La desastrosa Octava Cruzada

Luis IX (1214-1270) fue uno de los reyes más piadosos de su tiempo. A su afición por coleccionar reliquias, que acabó derivando en la construcción de la Sainte-Chapelle, se unió su vocación cruzada. El monarca francés protagonizó dos, la Séptima dirigida contra Egipto y la Octava contra Túnez. La primera fue desastrosa y en ella cayó prisionero, pero la segunda fue aún peor.

La Octava Cruzada comenzó en 1270 y contó con la participación de Luis IX, Carlos de Anjou, hermano de Luis y rey de Sicilia, Teobaldo I de Navarra y el futuro Eduardo I de Inglaterra, por aquel entonces Príncipe de Gales. El monarca siciliano participó en la Cruzada muy a su pesar, ya que interfería con sus planes de atacar el Imperio Bizantino para hacerse con su control. Sabedor de que no podía faltar a la cita cristiana, ya que la comparación con su piadosísimo hermano le dejaría en pésimo lugar, intentó reaprovechar la campaña en su favor.

Carlos detuvo los preparativos para el ataque contra Constantinopla y escribió una carta a Luis IX. El rey de Francia tenía pensado volver a atacar Egipto pero su hermano logró convencerle de las mayores ventajas de atacar Túnez. El reino norteafricano era un estorbo para Carlos de Anjou por dos motivos: En primer lugar, Túnez llevaba siglos pagando tributo a Sicilia pero su sultán aprovechó las guerras intestinas por el trono de la isla para desligarse de sus obligaciones. En segundo lugar, Túnez había sido lugar de refugio para los enemigos políticos de Carlos de Anjou. Éste toleró las afrentas esperando una oportunidad para vengarse del sultán. La Octava Cruzada se la había servido en bandeja.

El rey de Sicilia conocía el carácter piadoso de su hermano por lo que le deslizó que el sultán quería convertirse al catolicismo pero que sus enemigos en la corte se lo impedían. El apoyo moral de los cruzados decidiría al gobernante a dar el paso de convertirse y recuperar Túnez para la fe cristiana. Con el apoyo del nuevo reino católico obtendrían bases suficientes como para emprender una gran campaña contra Egipto. Luis estaba entusiasmado y aceptó de buen grado.

El rey de Francia, acompañado de sus tres hijos varones, pisó tierras norteafricanas el 17 de julio. No había elegido buena fecha para la campaña ya que el agobiante calor era inaguantable para los acorazados caballeros franceses. Además, el sultán tunecino no le había recibido con los brazos abiertos ni se había convertido al cristianismo sino que se atrincheró en su capital. Luis decidió esperar la llegada de los refuerzos e instaló su campamento en las ruinas de Cartago.

Los cruzados pronto tuvieron que hacer frente a un nuevo contratiempo: al sofocante calor se unió el estallido de una plaga de difteria y otra de tifus. La mitad del ejército enfermó lo que provocó una gran mortandad. Los altos mandos del ejército tampoco se libraron. El primero en fallecer fue el Legado Papal, garante del apoyo del Sumo Pontífice a la Cruzada. Dos de los hijos de Luis y el propio monarca también enfermaron. Su segundo hijo, Juan Tristán, falleció el 3 de agosto. Tres semanas después lo hacía Luis IX, quien por entonces tenía cincuenta y seis años de los cuales reinó cuarenta y cuatro. Su ejemplo de buen gobierno y su incansable lucha en defensa de la Iglesia motivaron su canonización veintisiete años después de su muerte. Su heredero Felipe, un hombre joven con mayor fortaleza física, se recobró de la enfermedad y fue coronado tras la muerte de su padre.

La muerte de Luis IX durante la Octava Cruzada supuso un duro varapalo para sus hombres.

La muerte de Luis IX durante la Octava Cruzada supuso un duro varapalo para sus hombres.

Justo el día después de la muerte de Luis, el rey de Sicilia hizo su aparición en el campamento cruzado. Llevaba tropas de refresco que mitigaron en parte la consternación de la causa cristiana, afligida por la muerte del buen monarca francés. Liderados por el recién proclamado Felipe III y su tío Carlos de Anjou, los cruzados lograron vencer en un par de escaramuzas al sultán tunecino. Ello les llevó a una posición de poder para obligar al gobernante africano a firmar un tratado por el que Carlos obtenía todos sus objetivos: recuperó el tributo tunecino, el sultán desterró de su reino a todos los refugiados y además correría con los gastos de la contienda y permitiría libertad de culto a los cristianos. Poco después, cuando ya se preparaban para la vuelta a casa, llegó Eduardo de Gales. Decepcionado porque la lucha ya había acabado, el inglés decidió seguir a Tierra Santa para emprender la que pasaría a la historia como la Novena Cruzada.

Los desastres de la Octava Cruzada aún no habían terminado. Mientras recogían sus pertrechos, la enfermedad siguió haciendo estragos en el campamento cristiano. Durante la travesía de vuelta a Sicilia Teobaldo I de Navarra enfermó, falleciendo poco después en el puerto de Trapani. Posteriormente, mientras los cruzados atravesaban Calabria, Isabel de Aragón, la nueva reina de Francia, cayó de su caballo y murió poco después debido a la gravedad de sus heridas. Lo que más le dolió a Carlos de Anjou aún estaba por llegar: poco después se levantó una gran tempestad que destruyó dieciocho de los barcos con los que el rey tenía pensado atacar Constantinopla, lo que le obligó a retrasar de nuevo su expedición. En total la Octava Cruzada le había costado la vida a miles de soldados, dos reyes, una reina, un príncipe y un legado papal. Un bagaje nefasto para los cristianos que participaron en una empresa que sólo benefició al ambicioso rey de Sicilia.

Para saber más

Novena Cruzada

Luis IX

Las Vísperas Sicilianas, Steven Runciman

Galería de imágenes

Las reliquias más sorprendentes del Cristianismo

Las religiones se esfuerzan por encontrar y preservar objetos que hayan estado en contacto con sus personajes sagrados y que los fieles puedan venerar.  Bajo estos loables objetivos se generó un tráfico de reliquias que fue especialmente lucrativo durante la Edad Media, cuando las reliquias tuvieron su época de esplendor. Todos hemos oído hablar de la que posiblemente sea la más famosa, el Santo Grial, pero lo cierto es que hay muchísimas reliquias, algunas de las cuales son verdaderamente extrañas. Hoy hemos seleccionado siete sorprendentes reliquias del Cristianismo:

El Suspiro de San José

Una pintoresca reliquia. Supuestamente un ángel lo depositó en una botella en una Iglesia de Blois, Francia, desde donde se trasladó al Sancta Sanctorum del Vaticano. Allí se conserva en una ampolla el melancólico suspiro del padre del Mesías. A esta reliquia la hace competencia directa otra también tremendamente original: un estornudo del Espíritu Santo, conservado durante siglos en Perugia hasta que fue trasladado al Vaticano.

Alegoría del Espíritu Santo

Alegoría del Espíritu Santo en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

La Veracruz

El madero donde fue crucificado Jesucristo. La cruz estuvo perdida hasta el reinado de Constantino, cuando su madre Santa Helena emprendió un legendario viaje a la edad de setenta años hacia Tierra Santa con el fin de encontrarla. Las crónicas afirman que la santa halló tres cruces tras excavar debajo de un templo de la diosa Venus edificado en el Gólgota durante el siglo II. La emperatriz dedujo que una de ellas sería la del Redentor y las otras dos las de los ladrones que fueron crucificados con él. Para averiguar cuál era la de Cristo, Santa Helena ordenó que trasladasen hasta el lugar a un hombre que acababa de morir, el cual al tocar la cruz de Cristo revivió. La emperatriz besó emocionada el madero y ordenó partirlo en trozos para que cada provincia del Imperio pudiese poseer una parte. Actualmente hay tantos fragmentos de la Veracruz que si se juntasen podríamos obtener decenas de cruces. Calvino afirmaba a quien quisiera escucharle que la madera de todas ellas daría para construir la bodega de un barco. La Veracruz llegó a España de la mano de Santo Toribio, obispo de Astorga que se llevó consigo uno de los mayores trozos del madero tras una visita a Tierra Santa. Durante el siglo VIII los restos del santo y la reliquia fueron trasladados a Santo Toribio de Liébana. Debido al gran tamaño del fragmento que el monasterio albergaba el papa Julio II (1503-1513) decidió concederle el privilegio de ser el cuarto lugar sagrado de la Fe junto a Roma, Santiago y Jerusalén. Gracias a los avances en la tecnología poco a poco han podido descartarse algunos fragmentos fraudulentos. Hace poco los arqueólogos Georges Kazan y Tom Higham sometieron al análisis del carbono 14 a un pequeño pedazo conservado en Waterford, Irlanda. Los resultados fueron decepcionantes: la madera era de alrededor del año 1100.

Detalle de la Veracruz de Agnolo Gaddi, 1380.

Detalle de la Veracruz de Agnolo Gaddi, 1380.

El Santo Prepucio del Niño Jesús

Jesucristo era judío y a los niños judíos les hacen la circuncisión. Según está lógica, al haber sido circuncidado su prepucio fue uno de los pocos restos que dejó Jesucristo en la tierra cuando ascendió a los cielos. En este grupo de pertenencias que el Mesías dejó se incluyen sus gotas de sangre o los pelos que se hubiese ido cortando a lo largo de su vida. Numerosas iglesias se han disputado su posesión. La abadía de Charroux aseguraba que el prepucio que conservaban se lo regaló Carlomagno, a quien se lo entregó un ángel. Santiago de Compostela, San Juan de Letrán, Amberes, Besançon y otras muchas Iglesias y municipios también han reivindicado la autenticidad de su reliquia contabilizándose catorce prepucios sólo en Europa. Hay místicas que testimoniaron que durante sus éxtasis los ángeles les echaban trozos del Santo Prepucio en la lengua y entonces experimentaban un orgasmo. Santa Catalina de Siena tuvo un sueño en el que Jesús le desposaba y le entregaba su prepucio como alianza. El culto a esta reliquia fue derogado en 1900 pero aun así se la siguió sacando en procesión en el pueblo de Calcata, Italia, hasta que fue robada en 1983 y desapareció, quién sabe si para siempre.

Circuncisión de Jesús, Friedrich Herlin, 1466.

Circuncisión de Jesús, Friedrich Herlin, 1466.

La Corona de Espinas

La famosa corona con la que los soldados romanos se mofaron y torturaron a Cristo durante la Pasión. Debido a su gran simbolismo y relevancia durante los momentos finales de la vida del Mesías es una de las reliquias más deseadas y veneradas por los fieles. Actualmente se conserva en Notre-Dame de París, adonde llegó procedente de Constantinopla. San Luis IX, rey de los franceses, se la compró a Balduino II, último emperador del Imperio Latino. Para albergar esa y otras reliquias que el monarca francés había ido coleccionando durante toda su vida ordenó la construcción de la Sainte-Chapelle a modo de enorme relicario. La corona estuvo allí durante siglos hasta su posterior traslado a Notre-Dame. El problema vino cuando, al igual que con la Veracruz, la Corona fue dividida. Se le retiraron las espinas que fueron distribuidas por varios monasterios e Iglesias de toda Europa: en Barcelona hay once de ellas, en Roma veinte, en Valladolid una… En total, más de setecientas espinas.

La Corona de Espinas, comprada por Luis IX y albergada durante centurias en la Sainte Chapelle hasta que se trasladó a Notre-Dame.

La Corona de Espinas, comprada por Luis IX y albergada durante centurias en la Sainte-Chapelle hasta que se trasladó a Notre-Dame.

La leche materna de la Virgen María

Hay varias versiones de cómo se encontró la reliquia. Una de ellas asegura que San Bernardo, doctor de la Iglesia que vivió en el siglo XII, estaba orando delante de una estatua de la Virgen cuando ésta le roció con leche. Rápidamente se aprestaron a embotellarla y venerarla como santa reliquia. La leche de la Virgen está presente en nuestro país en las catedrales de Oviedo y Murcia y hay quien asegura que el día de la Asunción la leche se licua y pasa de estado sólido a líquido. Nuevamente vale la pena sacar a relucir al descreído Calvino, quien aseguró que ni aunque la Virgen hubiera sido una vaca habría podido producir tan cantidad de leche.

La virgen de la leche, anónimo de Brujas.

La virgen de la leche, anónimo de Brujas.

La Sábana Santa

Una de las más controvertidas, se conserva en Turín. La Sábana cubrió el cuerpo de Cristo cuando se retiró su cadáver de la Cruz y supuestamente tanto su cuerpo como su rostro se marcaron en la tela. Sus defensores hacen hincapié en las semejanzas entre las costuras y el material del Sudario y las mortajas de la Palestina de la época. El análisis del carbono 14, sin embargo, infringió un duro golpe a la credibilidad de la reliquia al datarla entre el periodo de 1260 y 1390. Algunos estudiosos aseguran que la imagen del cuerpo es en realidad la de Jacques de Molay, último maestre templario que fue torturado y clavado a una puerta. Posteriormente fue arrojado a una cama y tapado con un sudario donde pasó 30 horas en coma. En ese momento fue cuando sus rasgos se traspasaron a la sábana aunque sus defensores no explican cómo se pudo producir este fenómeno. Otros especialistas sostienen que la imagen de la Sábana Santa fue realizada con un método similar al de la fotografía: algún adelantado a su tiempo construyó una cámara oscura con la que logró que el rostro de un compinche se fijara a una sábana. Hay quien incluso señala que ese sabio pudo ser el mismísimo Leonardo da Vinci.

Negativo de la Sábana Santa en la que se puede apreciar el rostro de Cristo.

Negativo de la Sábana Santa en la que se puede apreciar el rostro de Cristo.

Dos plumas del Espíritu Santo 

Dejadas por él cuando se convirtió en paloma. Les hacía compañía un huevo, puesto también por el Espíritu Santo. Quien pagase por ver estas tres reliquias, albergadas en Maguncia (Alemania), sería absuelto de todos sus pecados. Igualmente es reseñable la Columna de la flagelación, cuya parte principal está en Jerusalén pero que nuevamente se halla repartida a lo ancho del orbe. Una parte de la columna se puede ver en el Monasterio de El Escorial.

Columna de la flagelación. Cristo se apoyó en ella mientras recibía más de 30 latigazos. Imagen cortesía de Wikicommons, subida por el usuario Lalupa.

Columna de la flagelación. Cristo se apoyó en ella mientras recibía más de 30 latigazos. Imagen cortesía de Wikicommons, subida por el usuario Lalupa.

Hay muchísimas otras reliquias de lo más variopintas como la sangre y el agua que salieron del costado de Jesucristo, los clavos del madero, las cuerdas con las que fue atado, el huerto de Getsemaní donde Cristo oró antes de que le apresaran, las monedas que recibió Judas por traicionarle, las escaleras del palacio de Pilatos, un plato de la Última Cena, un pelo de la barba de Cristo, varios de sus cordones umbilicales…Y así hasta hacer un incontable número de reliquias.

Para saber más

Luis IX y la Sainte-Chapelle

El negocio de las reliquias

Santa Helena