La muerte de Viriato, Madrazo

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La muerte de Viriato es una pintura histórica realizada por el artista español José de Madrazo en 1807. A comienzos del siglo XIX el mundo vivía una época de cambio. A las ideas de progreso y esperanza por el futuro amparadas por el estallido de la Revolución Francesa les acompañó una reacción nostálgica que buscaba una época de pureza en el pasado. El Neoclasicismo y el Romanticismo se unen en este cuadro que explora uno de los hechos míticos de la historiografía española: la muerte del caudillo lusitano Viriato. David había comenzado a realizar obras temáticas sobre el sacrificio cívico de personajes de la Antigüedad. Madrazo pone aquí el ejemplo de Viriato, luchador por la libertad frente a la invasión romana. La estética también está muy influenciada por el pintor francés, con abundancia de ángulos rectos y las pomposas vestimentas de estilo griego. El centro de la composición lo forma el lecho del fallecido caudillo. La obra se puede ver en el Museo del Prado. Click para ampliar.

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La reforma agraria de Tiberio Graco

Tiberio Sempronio Graco fue un político capital durante la transición entre la República y el Imperio Romano. Graco nació en 164 a.C. Su padre había sido un magnífico militar y diplomático, labor en la que destacó tras alcanzar acuerdos con los celtíberos que le permitieron pacificar Hispania. Murió cuando su hijo era un niño pequeño. Tiberio creció sintiendo en todo momento la alargada sombra de su famoso padre. La presión por igualar los éxitos de su progenitor fue acrecentada por su madre, quien le repitió en varias ocasiones que esperaba ser recordada por ser la madre de Tiberio Graco en vez de por ser la hija de Escipión el Africano.

Tiberio Graco comenzó su carrera sirviendo en el ejército. Fue oficial durante la III Guerra Púnica, en la que demostró un gran arrojo y valentía al ser el primer hombre en traspasar las murallas de Cartago en el asalto final a la capital púnica. Posteriormente fue enviado a Hispania donde comenzó a darse cuenta de la desesperada situación por la que atravesaban los soldados que lograban la gloria para Roma. Allí se habían reanudado las hostilidades entre las fuerzas de ocupación romanas y los pueblos nativos. El joven fue puesto bajo el mando del general Mancino, un incompetente militar que se metió de lleno en la trampa que los celtíberos les habían preparado. Los romanos fueron emboscados y su suerte parecía echada. El aterrorizado general envió un emisario para negociar con los indígenas pero estos se negaron a recibirle. Aseguraron que no negociarían con nadie que no fuese Tiberio Graco, el hijo de aquel hombre de honor que había regido los designios de Hispania décadas atrás. Mancino se sorprendió: no era habitual mandar a un joven oficial sin apenas experiencia a acordar una tregua con sus enemigos. A pesar de ello, no le quedaba otra opción. Tiberio Graco se reunió con los celtíberos y alcanzó un acuerdo de paz que permitió que él y sus compañeros abandonasen el lugar con vida.

Cuando volvieron a Roma, Graco y Mancino fueron detenidos por el Senado y sometidos a juicio, acusados de haber acordado una paz deshonrosa para Roma. Graco fue absuelto por la intervención en su favor de Escipión Emiliano, pero Mancino fue humillado como castigo. El joven Tiberio fue muy bien recibido por la gente común de Roma, quienes le agradecían que hubiese salvado a sus hijos y esposos aún a cambio de obtener una paz deshonrosa. El amor que el muchacho despertaba en el pueblo fue visto con recelo por la aristocracia más conservadora. Durante aquella época la República se hallaba dividida en dos facciones: los optimates (cuyo significado es “los mejores”) eran los depositarios de las tradiciones romanas y defensores de los intereses terratenientes, grandes partidarios de la oligarquía como sistema de gobierno. Los populares sostenían la necesidad de un programa de reformas para salvar a la República de la anarquía y el caos. Apoyaban el reparto de tierras, la apertura del Senado a miembros de clases sociales más bajas y la necesidad de crear una sociedad más justa. Graco simpatizaba con el segundo grupo. Las crónicas narran que el joven quedó devastado mientras viajaba por la Península Itálica y observaba las míseras condiciones de vida de la antaño próspera clase media agrícola. Las Guerras Púnicas habían arruinado al pequeño campesinado y favorecido la concentración de tierras en grandes latifundios propiedad de los optimates. La inagotable mano de obra esclava procedente de las campañas militares permitían que estas grandes plantaciones tuviesen una productividad y una rentabilidad infinitamente mayores a las que podían conseguirse en los minifundios.

Con el objetivo de acabar con las injusticias y de ser recordado por algo más que por ser el hijo del gran Tiberio Graco, el joven decidió emprender una carrera política. Fue animado a ello por algunos de los senadores más reformistas que querían obtener la estabilidad interna de la República aunque para ello hubiese que realizar ciertas concesiones al pueblo. Pese a que los nobles solían comenzar su carrera política ocupando otras magistraturas, Graco provocó un escándalo al presentarse al Tribunado de la Plebe, cargo normalmente ocupado por plebeyos y que consistía en defender los intereses de esta clase social. El tribuno era inviolable por ley (atentar contra el Tribuno era considerado sacrilegio) y podía interponer veto a cualquier decisión del Senado que perjudicase los intereses plebeyos. Amparado por su creciente popularidad, Tiberio arrasó en las elecciones y ocupó el tribunado de la plebe junto a Marco Octavio.

La Asamblea de la Plebe era el lugar donde se reunían los plebeyos. Era un

La Asamblea de la Plebe era el lugar donde se reunían los plebeyos. Era un “Senado” popular que debía aprobar las propuestas del Tribuno de la Plebe. El tribuno Cayo Graco presidiendo la Asamblea de la Plebe, grabado de Silvestre David Mirys.

El tribuno presentó a la Asamblea de la Plebe la Lex Sempronia. Era una ley muy reformista aunque respetaba parte de los privilegios de los terratenientes. Legalmente, ningún ciudadano romano podía poseer más de 125 hectáreas del suelo público. Normalmente los terratenientes superaban sin escrúpulos ese límite. La idea de Graco era hacer lo respetasen y expropiar los lotes de tierra de los grandes propietarios que excediesen las 125 hectáreas. Sin embargo, para apaciguar los encendidos ánimos de los optimates, incluyó una enmienda. Al límite de 125 hectáreas se le sumarían 65 adicionales por cada hijo. Con esta medida se respetaba el predominio de los grandes propietarios pero se obtendrían tierras que serían repartidas en lotes de 7,5 hectáreas a los ciudadanos sin propiedades.

Pese a que el joven había tratado de apaciguar al Senado ampliando el límite de tierras con un hábil recurso legal, la ley despertó la indignación de los patricios más conservadores. Éstos ordenaron a su marioneta Marco Octavio que vetase la propuesta de su colega. Graco no se amilanó y recogió el guante del desafío senatorial. Decidió proponer a la Asamblea la destitución de su compañero con el argumento de que velaba por los intereses de los poderosos y no por los de la plebe. El pueblo votó de manera unánime la destitución de Octavio. Era una medida sin precedentes que enfureció más aún a los senadores y que hizo que Tiberio Graco perdiera el apoyo de los pocos senadores que simpatizaban con él.

Libre de obstáculos, el tribuno logró aprobar la Lex Sempronia. Poco después llegó a Roma la noticia de la muerte de Atalo, rey de Pérgamo que había dejado su tesoro y su reino como herencia al pueblo romano. Graco propuso emplear las riquezas del monarca en comprar el equipamiento necesario para que los nuevos granjeros pudiesen explotar sus granjas. Nuevamente se encontró con el rechazo del Senado que hizo correr el rumor de que Tiberio quería ganarse el favor de la plebe con el objetivo de proclamarse rey de Roma. Esta era una acusación muy grave: en Roma los reyes eran odiados desde la derogación de la Monarquía.

El Tribuno de la Plebe ocupaba el puesto durante un año y estaba prohibido volver a presentarse al cargo. Tiberio sabía que cuando su mandato expirase sería llevado a los tribunales para dar cuenta de sus acciones. Incluso sospechaba que los damnificados terratenientes podrían atentar contra su vida, abolir la ley y volver al anterior statu-quo. Ante estas circunstancias, el joven insinuó la opción de reformar la ley para poder ser reelegido Tribuno. Finalmente decidió ignorar la prohibición y se volvió a presentar a las elecciones. Esto reforzó el argumento de los patricios de que Graco quería establecer una tiranía y gobernar indefinidamente a través de la plebe.

El día que se votaban los cargos para el nuevo año la Asamblea se reunió como de costumbre en el Capitolio. Los enemigos de Tiberio sabían que el momento de acabar con su rival era aquel. Oficialmente ya no era Tribuno de la Plebe y, por tanto, había dejado de ser inviolable. Bajo el argumento de que defendían la legalidad republicana, unos cuantos exaltados asaltaron el Templo y atacaron a Tiberio Graco. El joven fue asesinado junto a todos sus partidarios y su cuerpo arrojado al Tíber para evitar posibles tumultos en su funeral.  Era la primera vez que se empleaba la violencia en Roma para resolver problemas políticos. La primera gota de sangre de un largo periodo de guerras civiles había sido derramada. Su hermano Cayo seguiría sus pasos una década después con idéntico final. Pero esa ya es otra historia.

Para saber más

Historia National Geographic, número 140 La rebelión de los Gracos pags 54-63

Historia social de Roma, Geza Alfoldy

Documental La Antigua Roma, Capítulo 1 Revolución, producido por BBC

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Dictador por seis días

Uno de los grandes mitos que hemos podido ver en múltiples series de televisión es el recelo y desprecio con el que muchos gobernantes hablan del poder que ellos mismos ostentan. “Yo sólo espero a que el estado no me necesite para poder retirarme a mi granja y vivir una vida tranquila” hemos podido oírles en múltiples ocasiones. Bueno, se lo hemos oido a gobernantes, a actrices e incluso a entrenadores de fútbol. En una ocasión leí, y creo que muy acertadamente, que este fenómeno se puede catalogar como “El síndrome de Cincinato”. ¿Quién es exactamente este Cincinato y por qué da nombre a este desprecio por el poder y amor por la vida natural?

La vida, o leyenda, de Lucio Quincio Cincinato nos viene de fuentes romanas como Tito Livio. Se cree que nació hacia 519 a.C., aún en tiempos de la monarquía etrusca, y que falleció en 439 a.C. después de una larga y provechosa vida al servicio del Estado. En primer lugar, a Cincinato hay que denominarle como lo que era: un oligarca. Uno de aquellos venerables senadores que se oponían a compartir sus derechos políticos con los despreciables, bajo su punto de vista, plebeyos. Los patricios se oponían a su entrada en el Senado y estaban en contra de la legislación escrita que iba en menoscabo del poder judicial que los aristócratas ostentaban en la urbe. Era de aquella clase de hombres que más de dos siglos después exaltaría con nostalgia Catón el Viejo: sencillo, agricultor, conservador, profundamente respetuoso con las tradiciones romanas y con sus dioses. Un hombre de Estado para el que el nombre de Roma lo era todo.

Tras diversos avatares y pasos por las magistraturas que poco a poco iban configurando la naciente República Romana, Cincinato alcanzó el consulado que ocupó, como era tradición, un año. Tras haber dirigido los designios romanos, el patricio se dirigió a su granja y se dedicó a cultivarla deseoso de pasar lo que le quedara de vida (contaba ya con 59 años) en la tranquilidad del campo. Pero he aquí que la necesidad de sus compatriotas le hizo aplazar sus planes de jubilación en la campiña romana. Roma estaba en guerra contra los ecuos. Un destacamento dirigido por uno de los cónsules había sido acorralado por sus enemigos. Si el ejército era derrotado la propia Roma correría grave peligro.

Un día Cincinato recibió visita en su granja. Una delegación del Senado había acudido a suplicarle que aceptase la dictadura para liberar a sus compatriotas de los malvados ecuos. Hay que entender la dictadura en su contexto romano: era una magistratura extraordinaria reservada para alguno de los hombres más prominentes del Estado al que se le daban todos los poderes para afrontar un peligro o una situación excepcional. Su mandato estaba limitado en principio a seis meses.

Cincinato recibió en dos ocasiones a una delegación senatorial que le rogaba que tomase las riendas de Roma como dictador. Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma, Juan Antonio Ribera, 1806. Museo del Prado.

Cincinato recibió en dos ocasiones a una delegación senatorial que le rogaba que tomase las riendas de Roma como dictador. Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma, Juan Antonio Ribera, 1806. Museo del Prado.

Cincinato sacrificó la salud de sus huertos por acudir en auxilio de sus compañeros de armas. Apeló a su odiada plebe para que se enrolara en un ejército de salvación y con ellos marchó para enfrentarse a los ecuos. Llegó durante la noche y el dictador diseñó una astuta estratagema. Amparado en la oscuridad podría hacer parecer a sus enemigos que contaba con más hombres de los que tenía en realidad. Plantó una empalizada para rodear a los ecuos y ordenó a su ejército que hiciesen todo el ruido que pudieran para despertar el miedo en los corazones ecuos. Esos gritos llegaron al destacamento romano arrinconado que, animado por la ayuda recibida, se lanzó al ataque contra sus enemigos. Entonces, Cincinato decidió a su vez atacar rodeando a los ecuos que decidieron rendirse. El patricio había salvado la situación. Pese a que podía disfrutar de la dictadura durante seis meses, decidió dimitir en su sexto día como dictador para apresurarse a cuidar de su maltratada granja.

Allí pasó veinte largos años. Cuando ya tenía ochenta y estaba a punto de fallecer volvió a recibir otra delegación senatorial. Ésta le volvía a ofrecer la dictadura para hacer frente al complot diseñado por un senador llamado Espurio Melio. Los patricios informaron al anciano que Melio había tratado de comprar la voluntad de la plebe. En una ocasión cuando Roma sufrió una hambruna Melio, a cuenta de su bolsillo, compró trigo a los etruscos y lo repartió al pueblo. También le comunicaron que el conspirador guardaba armas en su casa y mantenía reuniones clandestinas con el fin de reinstaurar la monarquía en su persona.

Cincinato aceptó. Envió a su general de caballería, Servilio, a citar a Melio para responder a las acusaciones. Éste se sintió descubierto y decidió huir, pero fui interceptado por Servilio quien le asesinó allí mismo. Cincinato había vuelto a salvar a la República de Roma. Tras ello se retiró a su granja donde falleció unos meses después.

La figura de Cincinato, el granjero venerable, depositario de las tradiciones de su pueblo y con una profunda visión de estado, ha pasado a la posteridad. La joven nación estadounidense bautizaba en 1790 a la antigua Losantiville como Cincinnati en honor a ese agricultor romano que había fallecido más de dos mil años antes.

Para saber más

Carl Grimberg, Historia Universal de Roma

Sobre las luchas entre patricios y plebeyos

Los ecuos

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