Las primeras expediciones atlánticas

Conocidas son las famosas expediciones marítimas que llevaron a portugueses y castellanos a extender el mundo conocido para los europeos durante el siglo XV. Los lusos tardaron toda la centuria en lograr circunnavegar África, gesta consagrada en 1488 cuando Bartolome Dias dobló el Cabo de las tormentas -actual Cabo de Buena Esperanza-. En 1496 Portugal lograría establecer una ruta comercial directa con el rico mercado especiero de la India evitando al intermediario musulmán y al tan temido turco. Más tarde los lusos continuarían viajando al este para dominar las Islas de las Especias, las grandes productoras de este “petróleo” del Renacimiento. Con ello los portugueses se convirtieron en los grandes gestores de la producción y comercio de las especias desplazando a Venecia, que las obtenía gracias a sus intercambios con Egipto. Castilla al financiar el viaje de Colón se aseguró el dominio de un inmenso continente con una dificultosa orografía, pero plagado de riquezas.

¿Qué fue lo que llevó a los europeos a querer ampliar sus horizontes? Varios expertos han incidido en lo que califican como “el mundo lleno europeo”. A finales del siglo IX dio comienzo una larga etapa expansiva que llevaría a Europa a alcanzar unos 85 millones de habitantes antes del inicio de la Peste Negra. Según datos proporcionados por Fermín Miranda García, en Siena y Florencia murieron la mitad de sus habitantes. Idéntico porcentaje tenemos en París mientras que en Normandía la mortalidad alcanza un 75%. Sin embargo, a finales del siglo XIII tenemos una Europa próspera en la que el hambre era un recuerdo del pasado y en la que el techo demográfico aún parecía lejos de alcanzarse. Toda vez que la agricultura europea tenía una productividad ínfima, la solución para alimentar a una cantidad creciente de personas fue la de ocupar nuevas tierras. La disponibilidad de espacio, sin embargo, era limitada. Ello habría llevado a los europeos a codiciar los fértiles campos de lejanos lugares.

Otro de los factores que pudieron influir en este proceso fue el precoz final de la Reconquista portuguesa, acabada en el primer tercio del siglo XIII. Sin tierras que ganar hacia el sur y tras la hegemonía alcanzada por la corona castellana tras la unificación con el trono de León, Portugal terminará reorientando su política exterior hacia la conformación de un dominio de ultramar. Cabe subrayar que este fue un largo proceso de redefinición. La nobleza fue una de las partes interesadas en dicha expansión. El final de la Reconquista llevará al estamento a un enfrentamiento con la monarquía por el control de las cuotas de poder. La unificación contra el enemigo exterior musulmán, que además otorga a la lucha un aura de cruzada, pacificará a la nobleza. La crisis del siglo XIV había golpeado duramente al grupo, por lo que verá en la expansión una forma de recuperar rentas perdidas y conseguir cargos políticos -tal fue el caso de Afonso de Albuquerque, quien obtuvo el puesto de gobernador de las posesiones portuguesas en la India-.

Cabe citar también el impacto que tuvieron en el imaginario europeo los relatos de las maravillas vistas por aquellos audaces viajeros que se atrevieron a adentrarse en mundos desconocidos. Fue el caso del célebre Marco Polo, pero también de libros como Viajes de Juan de Mandeville, obra que, pese a su carácter ficticio, cautivó las mentes de sus lectores. En el caso musulmán, el viajero más célebre es Ibn Battuta, quien llegó a visitar un amplio territorio que abarca desde Mali hasta la India. Para no alargarnos demasiado baste mencionar también la leyenda del Preste Juan, un exótico y legendario rey-sacerdote cuyo dominio se situaba en Oriente. De él se decía que era un buen cristiano rodeado de musulmanes y que ayudaría a las tropas cruzadas a recuperar Tierra Santa atacando desde el este. Tras alguna embajada infructuosa que trató de localizar el reino del Preste en Asia, los portugueses identificaron el territorio del legendario monarca con la cristiana Etiopia.

Todas estas historias espolearon la curiosidad de los europeos, quienes comenzaron a preguntarse qué había más allá del mundo que ellos conocían. Pese a las imprecisiones, los relatos de los viajeros fueron de gran utilidad. La monarquía portuguesa no dudó en recurrir a los viajeros Alfonso de Paiva y Pero da Covilha, quienes habían viajado a la India vía Egipto, para preparar la expedición de Vasco da Gama hacia el subcontinente indio.

La apertura del Estrecho de Gibraltar durante el siglo XIII contribuyó al proceso. El anterior dominio musulmán de las dos orillas del Estrecho lo convertían en un paso peligroso. Tras la conquista de la orilla norte por los cristianos, ciudades como Venecia y Génova se atrevieron a enviar navíos hacia Flandes, lo cual llevaría, en último término, al progresivo declive de las grandes ferias de la región de Champaña.

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Como se puede apreciar, los conocimientos del litoral atlántico africano eran muy imprecisos, si bien sabían de la existencia de islas cercanas a la costa. Tabla rogeliana, 1154.

Los comerciantes genoveses tuvieron un papel muy activo en el litoral sudoccidental de la Península ibérica y, especialmente, en Portugal. La posición geográfica de la región era perfecta para enviar expediciones financiadas por los genoveses con vistas a ampliar el comercio. Los hermanos Vivaldi en una fecha tan temprana como finales del siglo XIII se atrevieron a adentrarse en el Atlántico al mando de dos galeras, la Allegranza y la San Antonio. Su objetivo era circunnavegar África para llegar a la India. Una empresa ambiciosa que presumiblemente les costó la vida, ya que nunca se volvió a saber de ellos. Este caso ilustra uno de los obstáculos con los que se encontraron los pioneros del Atlántico: la falta de medios. La aparición de la brújula o el astrolabio facilitaban la orientación, pero la galera era una nave totalmente inadecuada para la navegación atlántica. Habría que esperar hasta el siglo XV para que apareciese una embarcación más adecuada para este menester: la carabela.

No obstante, esto no quiere decir que no hubiese éxitos. A comienzos del siglo XIV el genovés Lancelotto Malocello redescubrió las Canarias, ya conocidas por el mundo romano. El también genovés Pessagno descubrió Madeira (1341) y las Azores. Estos descubrimientos originaron una pugna entre Castilla y Portugal por el dominio de las islas. Madeira y Azores fueron ocupadas por los lusos durante el siglo XV. El caso canario fue diferente y se llegó a discutir en el Concilio de Basilea de 1435. En un principio el papado adjudicó las islas a Luis de la Cerda, el almirante francés de origen castellano. Sin embargo, la ocupación efectiva de las islas no comenzaría hasta el siglo XV al mando de señores normandos que decidieron jurar vasallaje a la corona de Castilla.

No se puede terminar esta entrada sin hacer referencia a los conocimientos geográficos de los mallorquines. Su experiencia comercial les había llevado a Safi, una localidad costera al sur de Casablanca. Conocían la existencia del reino de Mali, lo cual avala un dominio sólido de la geografía de la región. Igual que en el caso de los Vivaldi, trágico fue el destino del comerciante Jaume Ferrer, quien desapareció en 1346 tras cruzar el cabo Bojador casi cien años antes que los portugueses. Pioneros que proporcionaron las primeras informaciones precisas para que posteriores marinos, ya dotados de mejores medios técnicos y naves más apropiadas, pudieran continuar con la exploración de todo el orbe.

Para saber más

Morales Padrón, F.: “Los descubrimientos en los siglos XIV y XV, y los Archipiélagos Atlánticos“. Anuario de estudios atlánticos, 17 (1971), pp. 429-465.

El mítico reino de Preste Juan.

La conquista de las Islas Canarias.

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Las Segundas Invasiones Bárbaras: los húngaros

A principios del siglo IX de Nuestra Era, el mundo parecía estar entrando en una época de prosperidad liderada por el pujante Imperio Carolingio, que había recuperado el Imperio para Occidente. Desgraciadamente para ellos, las rivalidades entre los herederos de Carlomagno y los ataques de las Segundas Invasiones Bárbaras, oleadas invasoras de pueblos del este y el norte entre los que se encontraban los húngaros y los vikingos, vinieron a segar aquella prosperidad y retrasar el crecimiento de Europa Occidental durante un par de siglos.

Originalmente los húngaros o magiares residían al oeste del río Ural y eran una federación de tribus. Comenzaron entonces un lento desplazamiento que les llevó al valle medio del río Volga. Allí entraron en contacto con tribus turcas de las que adoptaron prácticas y hábitos nómadas. Su primera incursión en territorio centroeuropeo está datada en 862.

Los magiares se convirtieron en una pieza más del juego de ajedrez que los bizantinos mantenían con sus vecinos. El mayor rival en Europa del Imperio Romano de Oriente por esta época eran los búlgaros, por aquel entonces paganos que residían en lo antigua provincia de Moesia. El emperador de Oriente animó a los magiares a marchar contra los búlgaros, pero estos reaccionaron convenciendo a los pechenegos para que atacasen a los magiares. Todo ello motivó un nuevo desplazamiento húngaro hacia Occidente.

Los húngaros se instalaron en la antigua Panonia, que convirtieron en base de operaciones para lanzar ataques de saqueo y pillaje contra sus vecinos. Desde allí persiguieron y torpedearon a los misioneros alemanes enviados a la Europa del Este con el fin de cristianizarla. Los continuos ataques magiares se convirtieron en un dolor de cabeza para todos sus vecinos.

Europa por aquel entonces carecía de un gobernante fuerte que pudiera defenderles. El Imperio Carolingio se vino abajo a la misma velocidad a la que los herederos de Carlomagno se peleaban por el poder. La feudalización comenzó a hacer acto de presencia en el Occidente europeo y los campesinos, indefensos ante la ferocidad de los ataques, recurrieron a la protección de las autoridades locales (obispos y condes).

Arnulfo de Carintia, emperador de lo que quedaba del Imperio Carolingio, contrató los servicios húngaros para atacar a la Gran Moravia, un efímero imperio eslavo que ocupaba gran parte de la Europa Central. Se estima que durante los primeros años tras su establecimiento en la región, los húngaros lanzaron cuatro expediciones contra Bizancio y nada menos que treinta y cinco contra el Occidente europeo. La dureza y violencia producida por los magiares ha pasado al lenguaje castellano debido al fuerte impacto que produjeron en la época, plasmado en las crónicas. El vocablo ogro proviene de la palabra húngaro.

Batalla de Lechfeld en una ilustración de Sigmund Meisterlin, Codex de la historia de Nuremberg.

Batalla de Lechfeld en una ilustración de Sigmund Meisterlin, Codex de la historia de Nuremberg.

Tras destruir la Gran Moravia, los húngaros continuaron con sus ataques contra Occidente llegando hasta la Península Ibérica. Enrique el Pajarero, rey de Germania, pudo al fin detener los ataques húngaros tras derrotarles en la Batalla de Merseburgo (933). Los magiares estaban comenzando a abandonar su estilo de vida tradicional basado en el nomadismo y en el pillaje.

Otón I, hijo de Enrique el Pajarero, fue el hombre fuerte que necesitaba Occidente. Tras asegurarse el poder efectivo en Alemania y lograr para sí la corona de Italia, Otón fue coronado emperador. Se fundaba de esta manera el Sacro Imperio Romano Germánico. Como hombre fuerte de la cristiandad, Otón se tomó muy en serio el problema de Hungría.

Tras reunir ocho mil hombres, Otón hizo frente a los magiares en una región situada cerca de la actual Augsburgo. Allí, comandando una de las ocho divisiones de su ejército, esperó al ataque húngaro. Estos cruzaron el río Lech y se lanzaron contra las huestes germánicas sufriendo una gran derrota. Esta batalla pasó a la historia como la Batalla de Lechfeld (955) y constituyó el final de la primera etapa de la historia húngara.

Tras su derrota los magiares aceleraron el proceso de sedentarización convirtiéndose en un reino más de la Cristiandad. El azote de Europa se convirtió en el escudo de Europa. Los húngaros se mezclaron con los habitantes germanos y eslavos de la antigua Panonia configurando un nuevo reino, cuya cabeza eran los descendientes del legendario rey Arpad.

El príncipe Geza (972-997) convirtió Hungría en un principado y aceptó las primeras misiones cristianas en sus dominios. Su sucesor fue Esteban (997-1038), rey apostólico de Hungría (desde entonces la corona húngara se llamó “la corona de san Esteban), al convertirse al cristianismo y recibir como recompensa la corona. Hubo intentonas por parte de algunos nobles por volver al paganismo, pero Hungría se convirtió desde aquel momento en el escudo de Europa capaz de frenar a los mongoles en el siglo XIII o a los otomanos en el XVI.

Para saber más

Segundas invasiones bárbaras

Esteban I de Hungria

Los otónidas

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Carlos de Viana, el príncipe desdichado

Carlos de Viana (1421-1461) fue el primogénito de Juan II de Aragón y Blanca I de Navarra. De no haber sido por su pronta muerte, tal vez acelerada por su madrastra, Fernando el Católico, primogénito del segundo matrimonio de Juan II de Aragón, se hubiese tenido que conformar con ser un infante o, tal vez, el rey de Sicilia. No habría habido Reyes Católicos y, por tanto, la historia de España habría cambiado.

Carlos nació en Peñafiel, Valladolid. Desde su nacimiento las esperanzas navarras se depositaron en él, ya que era nieto del rey Carlos III de Navarra e hijo de la futura Blanca I. Por parte paterna sus aspiraciones al trono aragonés estaban más diluidas, ya que su padre Juan era simplemente el hermano menor del rey Alfonso V, un hombre joven del que se esperaba descendencia más pronto que tarde.

Su abuelo Carlos III de Navarra le concedió el Principado de Viana señalándole como heredero después de su madre. A la muerte del rey en 1425, Blanca se convirtió en la reina de Navarra pero fue una monarca débil. Igual que le ocurrió a la célebre Juana la Loca, Blanca fue un títere en manos de su marido Juan, quien aspiraba a la realeza pese a su papel de rey consorte. El rey fue quien manejó los asuntos de estado y metió al reino en guerras contra Castilla para satisfacer sus intereses y ambiciones personales aun perjudicando los de Navarra. Estamos en una época en la que Castilla sufrirá permanentes intromisiones de los infantes de Aragón, primos de los reyes Trastámara castellanos.

Blanca falleció en 1441. Según las leyes tradicionales de Navarra, Carlos de Viana debía convertirse en el nuevo rey. Su madre, conocedora de las ambiciones de su marido, quiso evitar el conflicto fratricida y en su testamento pidió a su hijo que no asumiese el título de rey sin el consentimiento de su padre. Carlos optó a regañadientes por ocupar la lugartenencia del reino.

Con el paso de los años las rivalidades entre padre e hijo aumentaron. Juan quería seguir gobernando los asuntos navarros hasta su muerte mientras que Carlos reivindicaba sus legítimos derechos como sucesor de su madre. Juan contrajo matrimonio por segunda vez en 1447 con Juana Enríquez, una noble castellana emparentada lejanamente con el rey Juan II de Castilla. El fruto de aquella boda fue el futuro Fernando el Católico.

La nueva esposa de Juan, que quería favorecer a su hijo, alentó a éste contra Carlos. A su vez, la intromisión de Juan en los asuntos navarros fue en aumento. El momento de debilidad política y militar de Juan tras su derrota en la Batalla de Olmedo y el ofrecimiento de ayuda castellana determinaron a Carlos a romper con su padre. Carlos reclutó un ejército y declaró la guerra a Juan a la vez que en la corte estallaba una guerra civil en la que los beaumonteses apoyaron a Carlos y los agramonteses a Juan.

Pese a la ayuda castellana, Carlos fue derrotado y apresado. Tuvo que prometer no ostentar la corona de Navarra hasta la muerte de su padre por la Concordia de Valladolid de 1455, que además ponía fin a los litigios entre Castilla y Aragón. El Príncipe de Viana no tardó mucho en romper su palabra y volver a enfrentarse con las armas a su padre en el campo de batalla. Derrotado de nuevo y desheredado junto a su hermana Blanca por el apoyo que ésta le prestó, hubo de huir al exilio en Nápoles, donde Alfonso V, su tío y rey de Aragón, tenía establecida la corte.

Carlos de Viana gozó del apoyo popular en Navarra y Cataluña. Su muerte provocó una guerra civil en Cataluña. Códice medieval.

Carlos de Viana gozó del apoyo popular en Navarra y Cataluña. Su muerte provocó una guerra civil en Cataluña. Códice medieval.

Alfonso V murió en 1458 sin descendencia pero antes obligó a Juan a revocar el desheredamiento de Carlos y Blanca. Juan pudo al fin ser coronado rey de Aragón, lo que convertía a Carlos de Viana en rey legítimo de Navarra y heredero a la corona aragonesa. Su padre, quien no tenía el menor interés en Italia, le ofreció entonces las coronas de Nápoles y Sicilia para apaciguarle. Carlos declinó el ofrecimiento por lo que la corona napolitana pasó al hijo bastardo de Alfonso V, el rey Ferrante.

Juan permitió volver a Carlos a la Península Ibérica en 1459. Padre e hijo se reconciliaron y se comenzó a buscar un matrimonio ventajoso para Carlos, quien ya se acercaba a los cuarenta años y no tenía herederos pese a haber estado ya casado años antes. Carlos reparó en una princesa de Castilla, hermana del rey Enrique IV: Isabel de Trastámara, la futura Isabel la Católica.

Juan quería que la princesa se casara con su hijo Fernando, por quien sentía predilección, por lo que se volvió a pelear con Carlos. El Príncipe de Viana fue apresado y llevado a la prisión de Morella. Ello despertó la oposición de los catalanes y navarros que se levantaron contra Juan II, por lo que el rey hubo de ceder y poner a su hijo en libertad. Entonces comprendió la peligrosa arma política que suponía Carlos de Viana.

El príncipe entró aclamado en Barcelona donde fue jurado como heredero a la Corona de Aragón y lugarteniente perpetuo de Cataluña. Mientras se hospedaba en el Palacio Real de Barcelona, Carlos cayó enfermo. Hubo sospechas de envenenamiento por parte de Juana Enríquez que quería que la herencia recayese en su hijo Fernando. Carlos de Viana, rey legítimo de Navarra y heredero de la Corona de Aragón, murió el 23 de septiembre de 1461, oficialmente por tuberculosis. La muerte del príncipe dio inicio a una guerra civil en Cataluña.

El resto de la historia es sobradamente conocida. Fernando se convirtió en el heredero de la Corona de Aragón, la cual ocupó a partir de 1479. Contrajo matrimonio con Isabel la Católica y juntos unificaron los dos reinos. Curioso reseñar que en principio ni Fernando ni Isabel estaban llamados a ser reyes. La corona navarra pasó en 1479 a Leonor, única hija superviviente para entonces del matrimonio de Juan II y Blanca I. Su reinado fue efímero, murió un mes después de ser coronada.

El título de Príncipe de Viana da nombre a un premio cultural de Navarra, debido al activo mecenazgo de las artes que ejerció Carlos de Viana como príncipe renacentista, y en la actualidad lo ostenta Leonor de Borbón como heredera de los reinos que formaron España.

Para saber más

La dinastía Evreux en Navarra

El reinado de Juan II de Aragón

La conquista de Navarra

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La guerra de las reinas: Brunichilde contra Fredegunde

A principios de la Edad Media, salvo en momentos muy puntuales, la actual Francia se encontraba dividida. El concepto de herencia patrimonial de los reyes merovingios causó que dividieran sus estados entre todos sus hijos, debilitando el poder real y provocando numerosas guerras civiles entre hermanos para reunificar los territorios y hacerse con la hegemonía. Los más importantes de estos reinos fueron Austrasia, en el este, y Neustria, al oeste.

En 566 d.C. el rey Sigiberto, de Austrasia, contrajo matrimonio con Brunichilde, hija de nuestro visigodo Atanagildo. La nueva reina era bella, inteligente y culta. El hermano de Sigiberto y rey de Neustria, Chilperico, enviudó por aquellas fechas. Viendo lo noble y digna que era su cuñada decidió casarse con su hermana mayor, la princesa Galsvinta.

El matrimonio fue infeliz. Galsvinta reprochaba al rey sus infidelidades y amenazó con huir a la Península Ibérica en repetidas ocasiones. Entre las amantes del rey sobresalía una por su gran ambición y astucia: Fredegunde. Ésta quería ser reina de Neustria y animó a Chilperico a deshacerse de su esposa. Un día, Galsvinta amaneció muerta en su lecho.

La corte de Austrasia inmediatamente señaló a Fredegunde. Brunichilde juró odio eterno a aquella concubina que usurpaba la dignidad de reina de Neustria que había correspondido en vida a su hermana. Sigiberto amenazó a Chilperico con declararle la guerra, pero éste le entregó parte de sus territorios como precio de sangre.

Años después estalló la guerra fratricida en la que también intervino el tercero de los hermanos reales, Guntram, rey de Borgoña. Mientras los ejércitos reales se batían en los campos de batalla, empezó una guerra de dagas y venenos en las cortes de Neustria y Austrasia. Fredegunde envió sicarios con puñales envenenados para asesinar a Brunichilde y al pequeño Childeberto, heredero de Austrasia.

Las crónicas cuentan que Fredegunde era una mujer sádica a la que le gustaba torturar a sus enemigos antes de darles muerte. Gregorio de Tours la califica como “Enemiga de Dios y de los hombres”. Una de las leyendas sobre la sed de sangre de la reina afirma que también intentó asesinar a su propia hija y que envió emisarios para acabar con la vida del rey Guntram.

En invierno de 575 d.C. parecía que el rey Sigiberto se había alzado con la victoria tras tomar París. Chilperico tuvo que refugiarse con su familia en Tournai. Lo que al rey de Neustria no le habían dado sus ejércitos se lo dio su esposa. Mientras Chilperico estaba en París, asesinos enviados por Fredegunde pusieron fin a la vida de Sigiberto. Neustria había ganado.

Chilperico se apoderó del reino de su hermano y obtuvo una gran parte del territorio de la actual Francia. Trató de asesinar al pequeño Childeberto, su sobrino y heredero al trono de Austrasia, pero éste logró huir ayudado por la aristocracia fiel a Sigiberto. El destino de Brunichilde fue un convento.

La reina viuda intentó escapar de su cautiverio para lo que tuvo que recurrir a acuerdos políticos. Acordó su matrimonio con Merovec, hijo de Chilperico.  Cuando el rey se enteró de que su primogénito se había casado con su mayor enemiga entró en cólera. Le apartó de la sucesión, le tonsuró y ordenó su ingreso en la vida religiosa. Más tarde, él o Fredegunde ordenaron la muerte del joven.

Brunichilde ya había huido para entonces. Se refugió en la corte de Borgoña protegida por su cuñado Guntram, quien también adoptó a su sobrino Childeberto como heredero. Quedaba así fraguada una alianza anti-Chilperico pero sobre todo anti-Fredegunde. En 584 Chilperico murió apuñalado en su palacio, algunos apuntan que por orden de Fredegunde para ocultar una infidelidad, mientras otros señalan a Brunichilde.

Chilperico había dejado cuatro hijos. Clotario, de apenas unos meses, Merovec, apartado de la sucesión y posteriormente asesinado, Teudeberto, muerto en batalla años atrás, y Clodoveo, estrangulado tras ser acusado por hechicería. La mano de Fredegunde estuvo detrás de este último crimen ya que quería ver a su propio hijo, el futuro Clotario II, convertido en rey.

Fredegunde y su hijo Clotario II, aún un niño pequeño, liderando el ejército de Neustria que va a enfrentarse con Childeberto II.

Fredegunde y su hijo Clotario II, aún un niño pequeño, liderando el ejército de Neustria que va a enfrentarse con Childeberto II.

Tras la muerte de su esposo, Fredegunde se refugió con su hijo en una iglesia de París. Childeberto II exigió a los religiosos que entregasen a la reina para pagar por sus crímenes, incluyendo el asesinato de su padre, pero Guntram la dispensó su protección. Amparada por su cuñado, Fredegunde pudo ser regente de Neustria hasta la mayoría de edad de su hijo Clotario.

Las leyendas sobre los crímenes de Fredegunde son numerosas. Una de ellas afirma que ordenó el asesinato del obispo Pretextato, uno de sus enemigos políticos. El religioso fue apuñalado en su iglesia pero no murió sino que quedó malherido. La regente fingió interés y fue a verle. Además envió a los médicos de la corte para que no recibiese otra atención que pudiera salvarle la vida. Pretextato la acusó del crimen pero Fredegunde hizo como si el obispo se hubiese referido a otra persona.

Fredegunde envió nuevos asesinos para atentar contra la vida de Brunichilde y Childeberto II. Éste acordó con su tío Guntram en 587 que el que muriese antes le dejaría su reino al otro. Guntram falleció en 593 y Childeberto II se convirtió en rey de Austrasia y Borgoña. Su reinado fue corto, ya que Childeberto II murió dos años después dejando sus reinos a sus dos hijos, aún niños.

Fredegunde aprovechó este momento de inestabilidad para invadir Austrasia y vencer a su ancestral enemiga, la reina Brunichilde. No vería la paz, ya que falleció en 599 de disentería. Tras toda una vida de asesinatos y envenenamientos ella falleció de enfermedad en su cama.

Tras el fin de las hostilidades Brunichilde gobernó como regente en nombre de sus nietos. Instigó a uno de ellos, Teudeberto, contra su hermano Teuderico. Los hermanos lucharon juntos mientras persistió la amenaza de Clotario en Neustria, pero finalmente Teudeberto murió asesinado por orden de su hermano.

Teuderico murió poco después, en 613. Brunichilde intentó proclamar rey a su bisnieto Sigiberto II, de diez años, pero la nobleza de Austrasia le traicionó y se pasó en masa al partido de Clotario II. Éste ordenó la muerte del pequeño y se hizo con la corona de Austrasia pero también logró capturar a Brunichilde.

La anciana reina, tenía ya 70 años, fue sometida a tortura durante tres días. Su ejecución fue cruel y dolorosa, atada a la cola de un caballo que la arrastró hasta la muerte. Sus huesos fueron quemados y toda su descendencia eliminada a excepción de un príncipe llamado Merovec, ahijado de Clotario II. Finalmente, la guerra entre dos mujeres fue ganada medio siglo después por el hijo de una de ellas.

Para saber más

Breve historia de los Merovingios. Los orígenes de la Francia medieval. Ernest Bendriss.

Clotario II

Clodoveo, patriarca de los Merovingios

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Omar ibn Hafsún, el malagueño que puso en jaque al Emirato de Córdoba

La llegada de los musulmanes a la Península Ibérica destruyó al viejo reino visigodo. Algunos nobles de la vieja corte de Toledo se refugiaron en Asturias dando lugar al reino homónimo. Otros condes se inclinaron por firmar pactos con los invasores por los cuales, a cambio de su conversión al Islam, se les permitía seguir manteniendo sus tierras y estatus.

Desde sus primeros momentos, en al-Ándalus se estableció una jerarquía según la cual los árabes obtenían las mejores tierras, prebendas, cargos y honores. Los bereberes, que formaron el grueso del contingente que derrotó a los visigodos, se tenían que conformar con recompensas menores lo que causó cierta rivalidad interna y malestar en al-Ándalus.

A estos dos grupos sociales del nuevo emirato hay que sumar a los muladíes, conversos del Cristianismo, y a los mozárabes, cristianos que residían en territorio musulmán y que pagaban mayores impuestos que el resto de la población. Hasta el siglo IX los mozárabes fueron relativamente numerosos, pero a partir de entonces la población se fue islamizando progresivamente algo que redujo los ingresos del emir.

Omar ibn Hafsún fue un muladí que supo aprovechar todas estas contradicciones y rivalidades internas del emirato para ponerlo en jaque. Nació en el siglo IX y tenía una ascendencia ilustre. Sus antepasados habían sido condes visigodos y su abuelo fue el primer miembro de la familia en convertirse al Islam. Omar nació y se crío en la Serranía de Ronda (Málaga). Allí tuvo un conflicto con un vecino al que asesinó tras acusarle de robar el ganado de su abuelo.

El joven se refugió en las ruinas del castillo de Bobastro, una antigua fortificación de la zona que Omar reforzó hasta hacer de él un fortín inexpugnable. Con el apoyo de otros fugitivos comenzó a saquear la región hasta que fue apresado por el gobernador de Málaga, que le mandó azotar. Tras ello, Omar estuvo un tiempo en el Norte de África hasta que, según algunas leyendas, un anciano le prometió que sería rey de un extenso reino. Motivado por la ambición decidió volver a al-Ándalus.

El Emirato, gobernado por aquel entonces por Muhammad I, sangraba ante las constantes sublevaciones protagonizadas por mudéjares y bereberes. La más importante de ellas fue protagonizada por el célebre clan de los Banu Qasi que, como Omar, eran descendientes de aristócratas visigodos.

Tras su retorno, Omar pasó un tiempo saqueando la zona hasta fue derrotado por el emir. Obligado por las circunstancias, obtuvo el perdón a cambio de entrar al servicio de Muhammad I. Participó en una razzia a la provincia de Álava en la que fue discriminado por su origen muladí. Muhammad I redujo poco después las recompensas que pagaba a Omar debido a la crisis económica que azotaba al Emirato. En ese momento Omar ibn Hafsún decidió volver a su vida de rebelión.

Abderramán III (912-961) fundador del Califato de Córdoba, acabó con la revuelta de Omar ibn Hafsún. Grabado del siglo XIX.

Abderramán III (912-961) fundador del Califato de Córdoba, acabó con la revuelta de Omar ibn Hafsún. Grabado del siglo XIX.

Tras volver a Bobastro conquistó algunas poblaciones de la zona y se alió con el también rebelde clan de los Banu Rifá. Muhammad I decidió enviar a su hijo y heredero Al-Mundhir para acabar con la revuelta pero cuando Al-Mundhir estaba a punto de triunfar su padre murió y debió abandonar la campaña para hacerse cargo del emirato.

Mientras tanto, Omar siguió cosechando éxitos. Extendió sus dominios por toda la Serranía de Ronda y Málaga y organizó incursiones hacia Jaén. Tras estabilizarse en el trono, Al Mundhir obtuvo algunos triunfos que le permitieron tomar la ciudad de Archidona e iniciar una brutal represión. Como escarmiento crucificó al jefe de los defensores de la ciudad en medio de un perro y un cerdo. Tras ello se dirigió a sitiar el castillo de Bobastro. Omar se rindió a cambio de una amnistía pero atacó a las huestes del emir cuando se estaban retirando. El monarca clamó venganza e inició un nuevo sitio en el que le sorprendió la muerte tras dos años de reinado.

Durante el reinado del nuevo emir, Abd Allah, Omar continuó obteniendo sonoros triunfos tanto diplomáticos como militares. Estableció alianzas con clanes muladíes y bereberes y obtuvo el apoyo de los Banu Hayyai de Sevilla. Conquistó ciudades como Écija y Osuna. Formó un auténtico estado en el que cobraba impuestos y para el que intentó obtener el reconocimiento de otros estados islámicos como el aglabí de Túnez, los idrisíes de Marruecos o el del Egipto fatimí.

Omar avanzó hacia Córdoba, capital del Emirato, siendo derrotado por Abd Allah. A partir de entonces comenzó el declive del rebelde que empezó a perder los territorios que había tomado a lo largo de los años. En 899, quién sabe si para ganarse el apoyo de los reinos norteños o por meras creencias personales, se convirtió al catolicismo con el nombre de Samuel. Ordenó la construcción de dos iglesias cristianas e instaló un obispo en Bobastro. La maniobra fue un escándalo que le costó perder la mayor parte de sus aliados.

En 912 llegó al trono Abd al-Rahmán III, fundador del Califato de Córdoba. Pretendía pacificar su reino, labor en la que tuvo un éxito fulgurante que le llevó a tomar hasta 300 castillos en apenas cinco años. Omar, quien había perdido prácticamente toda su influencia, falleció en el año 917.

Sus territorios, ya muy exiguos, pasaron a su primogénito Chafar, también cristiano. Éste fue asesinado por su hermano Suleyman. Abd al-Rahmán III conquistó el ya mítico castillo de Bobastro en 928 poniendo fin a la rebelión. Poco después, el emir ordenó desenterrar los cadáveres de Omar y su hijo Chafar. Al verles enterrados a la manera cristiana se enfureció y ordenó crucificarles en las murallas de Córdoba como castigo por apostasía. Aupado por estos éxitos, Abd al Rahmán III se proclamó califa al año siguiente mientras que los descendientes de Omar ibn Hafsún tuvieron que marcharse al exilio. Su hija, Santa Argentea, es hoy recordada en la Iglesia Católica como virgen y mártir. Omar pasó a la historia como un héroe popular para los cristianos, un nuevo Viriato, mientras que los musulmanes vieron en él a un simple bandido.

Para saber más

Marwan ibn Gallego

Abderramán III

Conflictos étnicos en al-Ándalus

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La desastrosa Octava Cruzada

Luis IX (1214-1270) fue uno de los reyes más piadosos de su tiempo. A su afición por coleccionar reliquias, que acabó derivando en la construcción de la Sainte-Chapelle, se unió su vocación cruzada. El monarca francés protagonizó dos, la Séptima dirigida contra Egipto y la Octava contra Túnez. La primera fue desastrosa y en ella cayó prisionero, pero la segunda fue aún peor.

La Octava Cruzada comenzó en 1270 y contó con la participación de Luis IX, Carlos de Anjou, hermano de Luis y rey de Sicilia, Teobaldo I de Navarra y el futuro Eduardo I de Inglaterra, por aquel entonces Príncipe de Gales. El monarca siciliano participó en la Cruzada muy a su pesar, ya que interfería con sus planes de atacar el Imperio Bizantino para hacerse con su control. Sabedor de que no podía faltar a la cita cristiana, ya que la comparación con su piadosísimo hermano le dejaría en pésimo lugar, intentó reaprovechar la campaña en su favor.

Carlos detuvo los preparativos para el ataque contra Constantinopla y escribió una carta a Luis IX. El rey de Francia tenía pensado volver a atacar Egipto pero su hermano logró convencerle de las mayores ventajas de atacar Túnez. El reino norteafricano era un estorbo para Carlos de Anjou por dos motivos: En primer lugar, Túnez llevaba siglos pagando tributo a Sicilia pero su sultán aprovechó las guerras intestinas por el trono de la isla para desligarse de sus obligaciones. En segundo lugar, Túnez había sido lugar de refugio para los enemigos políticos de Carlos de Anjou. Éste toleró las afrentas esperando una oportunidad para vengarse del sultán. La Octava Cruzada se la había servido en bandeja.

El rey de Sicilia conocía el carácter piadoso de su hermano por lo que le deslizó que el sultán quería convertirse al catolicismo pero que sus enemigos en la corte se lo impedían. El apoyo moral de los cruzados decidiría al gobernante a dar el paso de convertirse y recuperar Túnez para la fe cristiana. Con el apoyo del nuevo reino católico obtendrían bases suficientes como para emprender una gran campaña contra Egipto. Luis estaba entusiasmado y aceptó de buen grado.

El rey de Francia, acompañado de sus tres hijos varones, pisó tierras norteafricanas el 17 de julio. No había elegido buena fecha para la campaña ya que el agobiante calor era inaguantable para los acorazados caballeros franceses. Además, el sultán tunecino no le había recibido con los brazos abiertos ni se había convertido al cristianismo sino que se atrincheró en su capital. Luis decidió esperar la llegada de los refuerzos e instaló su campamento en las ruinas de Cartago.

Los cruzados pronto tuvieron que hacer frente a un nuevo contratiempo: al sofocante calor se unió el estallido de una plaga de difteria y otra de tifus. La mitad del ejército enfermó lo que provocó una gran mortandad. Los altos mandos del ejército tampoco se libraron. El primero en fallecer fue el Legado Papal, garante del apoyo del Sumo Pontífice a la Cruzada. Dos de los hijos de Luis y el propio monarca también enfermaron. Su segundo hijo, Juan Tristán, falleció el 3 de agosto. Tres semanas después lo hacía Luis IX, quien por entonces tenía cincuenta y seis años de los cuales reinó cuarenta y cuatro. Su ejemplo de buen gobierno y su incansable lucha en defensa de la Iglesia motivaron su canonización veintisiete años después de su muerte. Su heredero Felipe, un hombre joven con mayor fortaleza física, se recobró de la enfermedad y fue coronado tras la muerte de su padre.

La muerte de Luis IX durante la Octava Cruzada supuso un duro varapalo para sus hombres.

La muerte de Luis IX durante la Octava Cruzada supuso un duro varapalo para sus hombres.

Justo el día después de la muerte de Luis, el rey de Sicilia hizo su aparición en el campamento cruzado. Llevaba tropas de refresco que mitigaron en parte la consternación de la causa cristiana, afligida por la muerte del buen monarca francés. Liderados por el recién proclamado Felipe III y su tío Carlos de Anjou, los cruzados lograron vencer en un par de escaramuzas al sultán tunecino. Ello les llevó a una posición de poder para obligar al gobernante africano a firmar un tratado por el que Carlos obtenía todos sus objetivos: recuperó el tributo tunecino, el sultán desterró de su reino a todos los refugiados y además correría con los gastos de la contienda y permitiría libertad de culto a los cristianos. Poco después, cuando ya se preparaban para la vuelta a casa, llegó Eduardo de Gales. Decepcionado porque la lucha ya había acabado, el inglés decidió seguir a Tierra Santa para emprender la que pasaría a la historia como la Novena Cruzada.

Los desastres de la Octava Cruzada aún no habían terminado. Mientras recogían sus pertrechos, la enfermedad siguió haciendo estragos en el campamento cristiano. Durante la travesía de vuelta a Sicilia Teobaldo I de Navarra enfermó, falleciendo poco después en el puerto de Trapani. Posteriormente, mientras los cruzados atravesaban Calabria, Isabel de Aragón, la nueva reina de Francia, cayó de su caballo y murió poco después debido a la gravedad de sus heridas. Lo que más le dolió a Carlos de Anjou aún estaba por llegar: poco después se levantó una gran tempestad que destruyó dieciocho de los barcos con los que el rey tenía pensado atacar Constantinopla, lo que le obligó a retrasar de nuevo su expedición. En total la Octava Cruzada le había costado la vida a miles de soldados, dos reyes, una reina, un príncipe y un legado papal. Un bagaje nefasto para los cristianos que participaron en una empresa que sólo benefició al ambicioso rey de Sicilia.

Para saber más

Novena Cruzada

Luis IX

Las Vísperas Sicilianas, Steven Runciman

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El saqueo vikingo de Roma

Los vikingos siempre han levantado fascinación. Aquellos hombres, vilipendiados por sus coetáneos como salvajes sanguinarios, crean pasiones especialmente en el mundo anglosajón que ve en ellos parte fundamental de su historia y sus orígenes. Los relatos de la época, centrados en la gran destrucción que propiciaban los saqueos de aquellos indómitos hombres, se mezclan con los relatos nórdicos elaborados por los propios vikingos. Dichos relatos se agrupan en sagas y narran eventos históricos de manera épica, en ocasiones con la participación de personajes mitológicos.

Uno de los famosos saqueos vikingos que aterrorizaron Europa fue protagonizado por Bjorn Ragnarsson, uno de los hijos del legendario rey Ragnar Lodbrok. Siguiendo la estela paterna, Bjorn estaba muy interesado por las riquezas que había allende los mares. Fue de la mano de un errante viajero cuando el caudillo nórdico oyó hablar por primera vez de una ciudad llena de innumerables riquezas: Roma, la capital de la fe cristiana. Bjorn no pudo resistir la tentación e inició los preparativos para lanzar una expedición hacia la Península Itálica. Tras obtener los barcos y los hombres necesarios para llevar a cabo su empresa se hizo a la mar. La armada vikinga bajó por Francia y bordeó la costa cantábrica hasta desembarcar en Galicia, donde la tripulación erróneamente creyó que había muchas riquezas debido a la fastuosidad de uno de los faros del litoral. Pronto fueron rechazados por el rey asturiano Ramiro I por lo que volvieron a izar velas rumbo a Lisboa. Allí sufrieron una nueva derrota.

Bjorn ordenó a su desanimada tripulación seguir adelante, se adentraron en el Estrecho de Gibraltar y alcanzaron la desembocadura del Guadalquivir. Gracias al pequeño calado y tamaño de los drakares vikingos pudieron remontar el río y alcanzar Sevilla, una de las ciudades más populosas de al-Ándalus. Entonces se produjo el conocido saqueo de la capital hispalense. El emir andalusí Abderramán II no toleró la presencia de aquellos salvajes barbudos en sus tierras y se dirigió con una mesnada a batirse frente a los nórdicos, a quienes infringió una severa derrota. Resignado y obligado por la constante sangría de hombres, Bjorn ordenó volver a sus tierras originarias en la Península Escandinava para reponer fuerzas. Poco después puso en marcha una segunda expedición hacia la Ciudad Eterna.

En esta ocasión siguieron idéntico itinerario que en el primer viaje. Bajaron por Francia bordeando el norte de España hasta alcanzar Santiago. La ciudad había obtenido gran fama debido a la presencia de la tumba del apóstol. Bjorn decidió saquearla pero Ordoño I, sucesor de aquel Ramiro I que ya les venció en su anterior viaje, le pagó un tributo a cambio de que respetara el lugar del eterno descanso de Santiago. Los vikingos continuaron su viaje descendiendo por la Península hasta alcanzar Algeciras y posteriormente Sevilla donde de nuevo fueron derrotados por los musulmanes. Cansado de los peninsulares Bjorn y sus hombres descendieron hasta el norte de África saqueando las ciudades que encontraban a su paso.

A continuación, los nórdicos se adentraron en el Mediterráneo Occidental. Atacaron las Baleares y pasaron el invierno en una ciudad del sur de Francia. Su siguiente víctima fue Génova, después llegó el turno de Pisa. Bjorn cada vez estaba más cerca de su objetivo pero sus hombres estaban cansados de su larga estancia fuera de casa. Su tripulación deseaba dejar atrás el sueño romano, ciudad que además suponían que estaría muy bien defendida, llevarse consigo las sustanciales ganancias que habían obtenido en la expedición y volver a cultivar sus tierras en Escandinavia. Bjorn se negó en redondo e insistió en continuar: no habría vuelta atrás. Un día, tras muchos meses de sinsabores y luchas, al fin alcanzaron una ciudad que debido a su opulencia y su gran número de iglesias los vikingos identificaron con Roma.

Estatua situada en el municipio gallego de Catoira, en Galicia. Conmemora el ataque de los vikingos sobre la región. Imagen vía Wikicommons. Fotografía de Luis Miguel Bugallo Sánchez.

Estatua situada en el municipio gallego de Catoira, en Galicia. Conmemora el ataque de los vikingos sobre la región. Imagen vía Wikicommons. Fotografía de Luis Miguel Bugallo Sánchez.

El guerrero preparó todo para sitiar la ciudad pero transcurrieron largos meses sin que lograse ningún avance significativo. Los hombres de Bjorn cada vez estaban más descontentos y empezaba a fraguarse un motín. Un día el monarca de pronto se sintió enfermo. Tan enfermo que comenzó a preparar su tránsito hacia la otra vida. Envió a unos emisarios a la ciudad con la misión de que trajesen a su vuelta algunos hombres de Dios. Cuando entraron en su tienda el moribundo rey les dijo que quería el bautismo y ser enterrado en suelo sagrado cuando expirase. Finalmente alcanzaron un acuerdo: Bjorn recibiría un funeral y sería inhumado en la principal iglesia de la urbe.

Poco después los nórdicos comunicaron a los religiosos que Bjorn había muerto. Todo se puso en marcha según se había acordado. Una pequeña guardia de honor portaría el féretro de su desaparecido rey rumbo a la iglesia, donde se celebraría un responso por su eterno descanso. Los atemorizados habitantes de la ciudad observaban con estupor a aquellos hombres sucios y salvajes que no hacía mucho les estaban sitiando y que ahora caminaban por las calles de la ciudad portando el ataúd de su jefe. Éste fue depositado en el altar mayor de la Iglesia y se procedió a realizar los ritos mortuorios.

El capellán que oficiaba la ceremonia ya estaba impartiendo la bendición a los presentes cuando ocurrió algo que desencajó a todos los asistentes al funeral: la tapa del féretro se estaba moviendo. Con gran estrépito Bjorn salió furioso de su ataúd enarbolando su espada como si acabase de volver del mismo infierno. La víctima de su furia fue el obispo que oficiaba la ceremonia y que fue asesinado sin piedad. Todo había sido una treta para que el monarca y su escogida guardia de corps pudieran entrar en la ciudad y ahorrarse los penosos meses de asedio. Protegido por sus guardianes, Bjorn llegó a las puertas de la ciudad y las abrió a su ejército. La ciudad fue saqueada, sus tesoros conquistados, sus mujeres violadas, la destrucción se había adueñado de la localidad. Como trofeo de guerra Bjorn decapitó al jefe de los religiosos romanos, aquel al que llamaban Papa, y se la llevó hacia tierras nórdicas para exhibirla entre el resto de jefes nórdicos.

Así fue como los vikingos, en concreto Bjorn, creyeron tener como tesoro la cabeza del Papa romano. Igual que la jugada del monarca para entrar en la ciudad había sido tremendamente astuta, éste pecó de ingenuidad en cuanto a la identificación de la misma. Los nórdicos no habían saqueado Roma sino una pequeña localidad llamada Luna situada unos doscientos kilómetros al norte de la Ciudad Eterna. El desconocimiento de cómo era exactamente Roma y las prisas por encontrarla y apaciguar a su turbulenta tripulación habían traicionado a Bjorn. Habían vuelto a caer en el error que cometieron al atacar Galicia en su primer viaje. Los vikingos fracasaron en esta empresa y Roma se salvó aunque desgraciadamente el obispo de Luna no pudo decir lo mismo.

Para saber más

Personajes de Vikings que existieron realmente

Correrías vikingas

Sagas nórdicas

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Las reliquias más sorprendentes del Cristianismo

Las religiones se esfuerzan por encontrar y preservar objetos que hayan estado en contacto con sus personajes sagrados y que los fieles puedan venerar.  Bajo estos loables objetivos se generó un tráfico de reliquias que fue especialmente lucrativo durante la Edad Media, cuando las reliquias tuvieron su época de esplendor. Todos hemos oído hablar de la que posiblemente sea la más famosa, el Santo Grial, pero lo cierto es que hay muchísimas reliquias, algunas de las cuales son verdaderamente extrañas. Hoy hemos seleccionado siete sorprendentes reliquias del Cristianismo:

El Suspiro de San José

Una pintoresca reliquia. Supuestamente un ángel lo depositó en una botella en una Iglesia de Blois, Francia, desde donde se trasladó al Sancta Sanctorum del Vaticano. Allí se conserva en una ampolla el melancólico suspiro del padre del Mesías. A esta reliquia la hace competencia directa otra también tremendamente original: un estornudo del Espíritu Santo, conservado durante siglos en Perugia hasta que fue trasladado al Vaticano.

Alegoría del Espíritu Santo

Alegoría del Espíritu Santo en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

La Veracruz

El madero donde fue crucificado Jesucristo. La cruz estuvo perdida hasta el reinado de Constantino, cuando su madre Santa Helena emprendió un legendario viaje a la edad de setenta años hacia Tierra Santa con el fin de encontrarla. Las crónicas afirman que la santa halló tres cruces tras excavar debajo de un templo de la diosa Venus edificado en el Gólgota durante el siglo II. La emperatriz dedujo que una de ellas sería la del Redentor y las otras dos las de los ladrones que fueron crucificados con él. Para averiguar cuál era la de Cristo, Santa Helena ordenó que trasladasen hasta el lugar a un hombre que acababa de morir, el cual al tocar la cruz de Cristo revivió. La emperatriz besó emocionada el madero y ordenó partirlo en trozos para que cada provincia del Imperio pudiese poseer una parte. Actualmente hay tantos fragmentos de la Veracruz que si se juntasen podríamos obtener decenas de cruces. Calvino afirmaba a quien quisiera escucharle que la madera de todas ellas daría para construir la bodega de un barco. La Veracruz llegó a España de la mano de Santo Toribio, obispo de Astorga que se llevó consigo uno de los mayores trozos del madero tras una visita a Tierra Santa. Durante el siglo VIII los restos del santo y la reliquia fueron trasladados a Santo Toribio de Liébana. Debido al gran tamaño del fragmento que el monasterio albergaba el papa Julio II (1503-1513) decidió concederle el privilegio de ser el cuarto lugar sagrado de la Fe junto a Roma, Santiago y Jerusalén. Gracias a los avances en la tecnología poco a poco han podido descartarse algunos fragmentos fraudulentos. Hace poco los arqueólogos Georges Kazan y Tom Higham sometieron al análisis del carbono 14 a un pequeño pedazo conservado en Waterford, Irlanda. Los resultados fueron decepcionantes: la madera era de alrededor del año 1100.

Detalle de la Veracruz de Agnolo Gaddi, 1380.

Detalle de la Veracruz de Agnolo Gaddi, 1380.

El Santo Prepucio del Niño Jesús

Jesucristo era judío y a los niños judíos les hacen la circuncisión. Según está lógica, al haber sido circuncidado su prepucio fue uno de los pocos restos que dejó Jesucristo en la tierra cuando ascendió a los cielos. En este grupo de pertenencias que el Mesías dejó se incluyen sus gotas de sangre o los pelos que se hubiese ido cortando a lo largo de su vida. Numerosas iglesias se han disputado su posesión. La abadía de Charroux aseguraba que el prepucio que conservaban se lo regaló Carlomagno, a quien se lo entregó un ángel. Santiago de Compostela, San Juan de Letrán, Amberes, Besançon y otras muchas Iglesias y municipios también han reivindicado la autenticidad de su reliquia contabilizándose catorce prepucios sólo en Europa. Hay místicas que testimoniaron que durante sus éxtasis los ángeles les echaban trozos del Santo Prepucio en la lengua y entonces experimentaban un orgasmo. Santa Catalina de Siena tuvo un sueño en el que Jesús le desposaba y le entregaba su prepucio como alianza. El culto a esta reliquia fue derogado en 1900 pero aun así se la siguió sacando en procesión en el pueblo de Calcata, Italia, hasta que fue robada en 1983 y desapareció, quién sabe si para siempre.

Circuncisión de Jesús, Friedrich Herlin, 1466.

Circuncisión de Jesús, Friedrich Herlin, 1466.

La Corona de Espinas

La famosa corona con la que los soldados romanos se mofaron y torturaron a Cristo durante la Pasión. Debido a su gran simbolismo y relevancia durante los momentos finales de la vida del Mesías es una de las reliquias más deseadas y veneradas por los fieles. Actualmente se conserva en Notre-Dame de París, adonde llegó procedente de Constantinopla. San Luis IX, rey de los franceses, se la compró a Balduino II, último emperador del Imperio Latino. Para albergar esa y otras reliquias que el monarca francés había ido coleccionando durante toda su vida ordenó la construcción de la Sainte-Chapelle a modo de enorme relicario. La corona estuvo allí durante siglos hasta su posterior traslado a Notre-Dame. El problema vino cuando, al igual que con la Veracruz, la Corona fue dividida. Se le retiraron las espinas que fueron distribuidas por varios monasterios e Iglesias de toda Europa: en Barcelona hay once de ellas, en Roma veinte, en Valladolid una… En total, más de setecientas espinas.

La Corona de Espinas, comprada por Luis IX y albergada durante centurias en la Sainte Chapelle hasta que se trasladó a Notre-Dame.

La Corona de Espinas, comprada por Luis IX y albergada durante centurias en la Sainte-Chapelle hasta que se trasladó a Notre-Dame.

La leche materna de la Virgen María

Hay varias versiones de cómo se encontró la reliquia. Una de ellas asegura que San Bernardo, doctor de la Iglesia que vivió en el siglo XII, estaba orando delante de una estatua de la Virgen cuando ésta le roció con leche. Rápidamente se aprestaron a embotellarla y venerarla como santa reliquia. La leche de la Virgen está presente en nuestro país en las catedrales de Oviedo y Murcia y hay quien asegura que el día de la Asunción la leche se licua y pasa de estado sólido a líquido. Nuevamente vale la pena sacar a relucir al descreído Calvino, quien aseguró que ni aunque la Virgen hubiera sido una vaca habría podido producir tan cantidad de leche.

La virgen de la leche, anónimo de Brujas.

La virgen de la leche, anónimo de Brujas.

La Sábana Santa

Una de las más controvertidas, se conserva en Turín. La Sábana cubrió el cuerpo de Cristo cuando se retiró su cadáver de la Cruz y supuestamente tanto su cuerpo como su rostro se marcaron en la tela. Sus defensores hacen hincapié en las semejanzas entre las costuras y el material del Sudario y las mortajas de la Palestina de la época. El análisis del carbono 14, sin embargo, infringió un duro golpe a la credibilidad de la reliquia al datarla entre el periodo de 1260 y 1390. Algunos estudiosos aseguran que la imagen del cuerpo es en realidad la de Jacques de Molay, último maestre templario que fue torturado y clavado a una puerta. Posteriormente fue arrojado a una cama y tapado con un sudario donde pasó 30 horas en coma. En ese momento fue cuando sus rasgos se traspasaron a la sábana aunque sus defensores no explican cómo se pudo producir este fenómeno. Otros especialistas sostienen que la imagen de la Sábana Santa fue realizada con un método similar al de la fotografía: algún adelantado a su tiempo construyó una cámara oscura con la que logró que el rostro de un compinche se fijara a una sábana. Hay quien incluso señala que ese sabio pudo ser el mismísimo Leonardo da Vinci.

Negativo de la Sábana Santa en la que se puede apreciar el rostro de Cristo.

Negativo de la Sábana Santa en la que se puede apreciar el rostro de Cristo.

Dos plumas del Espíritu Santo 

Dejadas por él cuando se convirtió en paloma. Les hacía compañía un huevo, puesto también por el Espíritu Santo. Quien pagase por ver estas tres reliquias, albergadas en Maguncia (Alemania), sería absuelto de todos sus pecados. Igualmente es reseñable la Columna de la flagelación, cuya parte principal está en Jerusalén pero que nuevamente se halla repartida a lo ancho del orbe. Una parte de la columna se puede ver en el Monasterio de El Escorial.

Columna de la flagelación. Cristo se apoyó en ella mientras recibía más de 30 latigazos. Imagen cortesía de Wikicommons, subida por el usuario Lalupa.

Columna de la flagelación. Cristo se apoyó en ella mientras recibía más de 30 latigazos. Imagen cortesía de Wikicommons, subida por el usuario Lalupa.

Hay muchísimas otras reliquias de lo más variopintas como la sangre y el agua que salieron del costado de Jesucristo, los clavos del madero, las cuerdas con las que fue atado, el huerto de Getsemaní donde Cristo oró antes de que le apresaran, las monedas que recibió Judas por traicionarle, las escaleras del palacio de Pilatos, un plato de la Última Cena, un pelo de la barba de Cristo, varios de sus cordones umbilicales…Y así hasta hacer un incontable número de reliquias.

Para saber más

Luis IX y la Sainte-Chapelle

El negocio de las reliquias

Santa Helena