Las primeras expediciones atlánticas

Conocidas son las famosas expediciones marítimas que llevaron a portugueses y castellanos a extender el mundo conocido para los europeos durante el siglo XV. Los lusos tardaron toda la centuria en lograr circunnavegar África, gesta consagrada en 1488 cuando Bartolome Dias dobló el Cabo de las tormentas -actual Cabo de Buena Esperanza-. En 1496 Portugal lograría establecer una ruta comercial directa con el rico mercado especiero de la India evitando al intermediario musulmán y al tan temido turco. Más tarde los lusos continuarían viajando al este para dominar las Islas de las Especias, las grandes productoras de este “petróleo” del Renacimiento. Con ello los portugueses se convirtieron en los grandes gestores de la producción y comercio de las especias desplazando a Venecia, que las obtenía gracias a sus intercambios con Egipto. Castilla al financiar el viaje de Colón se aseguró el dominio de un inmenso continente con una dificultosa orografía, pero plagado de riquezas.

¿Qué fue lo que llevó a los europeos a querer ampliar sus horizontes? Varios expertos han incidido en lo que califican como “el mundo lleno europeo”. A finales del siglo IX dio comienzo una larga etapa expansiva que llevaría a Europa a alcanzar unos 85 millones de habitantes antes del inicio de la Peste Negra. Según datos proporcionados por Fermín Miranda García, en Siena y Florencia murieron la mitad de sus habitantes. Idéntico porcentaje tenemos en París mientras que en Normandía la mortalidad alcanza un 75%. Sin embargo, a finales del siglo XIII tenemos una Europa próspera en la que el hambre era un recuerdo del pasado y en la que el techo demográfico aún parecía lejos de alcanzarse. Toda vez que la agricultura europea tenía una productividad ínfima, la solución para alimentar a una cantidad creciente de personas fue la de ocupar nuevas tierras. La disponibilidad de espacio, sin embargo, era limitada. Ello habría llevado a los europeos a codiciar los fértiles campos de lejanos lugares.

Otro de los factores que pudieron influir en este proceso fue el precoz final de la Reconquista portuguesa, acabada en el primer tercio del siglo XIII. Sin tierras que ganar hacia el sur y tras la hegemonía alcanzada por la corona castellana tras la unificación con el trono de León, Portugal terminará reorientando su política exterior hacia la conformación de un dominio de ultramar. Cabe subrayar que este fue un largo proceso de redefinición. La nobleza fue una de las partes interesadas en dicha expansión. El final de la Reconquista llevará al estamento a un enfrentamiento con la monarquía por el control de las cuotas de poder. La unificación contra el enemigo exterior musulmán, que además otorga a la lucha un aura de cruzada, pacificará a la nobleza. La crisis del siglo XIV había golpeado duramente al grupo, por lo que verá en la expansión una forma de recuperar rentas perdidas y conseguir cargos políticos -tal fue el caso de Afonso de Albuquerque, quien obtuvo el puesto de gobernador de las posesiones portuguesas en la India-.

Cabe citar también el impacto que tuvieron en el imaginario europeo los relatos de las maravillas vistas por aquellos audaces viajeros que se atrevieron a adentrarse en mundos desconocidos. Fue el caso del célebre Marco Polo, pero también de libros como Viajes de Juan de Mandeville, obra que, pese a su carácter ficticio, cautivó las mentes de sus lectores. En el caso musulmán, el viajero más célebre es Ibn Battuta, quien llegó a visitar un amplio territorio que abarca desde Mali hasta la India. Para no alargarnos demasiado baste mencionar también la leyenda del Preste Juan, un exótico y legendario rey-sacerdote cuyo dominio se situaba en Oriente. De él se decía que era un buen cristiano rodeado de musulmanes y que ayudaría a las tropas cruzadas a recuperar Tierra Santa atacando desde el este. Tras alguna embajada infructuosa que trató de localizar el reino del Preste en Asia, los portugueses identificaron el territorio del legendario monarca con la cristiana Etiopia.

Todas estas historias espolearon la curiosidad de los europeos, quienes comenzaron a preguntarse qué había más allá del mundo que ellos conocían. Pese a las imprecisiones, los relatos de los viajeros fueron de gran utilidad. La monarquía portuguesa no dudó en recurrir a los viajeros Alfonso de Paiva y Pero da Covilha, quienes habían viajado a la India vía Egipto, para preparar la expedición de Vasco da Gama hacia el subcontinente indio.

La apertura del Estrecho de Gibraltar durante el siglo XIII contribuyó al proceso. El anterior dominio musulmán de las dos orillas del Estrecho lo convertían en un paso peligroso. Tras la conquista de la orilla norte por los cristianos, ciudades como Venecia y Génova se atrevieron a enviar navíos hacia Flandes, lo cual llevaría, en último término, al progresivo declive de las grandes ferias de la región de Champaña.

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Como se puede apreciar, los conocimientos del litoral atlántico africano eran muy imprecisos, si bien sabían de la existencia de islas cercanas a la costa. Tabla rogeliana, 1154.

Los comerciantes genoveses tuvieron un papel muy activo en el litoral sudoccidental de la Península ibérica y, especialmente, en Portugal. La posición geográfica de la región era perfecta para enviar expediciones financiadas por los genoveses con vistas a ampliar el comercio. Los hermanos Vivaldi en una fecha tan temprana como finales del siglo XIII se atrevieron a adentrarse en el Atlántico al mando de dos galeras, la Allegranza y la San Antonio. Su objetivo era circunnavegar África para llegar a la India. Una empresa ambiciosa que presumiblemente les costó la vida, ya que nunca se volvió a saber de ellos. Este caso ilustra uno de los obstáculos con los que se encontraron los pioneros del Atlántico: la falta de medios. La aparición de la brújula o el astrolabio facilitaban la orientación, pero la galera era una nave totalmente inadecuada para la navegación atlántica. Habría que esperar hasta el siglo XV para que apareciese una embarcación más adecuada para este menester: la carabela.

No obstante, esto no quiere decir que no hubiese éxitos. A comienzos del siglo XIV el genovés Lancelotto Malocello redescubrió las Canarias, ya conocidas por el mundo romano. El también genovés Pessagno descubrió Madeira (1341) y las Azores. Estos descubrimientos originaron una pugna entre Castilla y Portugal por el dominio de las islas. Madeira y Azores fueron ocupadas por los lusos durante el siglo XV. El caso canario fue diferente y se llegó a discutir en el Concilio de Basilea de 1435. En un principio el papado adjudicó las islas a Luis de la Cerda, el almirante francés de origen castellano. Sin embargo, la ocupación efectiva de las islas no comenzaría hasta el siglo XV al mando de señores normandos que decidieron jurar vasallaje a la corona de Castilla.

No se puede terminar esta entrada sin hacer referencia a los conocimientos geográficos de los mallorquines. Su experiencia comercial les había llevado a Safi, una localidad costera al sur de Casablanca. Conocían la existencia del reino de Mali, lo cual avala un dominio sólido de la geografía de la región. Igual que en el caso de los Vivaldi, trágico fue el destino del comerciante Jaume Ferrer, quien desapareció en 1346 tras cruzar el cabo Bojador casi cien años antes que los portugueses. Pioneros que proporcionaron las primeras informaciones precisas para que posteriores marinos, ya dotados de mejores medios técnicos y naves más apropiadas, pudieran continuar con la exploración de todo el orbe.

Para saber más

Morales Padrón, F.: “Los descubrimientos en los siglos XIV y XV, y los Archipiélagos Atlánticos“. Anuario de estudios atlánticos, 17 (1971), pp. 429-465.

El mítico reino de Preste Juan.

La conquista de las Islas Canarias.

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El rey pastelero

En ocasiones la extraña desaparición de un rey ha dado ocasión a que salgan personajes advenedizos que, usurpando la regia figura, reivindiquen ser el señor legítimo de dichos reinos. Ocurrió en Francia tras la muerte de Luis XVII, en Inglaterra tras la extraña desaparición de Eduardo V o en el reino de Sicilia tras el asesinato en batalla de Conradino. Portugal no fue una excepción.

Sebastián de Portugal (1554-1578) fue un rey inmerso en el ideal de la Cruzada. Romántico y soñador, posiblemente debido a su corta edad, no dudó en embarcarse a una peligrosa cruzada en el Norte de África pese a no tener herederos, ignorando los consejos de su tío Felipe II de España, quien le recomendó precaución. Al mando de 20.000 cristianos de distinta procedencia se enfrentó a un contingente beduino en la Batalla de Alcazarquivir un 4 de agosto de 1578. El rey murió junto a lo más granado de la nobleza lusa en lo que fue un desastre sin paliativos para las fuerzas cristianas.

Portugal quedó descabezado, sin rey ni gran parte de su aristocracia…pero el cadáver del rey no apareció. En esas difíciles condiciones, el trono recayó en el tío del rey, el anciano cardenal Enrique, quien contaba con 66 años. El nuevo monarca trató de secularizarse para tener descendencia, pero el Papa no se lo permitió y a su muerte, dos años más tarde, la corona de Portugal recayó en Felipe II de Habsburgo.

Años después surgió la curiosa figura de Gabriel de Espinosa, el “Pastelero de Madrigal”. Los portugueses nunca habían olvidado a su rey y soñaban con que siguiese vivo y volviese a reclamar su trono. Tras la desaparición de Sebastián aparecieron dos usurpadores reivindicando ser el rey, crimen por el que fueron ejecutados.

El lugar de nacimiento de Espinosa no está claro, se lo disputan las localidades de Madrigal y Toledo, de donde procede el documento más antiguo que tenemos sobre él: un examen que Gabriel de Espinosa realizó para poder ejercer el oficio de pastelero. Su origen tampoco está claro. Posiblemente fuese huérfano aunque se ha llegado a decir que era hermanastro de Sebastián e incluso el propio rey que había escapado del cautiverio musulmán.

Gabriel de Espinosa no parecía un pastelero cualquiera. Hablaba con soltura el alemán y el francés y mostraba destreza en la equitación, cosas que posiblemente aprendió en una de las muchas campañas que España mantenía en el extranjero; como pastelero se dedicaba a seguir al ejército para vender a los soldados sus dulces.

Gabriel llegó a Madrigal en 1594. Allí se encontraba desterrado fray Miguel de los Santos. Este era un monje que había apoyado las pretensiones al trono del prior de Crato en contra de los derechos a la corona lusa de Felipe II, por lo que fue apartado de Portugal y obligado a trasladarse a Castilla. Fray Miguel nunca se olvidó de la causa de la independencia portuguesa.

Un día fray Miguel conoció a Gabriel de Espinosa. Pensó que era inusualmente culto para su humilde condición y reparó en que tenía un enorme parecido con el desaparecido Sebastián, quizá debido a que los dos eran pelirrojos y los pelirrojos no abundaban en la Península Ibérica. El religioso decidió aprovechar esta semejanza entre pastelero y rey para hacer pasar al primero por el segundo, plan que fue aceptado por Gabriel de Espinosa. La conspiración estaba en marcha.

Lo primero que hizo fray Miguel fue presentar al pastelero a los más ilustres nobles de la localidad. En ello tocó el corazón de una joven llamada María Ana de Austria, hija natural, que no legítima, de don Juan de Austria. La muchacha era una romántica que soñaba con ser reina, le encantaban las historias de aventuras y creía firmemente que su primo Sebastián estaba vivo. El monje decidió aprovechar la fuerte baza de la muchacha que, por muy ilegítima que fuera, era de sangre Habsburgo.

La Batalla de Alcazarquivir de 1578 supuso uno de los mayores desastres de la historia de Portugal. Grabado de Miguel Leitão de Andrade en la obra

La Batalla de Alcazarquivir de 1578 supuso uno de los mayores desastres de la historia de Portugal. Grabado de Miguel Leitão de Andrade en la obra “Miscelânea” de 1629.

Fray Miguel acordó el matrimonio de Gabriel de Espinosa con la joven, aunque primero habrían de obtener una dispensa papal porque, supuestamente, los jóvenes eran primos. Poco después comenzaron a llegar nobles procedentes de Portugal a ver a aquel pastelero que era, según decían los rumores, su rey. Creyéndolo sinceramente o por interés, el hecho es que muchos le reconocieron como el desaparecido Sebastián.

Para continuar con el plan, María Ana le entregó a su prometido unas joyas. Gabriel viajaría a Valladolid para venderlas y obtener dinero para poder iniciar una conjuración. Allí cometió un gran error. Se comportó con altanería mostrando las joyas y criticando abiertamente al rey Felipe II, por lo cual fue detenido. La sorpresa de sus captores fue mayúscula ya que pensaban que era un delincuente común pero cuando registraron sus pertenencias encontraron unas cartas en las que fray Miguel le trataba de “majestad”.

Las fuerzas de seguridad de Felipe II rápidamente se pusieron en acción. Prendieron al religioso y encerraron a María Ana de Austria en sus aposentos. Se inició un proceso penal en el que se juzgaba la suplantación de la persona del rey. Felipe se ocupó personalmente del proceso y exigió el máximo rigor. Gabriel de Espinosa fue sometido a tortura reconociendo y negando en distintas ocasiones la suplantación de la figura del rey.

El pastelero rey fue ahorcado el 1 de agosto de 1595. Las crónicas afirman que el reo mostró una gran dignidad lo que contribuyó a acrecentar su leyenda. Fray Miguel fue secularizado y posteriormente ahorcado, pero sostuvo hasta el momento final que creía firmemente que Gabriel de Espinosa era el rey Sebastián, al cual había conocido personalmente. En cuanto a María Ana de Austria fue encerrada en el monasterio de clausura de Nuestra Señora de Gracia, en Ávila. Tras la muerte de Felipe II se la perdonó y se la dejó ir al Monasterio de Madrigal, donde llegó a priora. En 1611 fue nombrada abadesa del Monasterio de las Huelgas Reales, en Burgos.

El Sebastianismo siguió existiendo y los portugueses soñaron con la llegada de un buen rey que acudiría a rescatar a su país en su momento más difícil para volver a llevarlo a la gloria. Pasó así a ser un movimiento místico semejante a la leyenda inglesa que afirma que el rey Arturo volverá a Inglaterra cuando su país lo necesite.

Para saber más

Reinado de Sebastián I

Compromisos de Felipe II para obtener la corona portuguesa

Felipe II y Portugal

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Hermanos y rivales por el trono: Carlos V y Fernando de Habsburgo

Entre los hermanos suele haber rivalidades. Si resulta que el padre es duque de Borgoña, la madre reina de Castilla, el abuelo materno rey de Aragón y el abuelo paterno Sacro Emperador, esas rivalidades pueden estallar y convertirse en una guerra abierta. Esta es la historia privada de Carlos y Fernando de Habsburgo, dos hermanos que crecieron recelando el uno del otro.

Tras las sucesivas muertes de los príncipes Juan e Isabel de Trastámara, la herencia de los recientemente unidos reinos de Castilla y Aragón correspondió a Juana, la segunda hija de los Reyes Católicos. Tras la muerte de su madre Juana ascendió al trono castellano pero sus desequilibrios mentales, o las ambiciones de su marido y de su padre, provocaron que fuera desposeída de sus poderes y encerrada en un monasterio.

Comenzó entonces una carrera de fondo entre sus dos hijos, Carlos y Fernando, por ver quien se quedaría con la herencia materna. El derecho asistía a Carlos, el primogénito, pero el apoyo popular estaba de lado de Fernando que además era el nieto favorito de Fernando el Católico. Carlos de Habsburgo recibió una educación francesa impregnada por el amor a los ideales caballerescos de Borgoña.

El rey de Aragón, enemigo ancestral de los franceses, protestó en repetidas ocasiones sobre lo inadecuado de aquella educación para su nieto, que debería gobernar unos reinos para los que la rica y pomposa corte de Borgoña eran la viva representación de la frivolidad. Castilla tenía un ceremonial sobrio y religioso que chocaría con los nuevos usos traídos por Carlos desde el norte de Europa.

Fernando temía que su nieto fuese un títere al servicio de los intereses franceses o, peor aún, un nuevo Felipe el Hermoso, por lo que solicitó incesantemente una mayor presencia española en torno al joven duque de Luxemburgo –título que Felipe entregó a su hijo mayor en 1501-. Hubo algún castellano en la corte de Malinas, pero la influencia sobre el joven fue monopolizada por Chievrés, un borgoñón que llegaría a ser canciller cuando Carlos obtuvo la corona de Castilla.

Muy distinta fue la infancia de Fernando. Nació en Alcalá de Henares cuando sus padres visitaron España para ser jurados príncipes de Asturias. El joven fue educado en Castilla por tutores castellanos. Jamás abandonó la Península hasta que se lo ordenó su hermano mayor en 1518. Aunque su padre fuese de Flandes, Fernando era un príncipe castellano que priorizaría los intereses de Castilla. Tras la muerte de Felipe el Hermoso, una camarilla de nobles vio en el niño Fernando a su futuro rey. Los preceptores del infante alimentaron sus aspiraciones a las coronas de Castilla y Aragón.

Fernando también veía en su nieto favorito a la persona ideal para sucederle en el gobierno de Castilla y Aragón. El rey hizo testamento en 1512 nombrando regente de los dos reinos al infante Fernando. El Rey Católico pensaba que su nieto mayor jamás visitaría la Península Ibérica, por la cual no había mostrado el menor interés.

El testamento de Fernando alarmó a la camarilla de nobles y preceptores de Carlos de Habsburgo. Recelaban del apoyo popular y la simpatía de las que gozaba el pequeño infante castellano y temían que aprovechase su posición como regente de Castilla y Aragón para autoproclamarse su rey legítimo. La corte de Malinas presionó a Fernando el Católico para que volviese a cambiar su testamento algo que hizo poco antes de morir cuando encargó la regencia de Aragón a su hijo Alonso de Aragón y la de Castilla al Cardenal Cisneros.

El rey de Aragón falleció el 23 de enero de 1516. Los seguidores del infante Fernando convocaron al Consejo Real en su nombre para comenzar la regencia, ignorando que el Rey Católico cambió a última hora su testamento. Dos meses después, Carlos de Habsburgo protagonizó un auténtico golpe de estado contra su madre para afianzar su posición. Según el testamento de su abuelo, Carlos era gobernador de Castilla y Aragón en nombre de su madre Juana, quien era la única reina. Sus consejeros flamencos le convencieron de que se autoproclamase rey de Castilla y Aragón para tener mayores opciones de ser elegido Sacro Emperador e impedir que su propio hermano pudiese reivindicar tales títulos.

Esto alarmó a la corte de Flandes que temía que el infante pudiera aprovechar su situación como regente del reino para proclamarse rey. Su presión consiguió que Fernando cambiase el testamento a última hora, pero el daño ya estaba hecho. Tras conocerse su muerte, algunos partidarios del infante llegaron a convocar al Consejo Real en su nombre para comenzar a gobernar. Fernando tenía el apoyo popular que veía en él un rey propio y cercano que comprendería mejor los problemas sociales de Castilla y Aragón. La corte de Flandes actuó con rapidez para eliminar las opciones políticas del infante.

Los jóvenes Carlos y Fernando de Habsburgo, candidatos a las coronas de Castilla y Aragón.

Los jóvenes Carlos y Fernando de Habsburgo, candidatos a las coronas de Castilla y Aragón.

El 14 de marzo de 1516 la corte de Flandes proclamó a Carlos rey de Castilla y Aragón “juntamente con la católica reina mi señora”. La maniobra, desaconsejada por Cisneros por temor a posibles motines, no gustó en la Península Ibérica pero aun así se alzaron pendones por el nuevo rey. Los decretos –se aclaró- serían emitidos en nombre de madre e hijo y figuraría el de la reina en primer lugar. La ficción en torno a Juana de Aragón, que en todo momento fue considerada reina, se mantuvo hasta su muerte en 1555. Sobra decir que su cargo era meramente nominal, jamás tuvo el más mínimo poder o influencia.

Aunque se autoproclamó rey, Carlos no viajó inmediatamente a España. Gobernó desde Flandes mientras la incertidumbre y el recelo se apoderaban de sus reinos. La crisis económica se había acentuado, los manufactureros castellanos protestaban contra las masivas exportaciones de lana a Flandes, que favorecían a los grandes ganaderos. Acusaban a Carlos de favorecer la industria de esa región aún a costa de arruinar a Castilla.

Las ciudades comenzaron a convocar cortes por sí mismas ignorando que sólo el rey podía ordenar que se reunieran. Las villas solicitaban que el rey viajase de manera inmediata a la Península Ibérica para conocer sus reinos y hacerse cargo de ellos. A ello se sumaron las protestas por las subidas de impuestos. Tras repetidos ruegos del Cardenal Cisneros, Carlos viajó a España desembarcando en Villaviciosa el 19 de septiembre de 1517. El rey acudió sin saber hablas castellano y rodeado de una corte flamenca. Tras obtener la aprobación de su madre para gobernar durante la entrevista de Tordesillas, los flamencos se hicieron cargo de la mayor parte de oficios.

Una de las primeras órdenes de Carlos fue apartar a su hermano de la camarilla que le animaba a reclamar el trono. Así se hizo, pero entonces corrió el rumor de que Fernando quería viajar a Aragón para obtener el apoyo de Germana de Foix, segunda esposa de Fernando el Católico, y proclamarse rey. En un movimiento rápido y sin tapujos, Carlos ordenó el viaje del Infante a Flandes, hecho que provocó gran consternación entre los súbditos de Castilla y Aragón.

El resto de la historia es conocida. Carlos reinó en Castilla y Aragón durante 40 años y en 1520 sucedió a su abuelo Maximiliano como sacro emperador convirtiéndose en el hombre más poderoso de Europa. Tras las Comunidades y las Germanías comenzó a interesarse por la cultura castellana, a entregar los oficios a castellanos y a acercarse a sus reinos peninsulares.

Su hermano también tuvo la suerte de ostentar el poder absoluto. La muerte del rey Luis II en el Desastre de Mohács en 1526, gracias al cual los turcos conquistaron parte de Hungría, provocó que los nobles de Bohemia y Hungría lo eligiesen como su rey. Así, un príncipe nacido en Alcalá de Henares terminó gobernando sobre checos y húngaros y un rey nacido en Flandes y criado en la cultura borgoñona terminó reinando, entre otros, sobre castellanos, aragoneses y navarros.

Con el paso de los años, las tirantes relaciones entre Fernando y Carlos de Habsburgo se fueron limando. Tras la elección del segundo como emperador, nombró a su hermano archiduque y le encargó la gobernación de la herencia austriaca de los Habsburgo. Décadas después, un avejentado y cansado Carlos decidió abdicar. Tuvo dudas sobre si legar el Sacro Imperio a su hijo Felipe o a su hermano Fernando pero finalmente no quiso que su hijo tuviese que soportar un peso tan enorme con el que había aguantado él. Abdicó los territorios ibéricos, italianos, flamencos y las Indias en Felipe mientras que Fernando se quedó toda la herencia austriaca de los Habsburgo y fue elegido nuevo Sacro Emperador en 1558.

En ese momento se produjo la división de las dos ramas de los Habsburgo. La española desapareció en 1700. A la austriaca le tocó hacer frente a los problemas religiosos alemanes que desembocaron en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y reclamó sus derechos al trono de España durante la Guerra de Sucesión (1700-1713). Los Habsburgo lograron gobernar el Imperio Austriaco hasta 1918 cuando se proclamó la República tras la derrota austriaca en la I Guerra Mundial.

Para saber más

Carlos V, Joseph Pérez

Fernando I de Habsburgo

Juana la Loca

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Anexo

Como curiosidad dejo la interminable intitulación del emperador Carlos V con la que firma el Edicto contra los Comuneros del 16 de febrero de 1521:

Don Carlos, Por la gracia de Dios Rey de Romanos Emperador Semper Augusto. Doña Joana su madre y el mesmo Don Carlos por la mesma gracia Reyes de Castilla, de Leon, de Aragon, de las dos Sicilias, de Ierusalen, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Cordova, de Corcega, de Murcia, de Jaen, de los Algarbes, de Algezira, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Indias islas y tierra firme del mar oceano, Condes de Barcelona, señores de Vizcaya e de Molina, Duques de Atenas e de Neopatria, Condes de Ruysellon e de Cerdenia, Marques de Oristan e de Gorciano, Archiduques de Austria, Duques de Borgoña de Bravante, Condes de Flandes e de Tirol.

Armenia: capital Madrid

Las estructuras políticas medievales tenían particularidades como la posibilidad de que un territorio fuese gobernador por una persona totalmente ajena a sus costumbres, lengua o religión. Esto fue lo que pasó con la actual capital española que, durante unos años, estuvo en manos de un rey exiliado de Armenia Menor.

El reino de Armenia Menor estaba situado en la Península de Anatolia, en la región hoy conocida como Cilicia. Esta era una región muy problemática, situada en un punto geopolítico candente donde hacían frontera el mundo musulmán y el cristiano. Cilicia estaba poblada por caballeros cruzados francos y acabó en una de las familias originarias de Francia: los Lusignan. Tenemos por tanto un reino anatolio poblado por una amalgama de antiguos bizantinos, armenios, sirios, francos y musulmanes. Todos ellos regidos por un rey francés.

En el siglo XIII nació el Sultanato Mameluco de Egipto. Este poderoso reino comenzó a expandirse y en el siglo XIV llega a amenazar la supervivencia del reino armenio hasta que finalmente es tomado en 1375. Desde un año antes reinaba allí León V, quien fue hecho prisionero y traslado a El Cairo. Sus captores pidieron un alto rescate digno de un rey y sólo al alcance de reyes. He ahí que tenemos al pobre y desdichado León mandando cartas a todos los soberanos de Europa en busca de un alma caritativa que pague su libertad.

Tras siete años de penoso cautiverio, León al fin encontró a alguien que lo liberase: el rey Juan I de Castilla, quien junto a Pedro IV de Aragón decidió pagar su rescate. Al fin libre, León viajó a Avignon a ver a Clemente VII y posteriormente a la corte aragonesa en busca de ayuda militar para reconquistar Armenia. Tras sendas negativas se dirigió a Castilla con idéntico objetivo. Juan I tampoco le entregó la ayuda pero le concedió un espléndido regalo: las villas de Madrid, Villarreal (actual Ciudad Real) y Andujar, todo ello acompañado de una renta de 150.000 maravedíes anuales. Con ello León adquiría un patrimonio considerable en el corazón del reino de Castilla.

Sepulcro de León V situado en la Basílica de Saint Denis, Francia.

Sepulcro de León V situado en la Basílica de Saint Denis, Francia.

León aparcó por un tiempo sus sueños armenios y se dedicó a gobernar Madrid, capital de su nuevo reino armenio, y a ganarse el favor de los madrileños. Los madrileños, incluidos sus nobles, desconfiaban de su extranjero señor. Como es característico de los habitantes de la capital incluso le dedicaron algunas coplillas: «si la villa fuera silva la guardaría el León. Mas es tierra castellana, no queremos tal señor». Hay que reconocer que el pobre León puso empeño en ganarse a sus súbditos, bajando los impuestos y asegurando el trabajo a todos los funcionarios de la corte. Incluso despreciando su propia seguridad las fuentes nos lo muestran paseando en solitario por el Madrid medieval sin una escolta que protegiese su regia persona.

Las protestas de los madrileños llegaron a Juan I, quien empezó a ser consciente de que quizá mostró demasiada magnificencia al entregarle las villas al armenio. El castellano se había casado el año anterior con Beatriz de Portugal y, tal vez, producto de la euforia hizo tan generosa entrega. Por ello se aprestó a puntualizar que las villas entregadas eran de la propiedad de León V y no de ningún hipotético reino armenio. En otras palabras, a la muerte de León las tierras volverían a la corona castellana y en ningún caso pasarían al heredero del armenio.

En cualquier caso León no tardó en cansarse de sus súbditos y abandonó Madrid. El monarca se marchó a Navarra en busca de ayuda militar para reconquistar su reino. Nuevamente se llevó una negativa por respuesta y decidió viajar a Francia. En aquella época nuestro vecino era un país devastado por la Guerra de los Cien Años que llevaba ya medio siglo en marcha. León trató de mediar entre Francia e Inglaterra para convencerles de que le ayudasen a reconquistar su reino pero sus esfuerzos, nuevamente, fueron en balde. León obtuvo un castillo y unas modestas rentas (Carlos VI de Francia estuvo ahí más realista que nuestro Juan I) y pasó lo que le quedaba de vida en Francia anhelando su viejo hogar. Murió en 1393 y desde entonces sus restos reposan en la basílica de Saint Denis rodeado de reyes franceses. Pese a que es un personaje poco conocido hoy da nombre a una pequeña calle cercana a Vía Carpetana, en el madrileño barrio de Carabanchel. Con su muerte Madrid volvió a Castilla y el gesto de Juan I quedó como simple anécdota y muestra de su (tal vez demasiada) generosidad.

Para saber más

El reino de Armenia Cilicia entre los siglos XII y XIV (en inglés)

Otros enlaces de interés

http://www.abc.es/madrid/20140911/abci-armenia-madrid-201409101244.html

http://www.diarioya.es/content/armenia-y-espa%C3%B1a-le%C3%B3n-v-rey-de-armenia-y-se%C3%B1or-de-madrid

http://www.madridhistorico.com/seccion5_historia/index_evolucion_medieval.php?idmapa=4

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