes usurpaciones de sus oficiales y senadores y pérdidas de numerosos territorios entre los que sobresalen Britania e Hispania. Al perder las provincias, ya fuese por ser abandonadas o por la firma de foedus con los bárbaros, Roma perdía fuentes de ingresos y de hombres para defenderse. Todo esto redundó en el constante empobrecimiento de Roma y en su dependencia exterior al necesitar en todo momento la ayuda militar de Constantinopla. Pero, sobre todo, el mayor deshonor que aconteció durante el reinado de Honorio fue el Saqueo de Roma que asestó un tremendísimo golpe moral al corazón romano. Había quedado patente que el Imperio no era ni inmortal ni invencible. Las primeras páginas para la caída de Roma ya habían sido escritas.

Para saber más

La caida del Imperio Romano, Adrian Goldsworthy

National Geographic Historia, especial Roma, El saqueo de Roma, páginas 66-73

Documental La Antigua Roma, Capítulo 6 La caída de Roma, producido por BBC

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Roma en el siglo XV

Plano de la Roma del siglo XV. Es una ilustración del Libro de las muy ricas horas del Duque de Berry, uno de los manuscritos iluminados más importantes que se conservan. Se conserva en el Musée Condé y es obra de los Hermanos Limbourg.

Plano de la Roma del siglo XV. Es una ilustración del Libro de las muy ricas horas del Duque de Berry, uno de los manuscritos iluminados más importantes que se conservan. En ella se pueden apreciar el Coliseo o la Pirámide de Cayo Cestio. Se conserva en el Musée Condé y es obra de los Hermanos Limbourg.

Dictador por seis días

Uno de los grandes mitos que hemos podido ver en múltiples series de televisión es el recelo y desprecio con el que muchos gobernantes hablan del poder que ellos mismos ostentan. “Yo sólo espero a que el estado no me necesite para poder retirarme a mi granja y vivir una vida tranquila” hemos podido oírles en múltiples ocasiones. Bueno, se lo hemos oido a gobernantes, a actrices e incluso a entrenadores de fútbol. En una ocasión leí, y creo que muy acertadamente, que este fenómeno se puede catalogar como “El síndrome de Cincinato”. ¿Quién es exactamente este Cincinato y por qué da nombre a este desprecio por el poder y amor por la vida natural?

La vida, o leyenda, de Lucio Quincio Cincinato nos viene de fuentes romanas como Tito Livio. Se cree que nació hacia 519 a.C., aún en tiempos de la monarquía etrusca, y que falleció en 439 a.C. después de una larga y provechosa vida al servicio del Estado. En primer lugar, a Cincinato hay que denominarle como lo que era: un oligarca. Uno de aquellos venerables senadores que se oponían a compartir sus derechos políticos con los despreciables, bajo su punto de vista, plebeyos. Los patricios se oponían a su entrada en el Senado y estaban en contra de la legislación escrita que iba en menoscabo del poder judicial que los aristócratas ostentaban en la urbe. Era de aquella clase de hombres que más de dos siglos después exaltaría con nostalgia Catón el Viejo: sencillo, agricultor, conservador, profundamente respetuoso con las tradiciones romanas y con sus dioses. Un hombre de Estado para el que el nombre de Roma lo era todo.

Tras diversos avatares y pasos por las magistraturas que poco a poco iban configurando la naciente República Romana, Cincinato alcanzó el consulado que ocupó, como era tradición, un año. Tras haber dirigido los designios romanos, el patricio se dirigió a su granja y se dedicó a cultivarla deseoso de pasar lo que le quedara de vida (contaba ya con 59 años) en la tranquilidad del campo. Pero he aquí que la necesidad de sus compatriotas le hizo aplazar sus planes de jubilación en la campiña romana. Roma estaba en guerra contra los ecuos. Un destacamento dirigido por uno de los cónsules había sido acorralado por sus enemigos. Si el ejército era derrotado la propia Roma correría grave peligro.

Un día Cincinato recibió visita en su granja. Una delegación del Senado había acudido a suplicarle que aceptase la dictadura para liberar a sus compatriotas de los malvados ecuos. Hay que entender la dictadura en su contexto romano: era una magistratura extraordinaria reservada para alguno de los hombres más prominentes del Estado al que se le daban todos los poderes para afrontar un peligro o una situación excepcional. Su mandato estaba limitado en principio a seis meses.

Cincinato recibió en dos ocasiones a una delegación senatorial que le rogaba que tomase las riendas de Roma como dictador. Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma, Juan Antonio Ribera, 1806. Museo del Prado.

Cincinato recibió en dos ocasiones a una delegación senatorial que le rogaba que tomase las riendas de Roma como dictador. Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma, Juan Antonio Ribera, 1806. Museo del Prado.

Cincinato sacrificó la salud de sus huertos por acudir en auxilio de sus compañeros de armas. Apeló a su odiada plebe para que se enrolara en un ejército de salvación y con ellos marchó para enfrentarse a los ecuos. Llegó durante la noche y el dictador diseñó una astuta estratagema. Amparado en la oscuridad podría hacer parecer a sus enemigos que contaba con más hombres de los que tenía en realidad. Plantó una empalizada para rodear a los ecuos y ordenó a su ejército que hiciesen todo el ruido que pudieran para despertar el miedo en los corazones ecuos. Esos gritos llegaron al destacamento romano arrinconado que, animado por la ayuda recibida, se lanzó al ataque contra sus enemigos. Entonces, Cincinato decidió a su vez atacar rodeando a los ecuos que decidieron rendirse. El patricio había salvado la situación. Pese a que podía disfrutar de la dictadura durante seis meses, decidió dimitir en su sexto día como dictador para apresurarse a cuidar de su maltratada granja.

Allí pasó veinte largos años. Cuando ya tenía ochenta y estaba a punto de fallecer volvió a recibir otra delegación senatorial. Ésta le volvía a ofrecer la dictadura para hacer frente al complot diseñado por un senador llamado Espurio Melio. Los patricios informaron al anciano que Melio había tratado de comprar la voluntad de la plebe. En una ocasión cuando Roma sufrió una hambruna Melio, a cuenta de su bolsillo, compró trigo a los etruscos y lo repartió al pueblo. También le comunicaron que el conspirador guardaba armas en su casa y mantenía reuniones clandestinas con el fin de reinstaurar la monarquía en su persona.

Cincinato aceptó. Envió a su general de caballería, Servilio, a citar a Melio para responder a las acusaciones. Éste se sintió descubierto y decidió huir, pero fui interceptado por Servilio quien le asesinó allí mismo. Cincinato había vuelto a salvar a la República de Roma. Tras ello se retiró a su granja donde falleció unos meses después.

La figura de Cincinato, el granjero venerable, depositario de las tradiciones de su pueblo y con una profunda visión de estado, ha pasado a la posteridad. La joven nación estadounidense bautizaba en 1790 a la antigua Losantiville como Cincinnati en honor a ese agricultor romano que había fallecido más de dos mil años antes.

Para saber más

Carl Grimberg, Historia Universal de Roma

Sobre las luchas entre patricios y plebeyos

Los ecuos

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