El rey pastelero

En ocasiones la extraña desaparición de un rey ha dado ocasión a que salgan personajes advenedizos que, usurpando la regia figura, reivindiquen ser el señor legítimo de dichos reinos. Ocurrió en Francia tras la muerte de Luis XVII, en Inglaterra tras la extraña desaparición de Eduardo V o en el reino de Sicilia tras el asesinato en batalla de Conradino. Portugal no fue una excepción.

Sebastián de Portugal (1554-1578) fue un rey inmerso en el ideal de la Cruzada. Romántico y soñador, posiblemente debido a su corta edad, no dudó en embarcarse a una peligrosa cruzada en el Norte de África pese a no tener herederos, ignorando los consejos de su tío Felipe II de España, quien le recomendó precaución. Al mando de 20.000 cristianos de distinta procedencia se enfrentó a un contingente beduino en la Batalla de Alcazarquivir un 4 de agosto de 1578. El rey murió junto a lo más granado de la nobleza lusa en lo que fue un desastre sin paliativos para las fuerzas cristianas.

Portugal quedó descabezado, sin rey ni gran parte de su aristocracia…pero el cadáver del rey no apareció. En esas difíciles condiciones, el trono recayó en el tío del rey, el anciano cardenal Enrique, quien contaba con 66 años. El nuevo monarca trató de secularizarse para tener descendencia, pero el Papa no se lo permitió y a su muerte, dos años más tarde, la corona de Portugal recayó en Felipe II de Habsburgo.

Años después surgió la curiosa figura de Gabriel de Espinosa, el “Pastelero de Madrigal”. Los portugueses nunca habían olvidado a su rey y soñaban con que siguiese vivo y volviese a reclamar su trono. Tras la desaparición de Sebastián aparecieron dos usurpadores reivindicando ser el rey, crimen por el que fueron ejecutados.

El lugar de nacimiento de Espinosa no está claro, se lo disputan las localidades de Madrigal y Toledo, de donde procede el documento más antiguo que tenemos sobre él: un examen que Gabriel de Espinosa realizó para poder ejercer el oficio de pastelero. Su origen tampoco está claro. Posiblemente fuese huérfano aunque se ha llegado a decir que era hermanastro de Sebastián e incluso el propio rey que había escapado del cautiverio musulmán.

Gabriel de Espinosa no parecía un pastelero cualquiera. Hablaba con soltura el alemán y el francés y mostraba destreza en la equitación, cosas que posiblemente aprendió en una de las muchas campañas que España mantenía en el extranjero; como pastelero se dedicaba a seguir al ejército para vender a los soldados sus dulces.

Gabriel llegó a Madrigal en 1594. Allí se encontraba desterrado fray Miguel de los Santos. Este era un monje que había apoyado las pretensiones al trono del prior de Crato en contra de los derechos a la corona lusa de Felipe II, por lo que fue apartado de Portugal y obligado a trasladarse a Castilla. Fray Miguel nunca se olvidó de la causa de la independencia portuguesa.

Un día fray Miguel conoció a Gabriel de Espinosa. Pensó que era inusualmente culto para su humilde condición y reparó en que tenía un enorme parecido con el desaparecido Sebastián, quizá debido a que los dos eran pelirrojos y los pelirrojos no abundaban en la Península Ibérica. El religioso decidió aprovechar esta semejanza entre pastelero y rey para hacer pasar al primero por el segundo, plan que fue aceptado por Gabriel de Espinosa. La conspiración estaba en marcha.

Lo primero que hizo fray Miguel fue presentar al pastelero a los más ilustres nobles de la localidad. En ello tocó el corazón de una joven llamada María Ana de Austria, hija natural, que no legítima, de don Juan de Austria. La muchacha era una romántica que soñaba con ser reina, le encantaban las historias de aventuras y creía firmemente que su primo Sebastián estaba vivo. El monje decidió aprovechar la fuerte baza de la muchacha que, por muy ilegítima que fuera, era de sangre Habsburgo.

La Batalla de Alcazarquivir de 1578 supuso uno de los mayores desastres de la historia de Portugal. Grabado de Miguel Leitão de Andrade en la obra

La Batalla de Alcazarquivir de 1578 supuso uno de los mayores desastres de la historia de Portugal. Grabado de Miguel Leitão de Andrade en la obra “Miscelânea” de 1629.

Fray Miguel acordó el matrimonio de Gabriel de Espinosa con la joven, aunque primero habrían de obtener una dispensa papal porque, supuestamente, los jóvenes eran primos. Poco después comenzaron a llegar nobles procedentes de Portugal a ver a aquel pastelero que era, según decían los rumores, su rey. Creyéndolo sinceramente o por interés, el hecho es que muchos le reconocieron como el desaparecido Sebastián.

Para continuar con el plan, María Ana le entregó a su prometido unas joyas. Gabriel viajaría a Valladolid para venderlas y obtener dinero para poder iniciar una conjuración. Allí cometió un gran error. Se comportó con altanería mostrando las joyas y criticando abiertamente al rey Felipe II, por lo cual fue detenido. La sorpresa de sus captores fue mayúscula ya que pensaban que era un delincuente común pero cuando registraron sus pertenencias encontraron unas cartas en las que fray Miguel le trataba de “majestad”.

Las fuerzas de seguridad de Felipe II rápidamente se pusieron en acción. Prendieron al religioso y encerraron a María Ana de Austria en sus aposentos. Se inició un proceso penal en el que se juzgaba la suplantación de la persona del rey. Felipe se ocupó personalmente del proceso y exigió el máximo rigor. Gabriel de Espinosa fue sometido a tortura reconociendo y negando en distintas ocasiones la suplantación de la figura del rey.

El pastelero rey fue ahorcado el 1 de agosto de 1595. Las crónicas afirman que el reo mostró una gran dignidad lo que contribuyó a acrecentar su leyenda. Fray Miguel fue secularizado y posteriormente ahorcado, pero sostuvo hasta el momento final que creía firmemente que Gabriel de Espinosa era el rey Sebastián, al cual había conocido personalmente. En cuanto a María Ana de Austria fue encerrada en el monasterio de clausura de Nuestra Señora de Gracia, en Ávila. Tras la muerte de Felipe II se la perdonó y se la dejó ir al Monasterio de Madrigal, donde llegó a priora. En 1611 fue nombrada abadesa del Monasterio de las Huelgas Reales, en Burgos.

El Sebastianismo siguió existiendo y los portugueses soñaron con la llegada de un buen rey que acudiría a rescatar a su país en su momento más difícil para volver a llevarlo a la gloria. Pasó así a ser un movimiento místico semejante a la leyenda inglesa que afirma que el rey Arturo volverá a Inglaterra cuando su país lo necesite.

Para saber más

Reinado de Sebastián I

Compromisos de Felipe II para obtener la corona portuguesa

Felipe II y Portugal

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Hermanos y rivales por el trono: Carlos V y Fernando de Habsburgo

Entre los hermanos suele haber rivalidades. Si resulta que el padre es duque de Borgoña, la madre reina de Castilla, el abuelo materno rey de Aragón y el abuelo paterno Sacro Emperador, esas rivalidades pueden estallar y convertirse en una guerra abierta. Esta es la historia privada de Carlos y Fernando de Habsburgo, dos hermanos que crecieron recelando el uno del otro.

Tras las sucesivas muertes de los príncipes Juan e Isabel de Trastámara, la herencia de los recientemente unidos reinos de Castilla y Aragón correspondió a Juana, la segunda hija de los Reyes Católicos. Tras la muerte de su madre Juana ascendió al trono castellano pero sus desequilibrios mentales, o las ambiciones de su marido y de su padre, provocaron que fuera desposeída de sus poderes y encerrada en un monasterio.

Comenzó entonces una carrera de fondo entre sus dos hijos, Carlos y Fernando, por ver quien se quedaría con la herencia materna. El derecho asistía a Carlos, el primogénito, pero el apoyo popular estaba de lado de Fernando que además era el nieto favorito de Fernando el Católico. Carlos de Habsburgo recibió una educación francesa impregnada por el amor a los ideales caballerescos de Borgoña.

El rey de Aragón, enemigo ancestral de los franceses, protestó en repetidas ocasiones sobre lo inadecuado de aquella educación para su nieto, que debería gobernar unos reinos para los que la rica y pomposa corte de Borgoña eran la viva representación de la frivolidad. Castilla tenía un ceremonial sobrio y religioso que chocaría con los nuevos usos traídos por Carlos desde el norte de Europa.

Fernando temía que su nieto fuese un títere al servicio de los intereses franceses o, peor aún, un nuevo Felipe el Hermoso, por lo que solicitó incesantemente una mayor presencia española en torno al joven duque de Luxemburgo –título que Felipe entregó a su hijo mayor en 1501-. Hubo algún castellano en la corte de Malinas, pero la influencia sobre el joven fue monopolizada por Chievrés, un borgoñón que llegaría a ser canciller cuando Carlos obtuvo la corona de Castilla.

Muy distinta fue la infancia de Fernando. Nació en Alcalá de Henares cuando sus padres visitaron España para ser jurados príncipes de Asturias. El joven fue educado en Castilla por tutores castellanos. Jamás abandonó la Península hasta que se lo ordenó su hermano mayor en 1518. Aunque su padre fuese de Flandes, Fernando era un príncipe castellano que priorizaría los intereses de Castilla. Tras la muerte de Felipe el Hermoso, una camarilla de nobles vio en el niño Fernando a su futuro rey. Los preceptores del infante alimentaron sus aspiraciones a las coronas de Castilla y Aragón.

Fernando también veía en su nieto favorito a la persona ideal para sucederle en el gobierno de Castilla y Aragón. El rey hizo testamento en 1512 nombrando regente de los dos reinos al infante Fernando. El Rey Católico pensaba que su nieto mayor jamás visitaría la Península Ibérica, por la cual no había mostrado el menor interés.

El testamento de Fernando alarmó a la camarilla de nobles y preceptores de Carlos de Habsburgo. Recelaban del apoyo popular y la simpatía de las que gozaba el pequeño infante castellano y temían que aprovechase su posición como regente de Castilla y Aragón para autoproclamarse su rey legítimo. La corte de Malinas presionó a Fernando el Católico para que volviese a cambiar su testamento algo que hizo poco antes de morir cuando encargó la regencia de Aragón a su hijo Alonso de Aragón y la de Castilla al Cardenal Cisneros.

El rey de Aragón falleció el 23 de enero de 1516. Los seguidores del infante Fernando convocaron al Consejo Real en su nombre para comenzar la regencia, ignorando que el Rey Católico cambió a última hora su testamento. Dos meses después, Carlos de Habsburgo protagonizó un auténtico golpe de estado contra su madre para afianzar su posición. Según el testamento de su abuelo, Carlos era gobernador de Castilla y Aragón en nombre de su madre Juana, quien era la única reina. Sus consejeros flamencos le convencieron de que se autoproclamase rey de Castilla y Aragón para tener mayores opciones de ser elegido Sacro Emperador e impedir que su propio hermano pudiese reivindicar tales títulos.

Esto alarmó a la corte de Flandes que temía que el infante pudiera aprovechar su situación como regente del reino para proclamarse rey. Su presión consiguió que Fernando cambiase el testamento a última hora, pero el daño ya estaba hecho. Tras conocerse su muerte, algunos partidarios del infante llegaron a convocar al Consejo Real en su nombre para comenzar a gobernar. Fernando tenía el apoyo popular que veía en él un rey propio y cercano que comprendería mejor los problemas sociales de Castilla y Aragón. La corte de Flandes actuó con rapidez para eliminar las opciones políticas del infante.

Los jóvenes Carlos y Fernando de Habsburgo, candidatos a las coronas de Castilla y Aragón.

Los jóvenes Carlos y Fernando de Habsburgo, candidatos a las coronas de Castilla y Aragón.

El 14 de marzo de 1516 la corte de Flandes proclamó a Carlos rey de Castilla y Aragón “juntamente con la católica reina mi señora”. La maniobra, desaconsejada por Cisneros por temor a posibles motines, no gustó en la Península Ibérica pero aun así se alzaron pendones por el nuevo rey. Los decretos –se aclaró- serían emitidos en nombre de madre e hijo y figuraría el de la reina en primer lugar. La ficción en torno a Juana de Aragón, que en todo momento fue considerada reina, se mantuvo hasta su muerte en 1555. Sobra decir que su cargo era meramente nominal, jamás tuvo el más mínimo poder o influencia.

Aunque se autoproclamó rey, Carlos no viajó inmediatamente a España. Gobernó desde Flandes mientras la incertidumbre y el recelo se apoderaban de sus reinos. La crisis económica se había acentuado, los manufactureros castellanos protestaban contra las masivas exportaciones de lana a Flandes, que favorecían a los grandes ganaderos. Acusaban a Carlos de favorecer la industria de esa región aún a costa de arruinar a Castilla.

Las ciudades comenzaron a convocar cortes por sí mismas ignorando que sólo el rey podía ordenar que se reunieran. Las villas solicitaban que el rey viajase de manera inmediata a la Península Ibérica para conocer sus reinos y hacerse cargo de ellos. A ello se sumaron las protestas por las subidas de impuestos. Tras repetidos ruegos del Cardenal Cisneros, Carlos viajó a España desembarcando en Villaviciosa el 19 de septiembre de 1517. El rey acudió sin saber hablas castellano y rodeado de una corte flamenca. Tras obtener la aprobación de su madre para gobernar durante la entrevista de Tordesillas, los flamencos se hicieron cargo de la mayor parte de oficios.

Una de las primeras órdenes de Carlos fue apartar a su hermano de la camarilla que le animaba a reclamar el trono. Así se hizo, pero entonces corrió el rumor de que Fernando quería viajar a Aragón para obtener el apoyo de Germana de Foix, segunda esposa de Fernando el Católico, y proclamarse rey. En un movimiento rápido y sin tapujos, Carlos ordenó el viaje del Infante a Flandes, hecho que provocó gran consternación entre los súbditos de Castilla y Aragón.

El resto de la historia es conocida. Carlos reinó en Castilla y Aragón durante 40 años y en 1520 sucedió a su abuelo Maximiliano como sacro emperador convirtiéndose en el hombre más poderoso de Europa. Tras las Comunidades y las Germanías comenzó a interesarse por la cultura castellana, a entregar los oficios a castellanos y a acercarse a sus reinos peninsulares.

Su hermano también tuvo la suerte de ostentar el poder absoluto. La muerte del rey Luis II en el Desastre de Mohács en 1526, gracias al cual los turcos conquistaron parte de Hungría, provocó que los nobles de Bohemia y Hungría lo eligiesen como su rey. Así, un príncipe nacido en Alcalá de Henares terminó gobernando sobre checos y húngaros y un rey nacido en Flandes y criado en la cultura borgoñona terminó reinando, entre otros, sobre castellanos, aragoneses y navarros.

Con el paso de los años, las tirantes relaciones entre Fernando y Carlos de Habsburgo se fueron limando. Tras la elección del segundo como emperador, nombró a su hermano archiduque y le encargó la gobernación de la herencia austriaca de los Habsburgo. Décadas después, un avejentado y cansado Carlos decidió abdicar. Tuvo dudas sobre si legar el Sacro Imperio a su hijo Felipe o a su hermano Fernando pero finalmente no quiso que su hijo tuviese que soportar un peso tan enorme con el que había aguantado él. Abdicó los territorios ibéricos, italianos, flamencos y las Indias en Felipe mientras que Fernando se quedó toda la herencia austriaca de los Habsburgo y fue elegido nuevo Sacro Emperador en 1558.

En ese momento se produjo la división de las dos ramas de los Habsburgo. La española desapareció en 1700. A la austriaca le tocó hacer frente a los problemas religiosos alemanes que desembocaron en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y reclamó sus derechos al trono de España durante la Guerra de Sucesión (1700-1713). Los Habsburgo lograron gobernar el Imperio Austriaco hasta 1918 cuando se proclamó la República tras la derrota austriaca en la I Guerra Mundial.

Para saber más

Carlos V, Joseph Pérez

Fernando I de Habsburgo

Juana la Loca

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Anexo

Como curiosidad dejo la interminable intitulación del emperador Carlos V con la que firma el Edicto contra los Comuneros del 16 de febrero de 1521:

Don Carlos, Por la gracia de Dios Rey de Romanos Emperador Semper Augusto. Doña Joana su madre y el mesmo Don Carlos por la mesma gracia Reyes de Castilla, de Leon, de Aragon, de las dos Sicilias, de Ierusalen, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Cordova, de Corcega, de Murcia, de Jaen, de los Algarbes, de Algezira, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Indias islas y tierra firme del mar oceano, Condes de Barcelona, señores de Vizcaya e de Molina, Duques de Atenas e de Neopatria, Condes de Ruysellon e de Cerdenia, Marques de Oristan e de Gorciano, Archiduques de Austria, Duques de Borgoña de Bravante, Condes de Flandes e de Tirol.

Hambre en Madrid: el Motín de los Gatos

Al grito de: “Viva el rey, muera el mal gobierno” miles de madrileños se dirigían al palacio del Conde de Oropesa, primer ministro del rey Carlos II. El motivo de su queja era la grave carestía de alimentos originada tras una época de malas cosechas que amenaza con provocar una hambruna sin precedentes. Aquel año fue uno de los más decisivos de la historia de España ya que el decrépito rey agonizaba mientras las camarillas de la corte se disputaban su enorme herencia.

Carlos II heredó la corona con cuatro años tras la muerte de su padre Felipe IV. Pronto se manifestó como un muchacho enfermizo que tenía sus capacidades intelectuales severamente mermadas debido a los matrimonios consanguíneos que los Habsburgo llevaban practicando desde hacía generaciones. El monarca tenía seis bisabuelos en lugar de ocho y diez tatarabuelos en lugar de dieciséis. Su coeficiente de consanguinidad era similar al de aquellos cuyos padres son hermanos.

La debilidad del rey provocó que el gobierno estuviera en mano de poderosos personajes de su entorno, como su hermanastro Juan José de Austria o el Padre Nithard. Tras su segundo matrimonio, en el cual la reina Mariana fingió once embarazos, se vio con claridad que Carlos iba a fallecer sin herederos. En la corte comenzó una guerra sin cuartel en la que dos partidos se disputaban la herencia del rey en vida. El primero era el borbónico que defendía que el heredero debía ser Felipe de Anjou, nieto del rey Luis XIV y su esposa María Teresa, quien a su vez era hija de Felipe IV de España y hermanastra de Carlos II. La facción era liderada por el arzobispo de Toledo, el cardenal Portocarrero.

Frente a estos se oponían los austracistas. Éstos estaban horrorizados ante la posibilidad de que la corona pasase al nieto del mayor enemigo de España durante el siglo XVII. Propugnaban que la corona debía quedar en la familia Habsburgo y encontraron a su candidato en la figura del archiduque Carlos de Austria, segundo hijo del emperador Leopoldo I. El archiduque tenía en la reina Mariana y en el valido real, el Conde de Oropesa, a sus mayores apoyos.

Los dos partidos protagonizaron toda una guerra de libelos y difamaciones mutuas. Cualquier acontecimiento que ocurriese en el reino sistemáticamente era explotado por las camarillas en su propio beneficio, tal y como ocurrió con el conocido exorcismo que practicaron al rey en 1698. Dos años antes Carlos II, en uno de los pocos actos de cordura que se le recuerdan, intentó acabar con la inestabilidad interna nombrando heredero a su sobrino-nieto: José Fernando de Baviera. El monarca optaba así por una solución de compromiso con la que esperaba satisfacer a los dos partidos. La muerte del pequeño heredero a los siete años de edad en febrero de 1699, algunos insinúan que envenenado, acabó con la esperanza de una salida pacífica y acentuó las rivalidades entre borbónicos y austracistas.

Los primeros aprovecharon la carestía de alimentos para incitar la ira del pueblo contra el Conde de Oropesa. La reina, y el partido austriaco en general, eran vistos con muy malos ojos por el pueblo llano por lo que a los difamadores borbónicos no les costó trabajo lograr su objetivo. Por las calles de la villa de Madrid corrió el rumor de que la esposa del Valido estaba acaparando grano y aceite para especular con ellos y enriquecerse. Los ánimos se caldearon y pronto el pueblo tuvo claro quiénes eran los culpables de la crisis: el Conde de Oropesa y su hombre de confianza y corregidor de la ciudad, don Francisco de Vargas.

Carlos II fue un rey enfermizo y estéril fruto de generaciones de matrimonios consanguíneos. Obra de Juan Carreño de Miranda.

Carlos II fue un rey enfermizo y estéril fruto de generaciones de matrimonios consanguíneos. Obra de Juan Carreño de Miranda.

Un día este último se encontraba paseando por uno de los mercados de Madrid. El lugar estaba lleno de gente, sobre todo de pordioseras que intentaban comprar lo máximo que pudieran con el mísero jornal que ganaban sus esposos. Una de ellas se lanzó furiosa contra el corregidor y le recriminó su falta de medidas ante una situación que había causado que ella, su esposo y sus seis hijos pasasen hambre.

El corregidor se desasió de ella, la miró con un profundo desprecio e irónicamente le aconsejó que la mejor medida que podría tomar era la de castrar a su marido para que no la hiciera tantos hijos. La malévola burla de Vargas fue la chispa que hizo prender una situación ya explosiva. Los que habían escuchado la discusión se precipitaron contra el corregidor para recriminarle sus malos modales. Unos pocos intentaron agredirle y el gobernante de la ciudad se vio obligado a refugiarse en un monasterio, lugar sagrado donde cualquier ataque contra él sería considerado sacrilegio.

La turba estaba furiosa y decidió dirigirse entonces al palacio del Conde de Oropesa bajo el cántico de “Viva el rey, muera el mal gobierno”, escena con la que comenzábamos el artículo. En ningún momento se quería derrocar al rey, considerado gobernante por derecho divino, sino apartarle de sus malos consejeros. Los amotinados se encontraron con que el palacio era protegido por un contingente armado, produciéndose a continuación un enfrentamiento que les costó la vida a varios manifestantes y que abortó su intento de linchar al Valido y quemar su palacio.

La gravedad de los disturbios llegó a oídos del rey que se vio obligado a asomarse, enfermo y decrépito, al balcón del antiguo Alcázar para suplicar perdón a los madrileños. Les aseguró que desconocía sus penosas condiciones de vida y les prometió que tomaría medidas.

El precio de la carne, el pan y el vino bajaron por lo que el paupérrimo nivel de vida de los madrileños mejoró, pero las medidas de mayor trascendencia afectaron a la corte. Los borbónicos sacaron un gran rédito del motín ya que la primera cabeza que éste se cobró fue la del Conde de Oropesa, sustituido como valido por el Cardenal de Portocarrero, principal partidario de Felipe de Anjou. Don Francisco de Vargas cayó junto a su influyente patrono y fue relevado por Francisco Ronquillo, también partidario de la opción francesa para el trono.

La diplomacia de Luis XIV se intensificó aprovechando el momento de mayor influencia de su partido en la corte española. En octubre de 1700 el moribundo Carlos II realizó un segundo testamento en el que nombraba heredero a Felipe. Un mes después falleció dando lugar a la Guerra de Sucesión, pero esa ya es otra historia.

Para saber más

Acuerdos para la división del Imperio Español (páginas 357, 358)

Resumen del reinado de Carlos II

Artículo académico con referencias muy interesantes como la evolución de los precios de 1695 a 1700

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La cuestión católica en Reino Unido: los jacobitas

Enrique VIII es uno de los personajes más conocidos de la historia inglesa. Sus seis matrimonios le han convertido en un personaje pintoresco, una especie de sanguinario coleccionista de mujeres. La mayor consecuencia de su vida matrimonial, cuyos ecos llegan hasta nuestros días, fue la separación de las iglesias de Inglaterra y Roma. Tanto si fue algo cuidadosamente planeado como si simplemente obedeció a los impulsos del monarca, el hecho es que la isla jamás retornó al catolicismo sino que posee su propia iglesia cuya cabeza es el rey o reina de turno.

La aparición del anglicanismo suscitó cierta oposición. La dura política religiosa emprendida por los gobernantes tuvo su efecto y la población terminó por aceptar la nueva situación, pero hubo algunos intentos por volver al redil católico. La reina María I es conocida por su fanatismo católico y su persecución de los partidarios de la Iglesia fundada por su padre Enrique. Sin embargo, el mayor intento de volver al Catolicismo tuvo lugar en el siglo XVII y fue protagonizado por Jacobo II y sus partidarios: los jacobitas.

Jacobo II no nació para ser rey, ya que fue el segundo hijo de Carlos I (1625-1649). Su camino hacia el trono se alejó aún más tras el estallido de la Revolución de 1648 que destronó, y posteriormente asesinó, a su padre y le condujo a él y a su hermano mayor al exilio. Los dos jóvenes tuvieron que esperar a la muerte del líder de los revolucionarios, Oliver Cromwell, para poder volver a su país natal. Entonces se reinstauró la monarquía y su hermano fue coronado rey con el nombre de Carlos II. Jacobo pasó a ser considerado el heredero presunto aunque no se esperaba que sucediera a su hermano, un hombre joven con muchos años por delante para engendrar descendencia.

Parece ser que Jacobo abrazó la fe católica entre los años 1668 y 1669, despertando los recelos de los aristócratas ingleses, férreos defensores del anglicanismo. Por ello, éstos fraguaron una camarilla de oposición al príncipe. El rey decidió nombrar a su hermano Almirante Mayor de Inglaterra pero los nobles lograron aprobar expresamente una ley en el Parlamento, el Acta de prueba, que obligaba a cualquier inglés que fuese a desempeñar un cargo en la administración o el ejército a abjurar públicamente de la doctrina católica. Jacobo, en un alarde de compromiso con sus ideas, se negó a realizarlo y renunció al cargo.

Con el paso de los años, los nobles británicos comenzaron a alarmarse. La reina Catalina ya sobrepasaba su edad fértil y no había conseguido darle un heredero varón a Carlos II, quien rehusó divorciarse de ella pese a que varios de sus consejeros se lo sugirieron. Los aristócratas veían cada vez más cercana la posibilidad de que Jacobo acabara convirtiéndose en rey de Inglaterra. Su oposición personal al príncipe y los desmanes cometidos por los anglicanos contra los católicos no les dibujaban un panorama alentador si Jacobo alcanzaba la corona.

Jacobo II tuvo que enfrentarse a la oposición de sus súbditos protestantes a causa de su fe católica. Fue depuesto en 1688. Obra de Nicolas de Largillière expuesta en el National Maritime Museum.

Jacobo II tuvo que enfrentarse a la oposición de sus súbditos protestantes a causa de su fe católica. Fue depuesto en 1688. Obra de Nicolas de Largillière expuesta en el National Maritime Museum.

Varios grandes de Inglaterra aconsejaron a Carlos II que legitimase a uno de sus numerosos bastardos, un muchacho valiente y capaz llamado James Scott, y le nombrara su sucesor. La reticencia del monarca a dejarle el trono de Inglaterra a un hijo ilegítimo motivó que los nobles decidieran volver a valerse del Parlamento tal y como hicieron con el Acta de Prueba. Su proyecto de ley, la llamada Ley de exclusión, prohibía expresamente que un católico ocupara el trono inglés. Los parlamentarios estaban decididos a aprobar la propuesta pero el rey, quien veía con simpatía al catolicismo y que no quería que el trono saliera de su familia, clausuró el parlamento antes de que se produjera la votación.

Finalmente, el rey murió en 1685 y, para consternación de sus súbditos protestantes, decidió convertirse al catolicismo en sus últimos momentos de vida. Su hermano Jacobo fue coronado de forma católica en una ceremonia privada antes de serlo de forma pública y según el rito anglicano en Canterbury. Pocos meses después de ascender al trono, el nuevo monarca tuvo que hacer frente a su primer desafío: su sobrino, James Scott, se rebeló y reivindicó la corona. El rey logró aplacar al Duque de Monmouth, título con el que Carlos había tratado de compensar a su hijo ilegítimo, derrotarle y apresarle. Tras un tiempo de cautiverio, James Scott fue ejecutado en la Torre de Londres.

Libre de obstáculos militares, Jacobo inició una ingente tarea legislativa con el objetivo final de establecer la libertad religiosa en Inglaterra. Abolió el Acta de prueba y elevó a prominentes católicos a altos puestos de la administración, permitió que los católicos retornasen a los puestos directivos de las universidades tras décadas de ostracismo y anuló las leyes que perseguían a los católicos y las demás minorías religiosas. Inglaterra parecía avanzar hacia la libertad religiosa. Sus antiguos enemigos protestantes criticaban a plena luz del día el camino por el que el monarca estaba llevando al país. Le acusaban de ser el principal agente de una conjuración papista destinada a acabar con el protestantismo en Inglaterra. Afirmaban que el rey era una marioneta en manos de su confesor, el jesuita Eduardo Petre. La campaña orquestada contra Jacobo II fue tan grande que incluso perdió los apoyos que tenía entre los sectores protestantes más tolerantes.

Los aristócratas aguantaron el gobierno del monarca con la esperanza de que a su muerte la corona pasara a su hija María, educada por orden de Carlos II en la fe anglicana. María estaba casada con Guillermo de Orange, estatúder de los Países Bajos y paladín del protestantismo. Si aquello ocurría era de esperar que las nuevas leyes de Jacobo fueran abolidas y su reinado pasara a ser una mera anécdota. Las esperanzas protestantes se vinieron abajo con el nacimiento del príncipe Jacobo Francisco Eduardo. El sucesor sería educado en la fe romana, por lo que los anglicanos se atemorizaron ante la perspectiva de que se instalase en Inglaterra de forma definitiva una dinastía católica.

Un grupo de nobles, conocidos como Los siete inmortales, se plantaron en este punto. Se pusieron en contacto con el yerno del rey, Guillermo de Orange, y le pidieron que invadiese Inglaterra y destronase a su rey papista. A cambio, él y su esposa María serían proclamados reyes de la isla. El estatúder aceptó la propuesta y comenzaron a preparar los pertrechos para llevar a cabo su empresa que pasaría a la historia como la Revolución Gloriosa de 1688. Los rumores llegaron a oídos de la corte de Londres y de París. Luis XIV, encantado con tener un colega católico en Inglaterra, ofreció ayuda a Jacobo II para derrotar a Guillermo de Orange. Sin embargo, el rey inglés, ebrio de gloria, decidió rechazar la ayuda. Confiaba en poder derrotar sin muchas dificultades al holandés y creía que ello afianzaría su posición al frente de Inglaterra.

Jacobo cometió un error capital al sobreestimar la lealtad que le guardaba el ejército. Cuando Guillermo invadió la isla, todos los oficiales protestantes del ejército real inglés desertaron y se pusieron a su servicio. El rey estaba derrotado antes de la lucha. Primero envió a su hijo y a su esposa a Francia y meses después él mismo intentó cruzar el Canal para refugiarse en la seguridad de la corte de París. Desgraciadamente para él, fue apresado antes de que pudiera hacerlo y trasladado a Kent. Guillermo tenía dos opciones: o bien le ejecutaba y eliminaba cualquier posibilidad de que Jacobo invadiera Inglaterra para recuperar su trono, algo que seguramente haría, o bien le salvaba la vida y le permitía marcharse al exilio. Finalmente se decidió por la segunda opción, no quería crear un mártir. El holandés reunió al Parlamento que resolvió que Jacobo había abdicado en la práctica cuando arrojó su sello real al Támesis y trató de huir. Desposeído de sus derechos se le permitió marcharse a Francia y reunirse con su familia.

Una vez en el exilio, Jacobo ideó la invasión de Irlanda, tradicional reducto del catolicismo. Para lograr su empresa contaría con refuerzos que Luis XIV le proporcionaría y que esta vez sí aceptó. La tentativa se saldó como un estrepitoso fracaso. Jacobo se vio obligado a volver a Francia y quedó desacreditado debido a su deshonrosa huida. Allí pasó el resto de su vida como católico devoto hasta su muerte en 1701.

Tras el fallecimiento de Jacobo II las potencias católicas reconocieron a su hijo Jacobo III como rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda. El joven había sido educado en Francia y se mantuvo como un fervoroso católico tal y como lo fue su padre. Su fe se convirtió en la seña de identidad de su causa. La guerra sucesoria en la práctica se había convertido en una cuestión religiosa. Apoyado por Francia, Jacobo III intentó invadir Escocia en 1715, allí contaba con el apoyo de católicos que le eran leales. Tras algunos éxitos iniciales, el muchacho pudo viajar a la isla e incluso instaló su corte en Scone, en la parte oriental del país. Su éxito fue efímero: la población ya había asimilado plenamente el anglicanismo y no deseaban la vuelta al trono de un rey católico. Amparados por sus mayores recursos militares, el ejército del rey Jorge I derrotó a las tropas del Viejo Pretendiente, como sería conocido para la posteridad.

Jacobo huyó a Roma y se puso en contacto con la España de Felipe V que le prometió hombres para una nueva invasión. Ésta tuvo lugar en 1719 y se saldó con un nuevo fracaso. El católico rey intentó organizar nuevas expediciones y defendió la justicia que amparaba su causa por todas las cortes europeas, más ocupadas por resolver los complicados problemas militares y diplomáticos del siglo XVIII que por atender la cuestión de un príncipe desposeído de su trono hacía más de medio siglo. Amargado por el fracaso de su empresa, Jacobo le cedió la jefatura de la familia y la responsabilidad de luchar por los derechos de los Estuardo a su hijo Carlos Eduardo, el Joven Pretendiente.

El joven recogió el desafío con ganas. Logró que Luis XV le prometiese refuerzos una vez se hubiese invadido la isla. Igual que hizo su padre décadas atrás, Carlos Eduardo viajó a Escocia en 1745, allí tenía el apoyo de los sectores católicos; logró ganarse el favor de la mayoría de los clanes del país y obtuvo una gran fuente de soldados gracias a los highlander, los feroces guerreros del norte de Escocia. A la cuestión religiosa ahora se sumaba la nacional: el sentimiento nacional escocés afloraba tras décadas de centralismo impuesto desde Londres. Los Estuardo habían salido de Escocia, los sentían como algo suyo y por ello el Joven Pretendiente logró organizar la invasión jacobita más seria de todas las que habían tenido lugar hasta la fecha.

Marcha de los guardias de Finchley. Muestra a los soldados británicos marchando a defender Londres tras la rebelión jacobita de 1745. Obra de William Hogharth.

Marcha de los guardias de Finchley. Muestra a los soldados británicos marchando a defender Londres tras la rebelión jacobita de 1745. Obra de William Hogharth.

Carlos logró avanzar y tomo Edimburgo, capital escocesa, y ciudades del norte de Inglaterra como Manchester. Allí se encontró con el primer revés hacia su, hasta entonces, victoriosa empresa. Sus tropas no eran vistas como liberadores sino como invasores. Sus informadores habían sobreestimado el favor que el catolicismo tenía en un país que era abrumadoramente anglicano. Su segundo revés llegó poco después: Luis XV no envió las tropas prometidas. Su ejército escocés no bastó para derrotar a Jorge II en la Batalla de Culloden de 1746. Carlos Eduardo huyó y se refugió durante unos meses en el norte de Escocia, donde era escondido por sus siempre fieles clanes escoceses. Posteriormente logró embarcar rumbo a Francia.

El varapalo fue acogido con desánimo por su padre Jacobo III, quien ya se veía portando la corona británica. La relación entre padre e hijo se enfrió cuando el primero apoyó a su segundo y último hijo Enrique a seguir la carrera eclesiástica. Carlos le recriminó que no le consultase como jefe de la familia. Si él no tenía hijos, y de momento no los tenía, la cuestión sucesoria debía pasar por Enrique.

El carácter del Joven Pretendiente se fue agriando con los años. Carlos vio esperanzado el estallido de la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Soñaba con que Luis XV decidiese aprovechar la coyuntura de la guerra para invadir la isla y reinstaurar a los Estuardo en el trono. El plan se consideró pero no fructificó. Jacobo III, el Viejo Pretendiente, murió poco después en 1766 sin recuperar la corona. El carácter de Carlos empeoró: se había hecho alcohólico y asiduo a los burdeles de París. Los aristócratas franceses le odiaban y exigieron a su rey que expulsase al pretendiente de sus dominios, por lo que Carlos tuvo que marcharse a Roma donde estaba su hermano Enrique, quien ya había llegado a cardenal. Tampoco pudo ganarse la simpatía del papado que le veía como un ser inmoral y que jamás llegó a reconocerle rey tal y como hizo con su padre. Enfermo y agotado, Carlos murió en 1788 y la jefatura de su casa recayó en su cardenalicio hermano.

A diferencia de Carlos, el conocido por sus partidarios como Enrique IX nunca mostró interés en sus derechos al trono británico. No preparó ninguna invasión ni se secularizó para tener descendencia. La Revolución Francesa le hizo perder gran parte de las  propiedades que su familia había acumulado en Francia por lo que murió en 1807 en condiciones modestas. Tras su muerte, la línea dinástica de los Estuardo se extinguió y Reino Unido al fin pudo respirar tranquilo. Más de un siglo después de que Guillermo de Orange perdonase la vida a Jacobo II al fin se había terminado el peligro de una invasión jacobita.

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El misterioso sexo de Chevalier d’Eon

El pequeño Charles-Geneviève-Louis-Auguste-André-Thimothée d’Éon de Beaumont, al que a partir de ahora llamaremos Chevalier d’Eon para abreviar, vino al mundo en 1728 en el seno de una familia acomodada de la Francia provincial. El joven aprovechó la desahogada situación económica de su familia para realizar estudios de derecho logrando entrar en la administración del rey Luis XV.

Nada llamaba la atención en Chevalier d’Eon. El muchacho aún no tenía vello facial ni manifestaba demasiado interés por el sexo opuesto pero se pensaba que simplemente era un joven remilgado más de la Francia del siglo XVIII. Pronto le llegó la ocasión de ingresar en Le secret du roi, un grupo de espías al servicio de Luis XV. Allí le llegó su primera misión: debía viajar a Rusia para tratar de mejorar las tirantes relaciones entre los dos países. Sus superiores decidieron aprovechar sus rasgos andróginos, por lo que viajó disfrazado de mujer con el fin de hacerse amiga de la zarina Isabel. Chevalier tuvo éxito en su misión e incluso llegó a ser dama de honor de la emperatriz lo que le dio gran fama como espía. En algunas de sus siguientes tareas volvió a repetir el papel de mujer aunque en otras actuó como hombre. Sus contemporáneos seguían sin observar nada extraño en él; pensaban que cuando se disfrazaba de mujer era porque su misión le obligaba a ello.

En 1763 Chevalier alcanzó el mayor éxito de su carrera: fue nombrado embajador en Londres aunque su verdadera misión consistía en descubrir e informar de los secretos de Reino Unido, país con el que Francia se había enfrentado hasta hacía unos meses en la Guerra de los siete años y con el que, por tanto, mantenía relaciones muy tensas. Allí vestía de manera indiferente de hombre o mujer y documentos del embajador revelan que compraba en secreto corsés femeninos. La fama del francés comenzó a crecer y pronto se efectuaron apuestas sobre su verdadero sexo que alcanzaron cifras de escándalo para la época. Algunos creían que era mujer, otros opinaban que simplemente era un hombre rocambolesco.

El extraño misterio sobre el sexo del embajador francés en Londres llegó a los oídos del aventurero Giacomo Casanova, quien no pudo resistir la tentación y fue a visitarle. Cuando salió de la recepción estaba totalmente convencido de que Chevalier era en realidad una mujer. Poco después Chevallier d’Eon fue relevado de su puesto. El embajador, furioso por pensar que se estaba cometiendo una injusticia, filtró algunos documentos secretos. No sólo perdió su puesto, sino que tuvo que exiliarse para eludir a la justicia francesa. Poco después Luis XV decidió enviar un emisario para que Chevalier le aclarase sin rodeos si era un hombre o una mujer.

En este punto la historia da un giro sorprendente. Chevalier confesó que era una mujer, algo que se podía intuir por su eterno nombre que incluía tres femeninos (Genevieve, Auguste, Thimothéé; Genoveva Augusta Timotea). La embajadora afirmó que su familia decidió educarle como hombre para que llegado el momento pudiera heredar las tierras, títulos y rentas de su padre Todo esto fue constatado por los médicos que envió Luis XV para examinarla.

Grabado en homenaje a Chevalier d'Eon aclamada como una de las grandes heroinas de Francia.

Grabado en homenaje a Chevalier d’Eon aclamada como una de las grandes heroinas de Francia.

El monarca francés la retiró inmediatamente del servicio activo y la prohibió regresar a Francia aunque le permitió cobrar una pensión del gobierno francés y conservar las insignias que consiguió por sus servicios a la corona. A partir de entonces el antiguo embajador debería residir permanentemente en Londres bajo el apelativo de Madeimoselle Beaumont y vestir y actuar en todo momento como mujer. Las apuestas fueron cobradas y todo pareció olvidarse.

Tras la muerte de Luis XV, Chevalier d’Eon pudo volver unos años a Francia pero no se adaptó a la vida de su país natal y regresó a Londres en 1785. La Revolución Francesa causó la ruina de la ya anciana, quien perdió la pensión que le pagaba la corona. Durante un tiempo se ganó la vida realizando espectáculos de esgrima, disciplina en la mostró gran destreza en su juventud, pero fue herida en 1796 y tuvo que abandonar la actividad. Sus penurias económicas la llevaron durante un año a prisión y pasó sus últimos años de vida postrada en una cama tras sufrir una grave caída. Falleció en Londres en 1810. Sin embargo aún no había terminado su sorprendente historia. Los médicos examinaron su cadáver y descubrieron que en realidad era un hombre.

No se sabe con certeza qué le ocurría a Chevalier d’Eon. Algunos le catalogan como el primer transexual de la historia mientras otros se inclinan por la opción de que se travestía. La tercera teoría incide en el distinto diagnóstico médico de los franceses e ingleses, por lo que especulan con la posibilidad de que fuera intersexual y que sus rasgos afeminados indujeran a los primeros a catalogarle como mujer. La última de las teorías afirma que en realidad Chevalier era un hombre. La primera inspección médica fue un fraude del embajador para recuperar la pensión que cobraba del rey y que había perdido al caer en desgracia. En cualquier caso, ríos de tinta seguirán corriendo sobre la verdadera identidad de Chevalier d’Eon.

Para saber más

La guerra de los siete años

Luis XV

Les secrets du roi (en francés)

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¿El primer flashmob de la historia?

La Europa de principios del siglo XVI era un continente convulso que empezaba a sufrir los envites del Luteranismo. Por si fuera poco, Estrasburgo, situada en Alsacia, siempre había sido una zona en disputa entre el Sacro Imperio (Alemania) y Francia. Podemos decir que en aquella época en la ciudad la tensión se podía cortar con un cuchillo. Precisamente por eso sería aún mayor la sorpresa del forastero que cuando entrase en la ciudad viese a más de 400 personas bailar sin parar por las calles de la localidad.

La Epidemia del baile de 1518 es uno de los episodios más desconcertantes e hilarantes de la historia europea. La primera en sufrir esta curiosa enfermedad fue una mujer llamada Frau Toffea. El evento podría haber pasado por la locura de una lunática si no fuese porque la mujer se mantuvo bailando durante cuatro a seis días. A ello se le suma el hecho de que se le fueron uniendo bailarines con quienes realizaba una esperpéntica coreografía: brazos y piernas moviéndose sin control acompañados de caras de espanto, de no saber qué estaba ocurriendo, de miedo, cansancio y dolor. Los enfermos padecían además otros síntomas, como ataques de ira contra los perplejos espectadores que les observaban o un odio irracional hacia el color rojo y los zapatos puntiagudos.

Una mujer llamada Frau Toffea fue la primera en contagiarse de la Epidemia del baile de 1518.

Una mujer llamada Frau Toffea fue la primera en contagiarse de la Epidemia del baile de 1518. Grabado de Hendrik Hondius.

El episodio se fue agravando con el paso de las semanas en las que el número de bailarines iba aumentando sin parar. Ello queda acreditado por las actas de defunción firmadas por los médicos y en las que reza como causa de la muerte “el baile”, las directrices expedidas por el ayuntamiento en plena epidemia y diversas crónicas que hacen mención al hecho. Pasado un mes ya eran cuatrocientos los habitantes de la ciudad que bailaban frenéticamente por las calles. Los nobles de la ciudad, preocupados, pidieron consejo a los médicos. Estos diagnosticaron que los enfermos padecían un problema de “sangre caliente” y les aconsejaron que siguieran bailando como forma de curarse. Por ello los nobles construyeron una tarima que funcionase como escenario de baile e incluso contrataron músicos que ponían la banda sonora a este curiosísimo evento. Pronto las roturas de huesos, los derrames cerebrales y los infartos comenzaron a hacer acto de presencia y los pobres bailarines empezaron a morir. Finalmente la epidemia se fue de forma súbita, tal y como había venido.

¿A qué se pudo deber la inusual enfermedad? La ciencia médica de hoy en día aún se halla perpleja y no hay ninguna explicación aceptada de forma unánime aunque algunos apuntan a la ingesta de un hongo alucinógeno. El historiador John Waller observó una correlación entre el nivel socioeconómico de la población y los enfermos. En su libro Tiempo para morir: La Extraordinaria Historia de la plaga de baile de 1518 el autor expone que justo en la época de la epidemia se vivía una época muy dura en la zona de Estrasburgo. Las malas cosechas habían provocado una hambruna en la que, lógicamente, el sector más perjudicado habían sido las clases sociales más bajas que fueron las más afectadas por la epidemia. Por ello John Waller concluye que la epidemia fue un caso de histeria colectiva que tuvo como detonante el episodio de hambruna pero en el que también tuvieron gran influencia las costumbres y las supersticiones de la región. Los afectados bailaban por efecto repetición de forma involuntaria y espasmódica totalmente sumergidos en la psique colectiva sin saber qué estaba ocurriendo.

Respondiendo a la pregunta del titular, ¿Fue la epidemia de 1518 el primer “flashmob” de la historia”? Hay que afirmar, para la sorpresa, que no. Hubo otros episodios similares, hasta una decena, pero peor documentados. Valgan como ejemplos el protagonizado por niños en Erfurt, Alemania, en 1237, o el de 1278 en Utrecht con hundimiento de puente incluido y que costó la vida a unas 200 personas. Aparte de las epidemias de baile, en el extraño libro de anales de las enfermedades humanas figuran epidemias de risa y ataques de sueño sin control.

Enlaces de interés

http://www.muyinteresante.com.mx/historia/14/12/12/epidemia-baile-1518/

http://invasionabisal.com/la-epidemia-de-baile-de-1518/

http://historiaextravagante.com/epidemia-de-la-risa/

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El primo indio del rey Felipe

El titular puede parecer de broma, más sabiendo la simpatía por los colores rojiblancos del rey, pero no. Las familias reales, dueñas de Europa durante buena parte de su historia, aún son capaces de revelar sorpresas como esta.La dinastía Borbón posee una rama en la India, a la que llegaron hace cinco siglos y donde poseyeron responsabilidades de gobierno.

El origen de la rama india de la familia se atribuye a Carlos de Borbón, condestable de Francia. Tras traicionar al rey Francisco I de Francia se puso al servicio de su archienemigo Carlos V. Es uno de los protagonistas del Saco de Roma de 1527, al que acudió como comandante y durante el cual falleció. Los Borbones son famosos por su promiscuidad y Carlos no fue una excepción dejando una numerosa prole de hijos ilegítimos. Uno de ellos fue Jean Philippe, quien mostró un carácter díscolo en su juventud. Tras batirse en duelo y asesinar a un caballero en Italia el joven hubo de huir a Sicilia. Cuando quiso volver su embarcación fue asaltada por piratas y el muchacho fue enviado a Egipto como esclavo.

Tras un tiempo de cautiverio logró huir y se embarcó hacia la India. Allí se desplazó hasta la corte del emperador mogol Akbar. El monarca se enteró de la noble estirpe del joven y le otorgó responsabilidades militares en las que realizó una buena labor por lo que posteriormente se le nombró rajá (gobernador) de Shergar. Su título fue confirmado para su sucesor Alejandro, convirtiéndose de esta manera el título de rajá de Shergar en patrimonio de la familia.

Allí se mantuvieron hasta el siglo XVIII, cuando el Imperio Mogol se derrumbó ante el empuje del Imperio Persa. El subcontinente indio se desestabilizó y fragmentó en pequeñas entidades políticas y una gran potencia: la Confederación Maratha. A partir de entonces los borbones gobernaron con gran independencia durante unos decenios en Shergar hasta que la región fue atacada a finales de siglo por el gobernante de Narwar, una región situada en el centro de la India. Durante el transcurso del ataque la familia india de los Borbones fue masacrada a excepción de uno, Salvador II. Este huyó a la ciudad de Bhopal, donde se estableció como un miembro más de la burguesía municipal. Allí realizó una labor de mecenazgo en favor de la iglesia católica financiando construcciones como la iglesia de la ciudad.

Carlos de Borbón, condestable de Francia y patriarca de los Borbón Bhopal. Grabado de Thomas de Leu.

Carlos de Borbón, condestable de Francia y patriarca de los Borbón Bhopal. Grabado de Thomas de Leu.

Los siglos transcurridos desde su estancia en la India y el hecho de que su fundador fuese un hijo ilegítimo provocaron el olvido de la rama india de los borbones, que cayeron en el anonimato. La familia siempre mantuvo parte de los rasgos culturales que les diferenciaban de la población autóctona, sobresaliendo sus nombres franceses y su catolicismo, como estandartes de la familia. Tras la llegada de los británicos a la región algunos estudiosos europeos oyeron hablar de aquella curiosa familia apellidada Borbón. Es de aquellos tiempos de donde nos provienen los primeros escritos que nos hablan de los Borbon Bhopal que, de todos modos, siguieron siendo ignorados por la opinión pública europea.

Tras la independencia el nuevo estado indio se configuró como una república. Los títulos nobiliarios fueron abolidos y la dinastía Borbón Bhopal pasó de este modo a ser una familia acomodada más. Su relación con los borbones de Europa es muy desconocida aunque algunas fuentes indican que mantienen cierta relación y afirman que Salvador III, padre del actual cabeza de familia, se carteaba con el desaparecido Alfonso de Borbón Dampierre. El actual líder de la familia es Baltazar-Napoleón IV, abogado de profesión y dirigente de la fundación Borbón Bhopal que se dedica a labores caritativas. La familia pasó a un breve primer plano tras la publicación del libro El rajá Borbón escrito por el príncipe Miguel de Grecia, tío de la reina emérita Sofía. La obra relata de forma novelada los orígenes de la dinastía. Esperemos que el rey Felipe se acuerde de invitar a las reuniones familiares a su lejano primo indio, abogado de profesión y descendiente de gobernadores.

Enlaces de interés

http://www.theguardian.com/world/2007/mar/03/india.france

http://www.bourbon-bhopal.org/

http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2007/622/1190498404.html

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