La cuestión católica en Reino Unido: los jacobitas

Enrique VIII es uno de los personajes más conocidos de la historia inglesa. Sus seis matrimonios le han convertido en un personaje pintoresco, una especie de sanguinario coleccionista de mujeres. La mayor consecuencia de su vida matrimonial, cuyos ecos llegan hasta nuestros días, fue la separación de las iglesias de Inglaterra y Roma. Tanto si fue algo cuidadosamente planeado como si simplemente obedeció a los impulsos del monarca, el hecho es que la isla jamás retornó al catolicismo sino que posee su propia iglesia cuya cabeza es el rey o reina de turno.

La aparición del anglicanismo suscitó cierta oposición. La dura política religiosa emprendida por los gobernantes tuvo su efecto y la población terminó por aceptar la nueva situación, pero hubo algunos intentos por volver al redil católico. La reina María I es conocida por su fanatismo católico y su persecución de los partidarios de la Iglesia fundada por su padre Enrique. Sin embargo, el mayor intento de volver al Catolicismo tuvo lugar en el siglo XVII y fue protagonizado por Jacobo II y sus partidarios: los jacobitas.

Jacobo II no nació para ser rey, ya que fue el segundo hijo de Carlos I (1625-1649). Su camino hacia el trono se alejó aún más tras el estallido de la Revolución de 1648 que destronó, y posteriormente asesinó, a su padre y le condujo a él y a su hermano mayor al exilio. Los dos jóvenes tuvieron que esperar a la muerte del líder de los revolucionarios, Oliver Cromwell, para poder volver a su país natal. Entonces se reinstauró la monarquía y su hermano fue coronado rey con el nombre de Carlos II. Jacobo pasó a ser considerado el heredero presunto aunque no se esperaba que sucediera a su hermano, un hombre joven con muchos años por delante para engendrar descendencia.

Parece ser que Jacobo abrazó la fe católica entre los años 1668 y 1669, despertando los recelos de los aristócratas ingleses, férreos defensores del anglicanismo. Por ello, éstos fraguaron una camarilla de oposición al príncipe. El rey decidió nombrar a su hermano Almirante Mayor de Inglaterra pero los nobles lograron aprobar expresamente una ley en el Parlamento, el Acta de prueba, que obligaba a cualquier inglés que fuese a desempeñar un cargo en la administración o el ejército a abjurar públicamente de la doctrina católica. Jacobo, en un alarde de compromiso con sus ideas, se negó a realizarlo y renunció al cargo.

Con el paso de los años, los nobles británicos comenzaron a alarmarse. La reina Catalina ya sobrepasaba su edad fértil y no había conseguido darle un heredero varón a Carlos II, quien rehusó divorciarse de ella pese a que varios de sus consejeros se lo sugirieron. Los aristócratas veían cada vez más cercana la posibilidad de que Jacobo acabara convirtiéndose en rey de Inglaterra. Su oposición personal al príncipe y los desmanes cometidos por los anglicanos contra los católicos no les dibujaban un panorama alentador si Jacobo alcanzaba la corona.

Jacobo II tuvo que enfrentarse a la oposición de sus súbditos protestantes a causa de su fe católica. Fue depuesto en 1688. Obra de Nicolas de Largillière expuesta en el National Maritime Museum.

Jacobo II tuvo que enfrentarse a la oposición de sus súbditos protestantes a causa de su fe católica. Fue depuesto en 1688. Obra de Nicolas de Largillière expuesta en el National Maritime Museum.

Varios grandes de Inglaterra aconsejaron a Carlos II que legitimase a uno de sus numerosos bastardos, un muchacho valiente y capaz llamado James Scott, y le nombrara su sucesor. La reticencia del monarca a dejarle el trono de Inglaterra a un hijo ilegítimo motivó que los nobles decidieran volver a valerse del Parlamento tal y como hicieron con el Acta de Prueba. Su proyecto de ley, la llamada Ley de exclusión, prohibía expresamente que un católico ocupara el trono inglés. Los parlamentarios estaban decididos a aprobar la propuesta pero el rey, quien veía con simpatía al catolicismo y que no quería que el trono saliera de su familia, clausuró el parlamento antes de que se produjera la votación.

Finalmente, el rey murió en 1685 y, para consternación de sus súbditos protestantes, decidió convertirse al catolicismo en sus últimos momentos de vida. Su hermano Jacobo fue coronado de forma católica en una ceremonia privada antes de serlo de forma pública y según el rito anglicano en Canterbury. Pocos meses después de ascender al trono, el nuevo monarca tuvo que hacer frente a su primer desafío: su sobrino, James Scott, se rebeló y reivindicó la corona. El rey logró aplacar al Duque de Monmouth, título con el que Carlos había tratado de compensar a su hijo ilegítimo, derrotarle y apresarle. Tras un tiempo de cautiverio, James Scott fue ejecutado en la Torre de Londres.

Libre de obstáculos militares, Jacobo inició una ingente tarea legislativa con el objetivo final de establecer la libertad religiosa en Inglaterra. Abolió el Acta de prueba y elevó a prominentes católicos a altos puestos de la administración, permitió que los católicos retornasen a los puestos directivos de las universidades tras décadas de ostracismo y anuló las leyes que perseguían a los católicos y las demás minorías religiosas. Inglaterra parecía avanzar hacia la libertad religiosa. Sus antiguos enemigos protestantes criticaban a plena luz del día el camino por el que el monarca estaba llevando al país. Le acusaban de ser el principal agente de una conjuración papista destinada a acabar con el protestantismo en Inglaterra. Afirmaban que el rey era una marioneta en manos de su confesor, el jesuita Eduardo Petre. La campaña orquestada contra Jacobo II fue tan grande que incluso perdió los apoyos que tenía entre los sectores protestantes más tolerantes.

Los aristócratas aguantaron el gobierno del monarca con la esperanza de que a su muerte la corona pasara a su hija María, educada por orden de Carlos II en la fe anglicana. María estaba casada con Guillermo de Orange, estatúder de los Países Bajos y paladín del protestantismo. Si aquello ocurría era de esperar que las nuevas leyes de Jacobo fueran abolidas y su reinado pasara a ser una mera anécdota. Las esperanzas protestantes se vinieron abajo con el nacimiento del príncipe Jacobo Francisco Eduardo. El sucesor sería educado en la fe romana, por lo que los anglicanos se atemorizaron ante la perspectiva de que se instalase en Inglaterra de forma definitiva una dinastía católica.

Un grupo de nobles, conocidos como Los siete inmortales, se plantaron en este punto. Se pusieron en contacto con el yerno del rey, Guillermo de Orange, y le pidieron que invadiese Inglaterra y destronase a su rey papista. A cambio, él y su esposa María serían proclamados reyes de la isla. El estatúder aceptó la propuesta y comenzaron a preparar los pertrechos para llevar a cabo su empresa que pasaría a la historia como la Revolución Gloriosa de 1688. Los rumores llegaron a oídos de la corte de Londres y de París. Luis XIV, encantado con tener un colega católico en Inglaterra, ofreció ayuda a Jacobo II para derrotar a Guillermo de Orange. Sin embargo, el rey inglés, ebrio de gloria, decidió rechazar la ayuda. Confiaba en poder derrotar sin muchas dificultades al holandés y creía que ello afianzaría su posición al frente de Inglaterra.

Jacobo cometió un error capital al sobreestimar la lealtad que le guardaba el ejército. Cuando Guillermo invadió la isla, todos los oficiales protestantes del ejército real inglés desertaron y se pusieron a su servicio. El rey estaba derrotado antes de la lucha. Primero envió a su hijo y a su esposa a Francia y meses después él mismo intentó cruzar el Canal para refugiarse en la seguridad de la corte de París. Desgraciadamente para él, fue apresado antes de que pudiera hacerlo y trasladado a Kent. Guillermo tenía dos opciones: o bien le ejecutaba y eliminaba cualquier posibilidad de que Jacobo invadiera Inglaterra para recuperar su trono, algo que seguramente haría, o bien le salvaba la vida y le permitía marcharse al exilio. Finalmente se decidió por la segunda opción, no quería crear un mártir. El holandés reunió al Parlamento que resolvió que Jacobo había abdicado en la práctica cuando arrojó su sello real al Támesis y trató de huir. Desposeído de sus derechos se le permitió marcharse a Francia y reunirse con su familia.

Una vez en el exilio, Jacobo ideó la invasión de Irlanda, tradicional reducto del catolicismo. Para lograr su empresa contaría con refuerzos que Luis XIV le proporcionaría y que esta vez sí aceptó. La tentativa se saldó como un estrepitoso fracaso. Jacobo se vio obligado a volver a Francia y quedó desacreditado debido a su deshonrosa huida. Allí pasó el resto de su vida como católico devoto hasta su muerte en 1701.

Tras el fallecimiento de Jacobo II las potencias católicas reconocieron a su hijo Jacobo III como rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda. El joven había sido educado en Francia y se mantuvo como un fervoroso católico tal y como lo fue su padre. Su fe se convirtió en la seña de identidad de su causa. La guerra sucesoria en la práctica se había convertido en una cuestión religiosa. Apoyado por Francia, Jacobo III intentó invadir Escocia en 1715, allí contaba con el apoyo de católicos que le eran leales. Tras algunos éxitos iniciales, el muchacho pudo viajar a la isla e incluso instaló su corte en Scone, en la parte oriental del país. Su éxito fue efímero: la población ya había asimilado plenamente el anglicanismo y no deseaban la vuelta al trono de un rey católico. Amparados por sus mayores recursos militares, el ejército del rey Jorge I derrotó a las tropas del Viejo Pretendiente, como sería conocido para la posteridad.

Jacobo huyó a Roma y se puso en contacto con la España de Felipe V que le prometió hombres para una nueva invasión. Ésta tuvo lugar en 1719 y se saldó con un nuevo fracaso. El católico rey intentó organizar nuevas expediciones y defendió la justicia que amparaba su causa por todas las cortes europeas, más ocupadas por resolver los complicados problemas militares y diplomáticos del siglo XVIII que por atender la cuestión de un príncipe desposeído de su trono hacía más de medio siglo. Amargado por el fracaso de su empresa, Jacobo le cedió la jefatura de la familia y la responsabilidad de luchar por los derechos de los Estuardo a su hijo Carlos Eduardo, el Joven Pretendiente.

El joven recogió el desafío con ganas. Logró que Luis XV le prometiese refuerzos una vez se hubiese invadido la isla. Igual que hizo su padre décadas atrás, Carlos Eduardo viajó a Escocia en 1745, allí tenía el apoyo de los sectores católicos; logró ganarse el favor de la mayoría de los clanes del país y obtuvo una gran fuente de soldados gracias a los highlander, los feroces guerreros del norte de Escocia. A la cuestión religiosa ahora se sumaba la nacional: el sentimiento nacional escocés afloraba tras décadas de centralismo impuesto desde Londres. Los Estuardo habían salido de Escocia, los sentían como algo suyo y por ello el Joven Pretendiente logró organizar la invasión jacobita más seria de todas las que habían tenido lugar hasta la fecha.

Marcha de los guardias de Finchley. Muestra a los soldados británicos marchando a defender Londres tras la rebelión jacobita de 1745. Obra de William Hogharth.

Marcha de los guardias de Finchley. Muestra a los soldados británicos marchando a defender Londres tras la rebelión jacobita de 1745. Obra de William Hogharth.

Carlos logró avanzar y tomo Edimburgo, capital escocesa, y ciudades del norte de Inglaterra como Manchester. Allí se encontró con el primer revés hacia su, hasta entonces, victoriosa empresa. Sus tropas no eran vistas como liberadores sino como invasores. Sus informadores habían sobreestimado el favor que el catolicismo tenía en un país que era abrumadoramente anglicano. Su segundo revés llegó poco después: Luis XV no envió las tropas prometidas. Su ejército escocés no bastó para derrotar a Jorge II en la Batalla de Culloden de 1746. Carlos Eduardo huyó y se refugió durante unos meses en el norte de Escocia, donde era escondido por sus siempre fieles clanes escoceses. Posteriormente logró embarcar rumbo a Francia.

El varapalo fue acogido con desánimo por su padre Jacobo III, quien ya se veía portando la corona británica. La relación entre padre e hijo se enfrió cuando el primero apoyó a su segundo y último hijo Enrique a seguir la carrera eclesiástica. Carlos le recriminó que no le consultase como jefe de la familia. Si él no tenía hijos, y de momento no los tenía, la cuestión sucesoria debía pasar por Enrique.

El carácter del Joven Pretendiente se fue agriando con los años. Carlos vio esperanzado el estallido de la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Soñaba con que Luis XV decidiese aprovechar la coyuntura de la guerra para invadir la isla y reinstaurar a los Estuardo en el trono. El plan se consideró pero no fructificó. Jacobo III, el Viejo Pretendiente, murió poco después en 1766 sin recuperar la corona. El carácter de Carlos empeoró: se había hecho alcohólico y asiduo a los burdeles de París. Los aristócratas franceses le odiaban y exigieron a su rey que expulsase al pretendiente de sus dominios, por lo que Carlos tuvo que marcharse a Roma donde estaba su hermano Enrique, quien ya había llegado a cardenal. Tampoco pudo ganarse la simpatía del papado que le veía como un ser inmoral y que jamás llegó a reconocerle rey tal y como hizo con su padre. Enfermo y agotado, Carlos murió en 1788 y la jefatura de su casa recayó en su cardenalicio hermano.

A diferencia de Carlos, el conocido por sus partidarios como Enrique IX nunca mostró interés en sus derechos al trono británico. No preparó ninguna invasión ni se secularizó para tener descendencia. La Revolución Francesa le hizo perder gran parte de las  propiedades que su familia había acumulado en Francia por lo que murió en 1807 en condiciones modestas. Tras su muerte, la línea dinástica de los Estuardo se extinguió y Reino Unido al fin pudo respirar tranquilo. Más de un siglo después de que Guillermo de Orange perdonase la vida a Jacobo II al fin se había terminado el peligro de una invasión jacobita.

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El juicio de Catalina de Aragón, Nelson O’Neil

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La obra El juicio de Catalina de Aragón fue realizada por el pintor inglés Nelson O’Neil entre los años 1846 y 1848. La pintura se enmarca en el género de la Pintura Histórica. Su aparición tiene que ver con el movimiento Romántico, que anhela melancólicamente el pasado. Se comienza de esta manera a pintar acontecimientos famosos de la historia. Este en concreto es narrado por Shakespeare en su drama de Enrique VIII. El rey reunió una comisión de eclesiásticos y abogados para dictaminar si su matrimonio con Catalina de Aragón era válido al haber estado casada antes con el hermano mayor de Enrique, Arturo, fallecido al poco de contraer matrimonio. El verdadero motivo del rey era obtener el divorcio para poder casarse con Ana Bolena y tener un heredero varón. Catalina le suplica que no la expulse de su lecho, le asegura que no consumó el matrimonio con su hermano y le recuerda que en los veinte años que llevaban casados había sido una buena esposa en todo momento. Catalina de Aragón fue una reina muy amada por los ingleses y el pintor la muestra como una víctima de la lujuria del rey Enrique. Su divorcio acabó conduciendo a la separación de Roma e Inglaterra y la aparición del Anglicanismo. La obra se expone en el Museo de Birmingham.