Heliogábalo, el emperador controvertido

Heliogábalo nació en Emesa, Siria. Era hijo de Julio Soemia y Sexto Vario Marcelo, sumo sacerdote de la deidad oriental de El-Gabal. Heliogábalo, cuyo nombre real era Vario Avito Basiano, era el sobrino nieto del emperador Septimio Severo.

Tras la muerte de Septimio Severo, una oleada de muertes se abalanzó sobre los restos de la familia real. Primero fue su sucesor, Caracalla, quien ordenó el asesinato de su hermano Geta. Luego el propio Caracalla murió asesinado mientras comandaba una campaña militar. El Imperio había quedado descabezado y el trono recayó en el Prefecto del Pretorio de Caracalla: Macrino, el primer emperador proveniente del orden ecuestre, algo que tendría gran relevancia en el desarrollo futuro de Roma.

La depuesta dinastía imperial de los Severo no aceptó de buen grado el cambio. Consideraban a Macrino como un advenedizo y su objetivo era recuperar el poder. La revuelta fue instigada por una mujer muy poderosa y ambiciosa: Julia Mesa, hermana mayor de la esposa de Septimio Severo y abuela de Heliogábalo. La anciana tenía dos posibles candidatos dentro de su familia para llevar la púrpura imperial: sus nietos Heliogábalo y Alejandro. Se decidió por el primero.

Julia Mesa consiguió el apoyo de la III Legio Gallica, desencadenando así una revuelta que logró asesinar a Macrino y establecer en el trono al joven Vario Avito, quien contaba apenas catorce años. El muchacho lo primero que hizo fue nombrar augustas a su madre y a su abuela, quienes verdaderamente ostentarían el poder romano y que serían las primeras mujeres en entrar en el Senado.

Heliogábalo no sólo era emperador. También había heredado de su padre el cargo de sumo sacerdote de El-Gabal, deidad que no dudó en tratar de trasplantar a Roma. Otro de sus primeros actos fue el de situar por encima de la estatua de la diosa Victoria un retrato suyo vestido de sacerdote obligando a los senadores a honrarle también a él cuando fuesen a rendir culto a la deidad.

Mientras viajaban hacia Roma para tomar el poder ya estallaron algunos conatos de rebelión en las legiones, desconfiadas ante aquel extraño y joven emperador. Tras llegar a la capital, Heliogábalo inició su gran proyecto: hacer de su dios la única deidad del Imperio Romano. Para ello, ordenó la construcción de un gran templo, el Elagabalium, en la ladera de la Colina Palatina.

El-Gabal fue asimilado al Sol Invictus, situado por encima de Jupíter y se le casó con Minerva. El símbolo del nuevo dios era una roca negra con forma de falo que era paseada por las calles de la ciudad en carro durante el solsticio de verano. El emperador bailaba en torno a ella a ritmo de timbales mientras obligaba a los senadores a asistir al extraño ceremonial.

El emperador causó un gran escándalo cuando atentó directamente contra las tradiciones romanas al obligar a una virgen vestal, Aquilia Severa, a casarse con él. Las vírgenes vestales tenían prohibido mantener relaciones sexuales y cualquier hombre que osase tocar a una de ellas era severamente castigado por la ley. A Heliogábalo no le importó y quiso representar con este enlace una boda divina entre El-Gabal y Vesta.

La vida sexual del emperador también era motivo de escándalo.  Aquilia era su segunda esposa, el emperador ya había estado casado con una joven llamada Julia Cornelia Paula. Su pasión por Aquilia le duró poco, ya que la dejó meses después para casarse de nuevo con Annia Faustina, descendiente lejana de Marco Aurelio, emperador cuyo recuerdo, aún cercano, era muy respetado. Antes de que acabase el año había abandonado a Faustina para volver con Aquilia.

Sin embargo, lo que verdaderamente causaba escándalo eran las relaciones de Heliogábalo con los hombres. No por su naturaleza homosexual, Adriano tuvo amantes reconocidos y no despertó odio entre su pueblo, sino por el carácter pervertido que, a juicio de los romanos, hacía de ellas. Desde principios de su reinado, Heliogábalo había mantenido una relación estrecha con su auriga Hierocles. Incluso pretendió nombrarle césar. Se casó con él y se consideraba “la esposa y emperatriz de Hierocles”.

Posteriormente conoció a Aurelio Zotico, un atleta griego conocido por el tamaño de su órgano amatorio. También contrajo matrimonio con él. Los senadores y funcionarios del palacio trataron a los dos esposos que tuvo Heliogábalo con gran respeto y como sí, efectivamente, ellos tuviesen el rol masculino de “marido” relegando al emperador al papel de “esposa”. Este Zotico es el que sabemos seguro que sobrevivió a Heliogábalo, del resto de esposas y esposos imperiales no tenemos noticias tras la muerte del emperador.

Heliogábalo también protagonizó una conocida anécdota según la cual reunió a un equipo médico y prometió cubrir de oro a aquel que pudiera sustituirle su órgano reproductor masculino por uno femenino. Por ello, Heliogábalo es considerado en ocasiones como el primer transexual documentado de la historia.

Pese a sus tres matrimonios con mujeres, Heliogábalo no había conseguido descendencia. La inestabilidad imperial y la creciente impopularidad del emperador aconsejaban buscar un posible sucesor. Julia Mesa convenció al emperador de que adoptase a su primo Alejandro y compartiese con él el consulado de aquel año.

Alejandro fue muy popular y Heliogábalo se puso celoso. Intentó echarse atrás e hizo circular el rumor de que su primo estaba cercano a la muerte. Con ello desencadenó una revuelta de los pretorianos que exigieron ver a Alejandro. Heliogábalo quiso castigar la deslealtad de sus hombres pero estos se revelaron. El emperador se escondió en un arcón pero fue descubierto y asesinado a los dieciocho años de edad. Su madre también murió, así como algunos partidarios suyos entre los que se encontraba Hierocles.

El joven Heliogábalo. Busto en el Museo Capitolino, foto de Giovanni Dallorto.

El joven Heliogábalo. Busto en el Museo Capitolino, foto de Giovanni Dallorto.

El fenecido emperador fue condenado a la Damnatio Memoriae, su eliminación de la Historia al ser borrada su efigie y su nombre de documentos y monumentos. El-Gabal fue desterrado de vuelta a Oriente. También se prohibió la presencia de mujeres en el Senado. Alejandro Severo ascendió al trono y Julia Mesa mantuvo los resortes del poder hasta su muerte en 224.

¿Fueron los caprichos de un adolescente los que le impulsaron a establecer a El-Gabal como dios supremo de Roma? ¿O, por el contrario, podemos ver en este hecho el primer precedente de la búsqueda de un dios unitario que impulsase la homogeneidad del Imperio y frenase así su decadencia? Algunos autores han querido ver en El-Gabal el primer intento de imponer un dios único, algo que sería intentado también por Aureliano y conseguido por Constantino cuando adoptó el Cristianismo.

La historiografía ha visto en Heliogábalo una fuente de escándalos y depravación , además de un síntoma claro de la decadencia romana que estaba a punto de comenzar. La pérdida de los valores romanos, la expansión de cultos mistéricos o la crisis económica y moral fueron factores que jugaron un papel fundamental en la crisis romana del Siglo III. Sin embargo, queda la duda de si la verdadera personalidad del emperador no se ha visto desfigurada por los testimonios de los cronistas contrarios a su persona.

Para saber más

Septimio Severo

Alejandro Severo

Crisis del siglo III

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La batalla que fue ganada por gatos

Los animales han sido parte importante en la historia del hombre y en la de la guerra. Los elefantes que Anibal se empeñó obstinadamente en hacer cruzar por los Alpes, los caballos que anonadaron a los indígenas precolombinos, las mulas y bueyes que cargaban pertrechos o los perros que atacaban a los combatientes enemigos han sido una constante bélica hasta tiempos recientes. Sin embargo, pocos han usado los animales de la forma en que lo hizo Cambises, rey de Persia.

En el siglo VI antes de Cristo los persas vivieron una vertiginosa expansión después de que Ciro el Grande unificara Persia y Media hacia el año 550 a.C. Estos pueblos, de etnia irania, llevaban en la zona desde principios del primer milenio antes de Cristo, permaneciendo en un discreto segundo plano hasta el gobierno de Ciro.

Tras obtener Persia y Media irían cayendo de forma sucesiva el Imperio Neobabilónico y Anatolia, hogar de los lidios. Los reyes persas no se detuvieron allí y, amparados por los éxitos precedentes, se fijaron en dos nuevos objetivos: el milenario Egipto y la cultivada Grecia.

Cambises sucedió a su padre, Ciro el Grande, hacia el 530 a.C. Lo primero que realizó fue ponerse manos a la obra para llevar a cabo la colosal tarea que le habían encomendado: conservar y agrandar el imperio más grande del mundo conocido. Mientras tanto, Egipto estaba de capa caída. Tras dos milenios de existencia, en los que tuvieron buenas y malas épocas, Egipto se había desplomado, perdiendo gran parte de su capacidad económica y militar.

Cinco años después de que Cambises ascendiera al trono, Psammético III se convirtió en el faraón de Egipto. El rey persa decidió no posponer por más tiempo la conquista del país norafricano. Lo primero que tenía que resolver era un problema básicamente logístico: ¿Cómo cruzar el Sinaí, territorio desértico que no podría nutrir a su ejército formado por miles de hombres? Para ello, acordó una alianza con algunos jefes beduinos del desierto, que le revelaron donde se hallaban los depósitos de agua de la zona.

La noticia de la expedición persa no pilló a Egipto desprevenido. Desde la campaña expansiva sin precedentes de Ciro se esperaba un ataque de los persas. Las esperanzas egipcias eran muy limitadas y se basaban en una posible alianza con las polis griegas, la otra gran víctima de la expansión de los iranios. Por aquel entonces, Egipto ya estaba plagado de colonos griegos que habían hecho cierta fortuna allí. Uno de ellos, Udjahorresne, era el jefe de la flota, mientras que Fanes de Halicarnaso era el comandante de los mercenarios que residían en Egipto.

La primera mala noticia para Psammético llegó pronto: los griegos le habían abandonado. Incluso el tirano de Chipre había decidido apoyar a Persia. Ello llevó a la deserción de la flota y de los mercenarios griegos. El faraón logró reunir un pequeño ejército para enfrentarse a los persas, pero la victoria era casi imposible. Finalmente, los dos ejércitos se encontraron en Pelusio, en el Delta del Nilo.

En este punto fue cuando Cambises ideó una genialidad. Conocía perfectamente las costumbres, los dioses y la cultura de los egipcios y supo aprovecharlas a su favor. El rey persa ordenó a sus hombres que se pintaran en los escudos la imagen de Bastet, la diosa egipcia protectora del hogar y asociada a los gatos, el animal sagrado en el Egipto faraónico. Los egipcios se quedaron indecisos: no querían ofender la efigie de su diosa. Entonces se desencadenó el ataque persa que causó una terrible mortandad. Ctesias, historiador griego del siglo V a.C., afirma que murieron cincuenta mil egipcios. La campaña había terminado.

Encuentro entre Cambises II y Psammético III, pintura de Adrien Guignet.

Encuentro entre Cambises II y Psammético III, pintura de Adrien Guignet.

Los supervivientes corrieron a esconderse a la cercana fortaleza de Pelusium. Cambises no quería enfrentarse a un largo y penoso asedio, máxime cuando tenía que conquistar un país árido y hostil. Tenía que vencer a los atrincherados y debía hacerlo cuanto antes. El rey persa dio una nueva muestra de su genialidad y ordenó a sus hombres que capturaran cuantos gatos fueran posibles. Posteriormente empezó a lanzarlos contra el interior de la fortaleza.

Cundió el pánico entre los egipcios, temerosos de herir a uno de aquellos animales sagrados. Los arqueros no se atrevían a disparar a sus enemigos. El impacto moral fue brutal, por lo que los egipcios se rindieron y la fortaleza cayó en las manos de Cambises. El monarca persa supo aprovechar el respeto y veneración existente en el Antiguo Egipto hacia estos animales.

Tras su éxito, Cambises descendió y tomó Menfis, la capital de Egipto. Psammético fue capturado pero en un principio le fue perdonada la vida. Cambises se autoproclamó faraón, tomó los títulos tradicionales de la realeza egipcia y tomó todo el país, proyectando incluso descender e invadir el país de los nubios. Psammético comenzó a tramar una revuelta para recuperar su corona pero fue descubierto y ejecutado por los persas. Cambises murió tres años más tarde pero se desconoce si se suicidó debido al éxito de una revuelta en Persia que había alzado al trono a un mago llamado Gaumata o si se debió a un accidente. Cambises fue sucedido por otro gran rey: Darío, el monarca que fue derrotado por los griegos en Maratón.

En cuanto a Egipto, permaneció bajo dominio persa hasta 404 a.C. Después, tras un breve periodo de independencia, volvió a caer en dominio de los iranios hasta que Alejandro Magno lo liberase y se proclamase faraón. Tras la muerte de éste vendría una época en la que Egipto recobraría la independencia y el prestigio pese a estar gobernada por extranjeros: el Egipto Ptolemaico.

Para saber más

Darío I

Dominio persa de Egipto

Los gatos en el Antiguo Egipto

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La cuenta de Juan R. Lazaro, autor de la fotografía de la cabeza de Psammético III, tiene más imágenes de arte y estatuillas egipcias.

Agripina, una historia de ambición

Agripina nació en el 15 d.C. en Germania, donde su padre estaba destinado. Éste no era otro que el prestigioso general Germánico, favorito para la sucesión al gozar del amor absoluto del pueblo. Era nieta de otro gran militar, Druso el Mayor, y uno de sus bisabuelos era el inmortal Marco Antonio.

Cuando tenía cuatro años Agripina tuvo que superar el primer gran drama de su vida. Su padre fue enviado como gobernador a Siria y de nuevo se llevó a toda su familia consigo. Allí enfermó y murió en extrañas circunstancias rodeado de presagios y señales de brujería.

Después de incinerar a Germánico su esposa Agripina la Mayor, rodeada de sus hijos, embarcó rumbo a Italia. Allí fueron recibidos por una solemne comitiva en la que no se encontraba el emperador Tiberio, padre adoptivo del difunto. Las irregularidades del juicio sobre la muerte de Germánico la impulsaron a creer que el propio emperador había ordenado su muerte al considerarle un rival. Cuando le acusó en público, Agripina la Mayor y sus hijos cayeron en desgracia.

La pequeña Agripina creció, por tanto, en difíciles circunstancias. A los trece años se casó con un joven senador llamado Cneo Domicio Ahenobarbo. La tradición afirma que cuando se casaron éste dijo: “De Agripina y yo sólo puede salir un monstruo”. Siete años después nacería Nerón. Antes de eso, la joven romana tuvo que asistir a nuevos dramas. El mismo año que contrajo matrimonio, su madre y su hermano mayor fueron acusados de conspirar contra la vida de Tiberio. En la definitiva caída en desgracia de la familia de Agripina tuvo mucho que ver el Prefecto del Pretorio, Sejano, un hombre ambicioso que veía en ellos un obstáculo para ocupar el trono a la muerte de Tiberio.

La madre de Agripina fue arrestada, perdiendo un ojo durante la detención, y deportada a Pandataria, una pequeña e inhóspita isla situada en la costa del Mar Tirreno.  Su hijo mayor, Nerón César, fue exiliado a la isla de Ponza, donde murió de hambre. Tres años más tarde fallecía Agripina la Mayor y era arrestado otro de sus hijos: Druso. El joven, heredero legítimo de Germánico tras la muerte de su hermano mayor, murió poco después, también de inanición.

Por tanto, tenemos una infancia durante la cual Agripina perdió a su padre en circunstancias traumáticas y creció en Roma rodeada de hostilidad y conjuras hasta que su madre y sus hermanos fueron encarcelados para morir en el destierro. Agripina admiró a su madre, una mujer fuerte que no dudó en enfrentarse abiertamente con Tiberio para defender la memoria de su esposo y proteger a su familia. Todos estos dramas contribuyeron a endurecer el corazón de la joven.

A Agripina sólo le quedaba un hermano varón. Era un joven amado por el ejército y en quien la gente tenía grandes expectativas. Respondía al nombre de Cayo Julio César pero era más conocido por su mote: Calígula. A diferencia del resto de su familia, el joven gozaba del favor de Tiberio. En ello tuvo que ver la muerte de Sejano, acusado de traición en 31 d.C, aunque hay quien señala que el viejo emperador se dio cuenta de la maldad del joven y decidió nombrarle sucesor para que su gobierno de maldad empañase al suyo.

En 37 d.C. Tiberio falleció, algunos dicen que Calígula le “ayudó” a ello ahogándole con una almohada, y el joven ascendió al trono. Pocos meses después Agripina tuvo a su hijo redondeando un año de felicidad. La suerte de la joven mejoró con el cambio de emperador. Los historiadores señalan que Calígula mantenía relaciones sexuales con sus hermanas, incluyendo a Agripina, y que las recompensaba con grandes honores. Entre todas ellas, a la que el emperador más amaba era a Drusila. El fallecimiento de ésta puso punto y final a esta etapa dulce en la vida de Agripina.

Tras la muerte de Tiberio, Calígula rindió homenajes a su madre y a sus hermanos. Calígula deposita las cenizas de su madre y su hermano en la tumba de sus ancestros. Eustache le Sueur.

Tras la muerte de Tiberio, Calígula rindió homenajes a su madre y a sus hermanos. Calígula deposita las cenizas de su madre y su hermano en la tumba de sus ancestros. Eustache le Sueur.

Calígula cesó en sus prácticas y dejó de dar honores a sus hermanas. A Agripina le encantaba el poder y quería recuperar los beneficios de que gozaba anteriormente. Para ello, comenzó a conspirar con sus amantes y su hermana Livila en contra del emperador. Desafortunadamente para ella, la conjura fue descubierta y Calígula ordenó el destierro inmediato de sus hermanas. Agripina fue apartada de su hijo y enviada a Pandataria, la isla donde murió su madre.

A partir de entonces comenzaron unos años oscuros para ella. Tras la muerte de Calígula y su sustitución por Claudio se la permitió regresar a Roma. Agripina enviudó en 40 d.C. y decidió aprovechar la ocasión para buscar un esposo poderoso que le permitiera labrar una carrera prometedora para su hijo.

Ese mismo año se casó con su tío Claudio y se convirtió en emperatriz. Fue un matrimonio de conveniencia que la ambiciosa mujer utilizó para satisfacer sus propios intereses. Consiguió una serie de favores para su hijo, quien fue designado “Príncipe de la Juventud” y adoptado por el emperador. Poco después consiguió para él la mano de la hija de Claudio, Octavia, y nombró a su propio Prefecto del Pretorio, Sexto Afranio Burro, con el fin de garantizarse el apoyo de la Guardia Pretoriana cuando llegase el traspaso de poderes. Finalmente, consiguió que Claudio nombrase heredero al joven Nerón en lugar de a Británico, su propio hijo.

En 47 d.C. Claudio falleció tras ingerir setas. Los historiadores clásicos de nuevo acusaron a Agripina de haber hecho envenenar el plato del que se servía el emperador. El objetivo era que Claudio no se echase atrás y revocase el testamento en el que nombraba sucesor a Nerón para designar heredero a su hijo. El emperador se sintió mal y fue trasladado a sus aposentos. Su médico le metió al emperador una pluma en la garganta bajo el pretexto de hacerle vomitar. Esta habría sido la jugada definitiva de Agripina, quien habría sobornado al médico para que la pluma estuviese impregnada de veneno.

Con sólo diecisiete años Nerón ascendió al trono aunque durante los primeros años de su gobierno fue Agripina quien llevó las riendas del poder. Los historiadores clásicos de nuevo inciden en la afición por el incesto de Agripina, ya que afirman que mantenía relaciones sexuales con su propio hijo. Poco después fallecieron Octavia y Británico y las fuentes aquí se debaten sobre si la segunda muerte fue ordenada por Agripina, por Nerón o si el joven falleció a causa de la epilepsia que padecía.

Con el paso de los años Nerón y Agripina cada vez chocaron más. El matrimonio del joven emperador con Sabina Popea marcó el final de la carrera política de Agripina. La emperatriz se dio cuenta de la gran influencia que tenía Agripina sobre el emperador y convenció a Nerón de que la apartase de su lado. Éste determinó matar a su madre. Tras varios intentos de envenenarla llegó el turno de la más espectacular de las tentativas. El emperador la invitó a un paseo en barco con el pretexto de reconciliarse. Nerón no se presentó ya que la idea era hundir el barco con su madre dentro. Agripina dio pruebas de nuevo de su gran capacidad de supervivencia al salvarse del naufragio y llegar a la orilla nadando.

Resignado, abandonó todo intento de que pareciese un accidente y envió un grupo de hombres armados a la casa de su madre. Acusada de traición, fue ejecutada allí mismo. Ese fue el final de una de las mujeres que gozaron de mayor poder en la Antigua Roma.

Para saber más

Final del reinado de Nerón

Calígula

Germánico

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El oro que asesinó al emperador Valeriano

El siglo III de Nuestra Era fue una etapa de caos, violencia y crisis. El poder romano, floreciente hasta el siglo II, comenzó a desmoronarse tras la muerte de Alejandro, último representante de la dinastía Severa. En el periodo comprendido entre el asesinato de Alejandro Severo en 235 d.C. y la llegada al trono de Diocleciano en 284 d.C. hubo un total de 49 gobernantes entre emperadores legítimos y usurpadores, lo que nos da la redonda cifra de emperador por año.

Todo este clima de guerra, caos y anarquía causó el colapso de la economía romana, la despoblación urbana, la contracción del comercio, motines en el ejército y otro sinfín de desgracias. Los bárbaros, atraídos por el debilitamiento de las fronteras, lanzaron incursiones de saqueo con mayor frecuencia. Por si esto fuera poco, la anarquía romana coincidió con el renacimiento del poder sasánida, estado localizado en los actuales Irak e Irán y tradicionales enemigos de Roma. En aquel siglo, Artabán IV fue depuesto por uno de sus gobernadores, Ardashir I. La nueva dinastía revitalizó Persia.

Bajo este conflicto sucesorio subyacían multitud de causas culturales, políticas y religiosas. Tanto Artabán como Ardashir eran iranios, pero el primero era parto y el segundo persa, dos de los pueblos que componían la etnia irania. El Imperio Parto había sido un estado fundamentalmente feudal y helenístico. Ardashir quería acabar con la, a su juicio, imparable decadencia cultural del estado y reivindicar su componente persa y zoroastra. Su otro gran objetivo era legitimar su poder, para lo que emprendió una serie de campañas contra el Imperio Romano. Tras su muerte, esta tarea fue retomada por su hijo Sapor I.

En el Imperio Romano gobernaba por aquel entonces Valeriano, quien llegó al trono en 253 d.C. tras derrotar en una guerra civil a Marco Emilio Emiliano. El emperador, al contrario que muchos de los gobernantes de la Roma del siglo III, había comenzado su carrera en la administración civil. Ocupó los cargos de censor y gobernador y provenía de una vieja familia patricia de la aristocracia romana, hecho que le valió el apoyo de un Senado que había visto mermar su poder. Poco después de ascender al trono, Sapor I declaró la guerra al Imperio Romano.

Valeriano decidió comandar él mismo la guerra, por lo que tuvo que viajar al escenario de la campaña: Oriente. El emperador necesitaba un ejército enorme para poder frenar a la formidable maquinaria bélica de los persas. Hasta el siglo II esto no había sido problema para los Augustos. La crisis económica, sin embargo, obligó a los gobernantes del siglo III a reducir el tamaño de sus ejércitos.

Valeriano necesitaba una fuente extraordinaria de recursos y la encontró en los cristianos. El emperador ordenó la ejecución de todos los obispos, diáconos y presbíteros del Imperio, una de las víctimas de esta persecución fue el célebre San Lorenzo, y confiscó los bienes de todos los cristianos. La cantidad que obtuvo le permitió crear el ejército necesario para la guerra.

San Lorenzo fue una de las víctimas de la persecución iniciada por Diocleciano. Obra de Tiziano, Iglesia de los Jesuitas de Venecia.

San Lorenzo fue una de las víctimas de la persecución iniciada por Diocleciano. Obra de Tiziano, Iglesia de los Jesuitas de Venecia.

Mientras, en Occidente pronto surgieron severas dificultades. Valeriano había delegado la administración de esta región en su hijo Galieno, un joven inexperto que cometió el error de desguarnecer la frontera del Rin al trasladar a Italia las tropas destinadas en la Galia. Los alamanes y francos aprovecharon la ocasión brindada e invadieron la provincia. El general Póstumo logró repeler la invasión pero acto seguido dio un golpe de estado y se autoproclamó emperador, siendo reconocido como tal en Hispania, Galia y Britania. Póstumo y sus herederos lograron mantener el control de dichas provincias y crear un estado rival que ha recibido el nombre de Imperio Galo. Roma reconquistó las tres provincias durante el reinado de Aureliano (270-275).

En Oriente las cosas no iban mejor para Valeriano, quien fue derrotado en la Batalla de Edesa. El grueso del ejército imperial fue destruido y el emperador no tenía más cristianos a los que confiscar sus bienes para crear un nuevo ejército. No le quedó más remedio que intentar negociar la paz con los persas, aún a costa de tener que hacer importantes concesiones. El emperador decidió enviar a Macrino el Viejo, su prefecto del pretorio, para parlamentar con Sapor I. El prefecto del pretorio era un cargo muy importante, comandante en jefe de la guardia personal del emperador y especie de primer ministro.

Macrino aspiraba a algo más que eso: quería la corona para sí y para sus hijos. Decidió aprovechar la importante misión que su amo le había encargado para conspirar contra él, ganarse el apoyo del sha y autoproclamarse emperador. El astuto Sapor vio una gran ocasión para obtener ventajas territoriales y provocar una nueva guerra civil en Roma, por lo que apoyó encantado las aspiraciones del prefecto. Éste volvió al campamento de Valeriano comunicándole que Sapor estaba dispuesto a negociar una paz honrosa y que le invitaba a conferenciar en el campamento sasánida. El sha garantizaba la seguridad del emperador romano.

El confiado Valeriano accedió y acudió a parlamentar con sus enemigos. Cuando los dos monarcas se vieron, Sapor se separó de su escolta para saludarle. Valeriano, a caballo, hizo lo propio para corresponder a la cortesía. De repente emergió una lluvia de flechas que acabó con la exigua guardia personal de Valeriano. El emperador fue hecho prisionero.

Tal y como Sapor había calculado, en Roma empezó una guerra civil entre Macrino y Galieno. El sha no quiso pedir rescate por Valeriano, ya nadaba en oro y joyas. Prefirió divertirse a su costa. Unos días le usaba de criado, otros como montura. Era la mascota de la corte persa. Un día, Sapor ordenó que le atasen a una silla. Mientras Valeriano siguiese con vida existía el peligro de que los romanos fueran a rescatarle. El persa sujetó una olla llena de oro fundido y obligó al destronado emperador a bebérsela. Sí, es una escena que recuerda a cierta serie de televisión. El pobre Valeriano falleció pero sus penurias no terminaron ahí.

Sapor desolló su cadáver y le usó durante décadas como trofeo. Lo puso en uno de los templos del Imperio. Le divertía recibir a los embajadores romanos allí, delante del mutilado cadáver del que fue su emperador. Un triste final para alguien que había gobernado todo un Imperio.

Para saber más

Valeriano

Galieno

Crisis del siglo III

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Los primeros huelguistas de la historia

La primera huelga de la historia, al menos de la que servidor tiene constancia, fue protagonizada en una fecha tan antigua como 1.166 a.C. por los trabajadores que construían el monumento funerario del faraón Ramsés III, de la dinastía XX. Antes que nada conviene aclarar algo. Por más que desde las películas o la literatura se nos haya presentado a los obreros de las pirámides como esclavos los investigadores actuales se inclinan por la opción de que eran trabajadores especialmente contratados para la ocasión que se alojaban junto a sus familias y compañeros en un poblado cercano al lugar de construcción del edificio, templo o monumento.

El Egipto del siglo XII a.C. era un estado en declive tanto económica como políticamente. Los grandes tiempos de Ramsés II habían pasado. El citado Ramsés III fue el último gobernante competente del Imperio Nuevo (1570-1087 a.C.). En aquella época Egipto sufría una creciente inflación agravada por los problemas militares con sus vecinos. Desde el norte sufrían las periódicas campañas de saqueo de los Pueblos del Mar mientras que eran atacados desde el oeste por los libios. Egipto había perdido sus posesiones asiáticas y las cosechas de los últimos tiempos eran malas. Por si fuera poco, el problema agrícola se agravó cuando el faraón repartió tierras entre los templos, grandes protagonistas de la vida económica y política del país, para lograr su adhesión. El Templo de Amón en Tebas acabó siendo el gran beneficiado y llegó a controlar la cuarta parte de las tierras cultivables de Egipto. Este es el delicado contexto en el que le tocó gobernar a Ramsés III.

Todo ello comenzó a repercutir en las condiciones vida de los trabajadores. Egipto aún no acuñaba moneda por lo que el pago era en especie: un obrero no cualificado podía percibir tres kilos de trigo y uno de cebada al día, además de ocho kilos de pescado cada diez días. Esto era la teoría. En realidad, la situación económica egipcia causó que los salarios fuesen cobrados mal y tarde. Además, la endémica corrupción de la administración egipcia permitía que los intendentes, responsables de repartir los suministros entre los obreros, los adulterasen y se quedaran con la mejor parte. El poblado de Deir el-Medina, donde vivían los trabajadores de Ramsés III, terminó por estallar cuando el gobernador de Tebas, enemigo político del faraón, atacó y se quedó con los suministros que constituían el pago de los obreros. El acto del gobernador provocó un retraso en la paga de dieciséis días.

El Papiro de la huelga de Ramsés III, conservado en el Museo egipcio de Turín, nos cuenta como los artesanos egipcios marcharon en protesta hacia los templos de la zona gritando que tenían hambre. Los sacerdotes hicieron ciertas concesiones y les entregaron pequeñas raciones que no eran suficientes para la turba movilizada.

Ramsés III oferente en el Templo de Khonsu, Karnak. Imagen de Asavaa vía Wikicommons.

Ramsés III oferente en el Templo de Khonsu, Karnak. Imagen de Asavaa vía Wikicommons.

A los dos días invadieron el Rameseum, templo funerario del gran Ramsés II y principal almacén de trigo del país.  Los administradores cada vez estaban más amedrentados por lo que accedieron a entregarles las raciones correspondientes a su sueldo del mes anterior. Los trabajadores querían más. Nuevas movilizaciones permitieron que cobrasen también el salario del mes en curso.

Parecía que las aguas volvían a su cauce pero no fue así. Dos semanas después volvieron a marchar en denuncia a la corrupción de los intendentes de las obras. Los revoltosos obreros de Deir el-Medina comenzaron a ser conocidos por las dos tierras de Egipto. Sucesivos retrasos en las pagas provocaron nuevas movilizaciones. Los obreros llegaron a ser tan influyentes que Ramsés nombró visir a un antiguo huelguista, Ta. Éste obviamente simpatizó con sus antiguos compañeros y les prometió que les serían dadas todas sus demandas pero les prohibió volver a interrumpir el trabajo.

Los trabajadores ignoraron las instrucciones del visir y se pusieron en huelga de nuevo tras un retraso en la paga ocurrido mientras Ta se encontraba en el Delta con motivo de un festival. Poco después su protector cayó en desgracia al verse implicado en una conjura destinada a acabar con la vida del faraón, quien murió años después en una conspiración palaciega que en aquella ocasión sí tuvo éxito. Con el paso de las décadas las condiciones de vida de los trabajadores no mejoraron. La decadencia económica de Egipto era imparable y todo eso llevó consigo el empobrecimiento de su población. Pese a que aquellos trabajadores de Deir el-Medina no lograron mejorar sus condiciones de vida, al menos pasaron a la historia como los primeros huelguistas.

Para saber más

Sobre la huelga

Los Pueblos del Mar

El Imperio Nuevo

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La reforma agraria de Tiberio Graco

Tiberio Sempronio Graco fue un político capital durante la transición entre la República y el Imperio Romano. Graco nació en 164 a.C. Su padre había sido un magnífico militar y diplomático, labor en la que destacó tras alcanzar acuerdos con los celtíberos que le permitieron pacificar Hispania. Murió cuando su hijo era un niño pequeño. Tiberio creció sintiendo en todo momento la alargada sombra de su famoso padre. La presión por igualar los éxitos de su progenitor fue acrecentada por su madre, quien le repitió en varias ocasiones que esperaba ser recordada por ser la madre de Tiberio Graco en vez de por ser la hija de Escipión el Africano.

Tiberio Graco comenzó su carrera sirviendo en el ejército. Fue oficial durante la III Guerra Púnica, en la que demostró un gran arrojo y valentía al ser el primer hombre en traspasar las murallas de Cartago en el asalto final a la capital púnica. Posteriormente fue enviado a Hispania donde comenzó a darse cuenta de la desesperada situación por la que atravesaban los soldados que lograban la gloria para Roma. Allí se habían reanudado las hostilidades entre las fuerzas de ocupación romanas y los pueblos nativos. El joven fue puesto bajo el mando del general Mancino, un incompetente militar que se metió de lleno en la trampa que los celtíberos les habían preparado. Los romanos fueron emboscados y su suerte parecía echada. El aterrorizado general envió un emisario para negociar con los indígenas pero estos se negaron a recibirle. Aseguraron que no negociarían con nadie que no fuese Tiberio Graco, el hijo de aquel hombre de honor que había regido los designios de Hispania décadas atrás. Mancino se sorprendió: no era habitual mandar a un joven oficial sin apenas experiencia a acordar una tregua con sus enemigos. A pesar de ello, no le quedaba otra opción. Tiberio Graco se reunió con los celtíberos y alcanzó un acuerdo de paz que permitió que él y sus compañeros abandonasen el lugar con vida.

Cuando volvieron a Roma, Graco y Mancino fueron detenidos por el Senado y sometidos a juicio, acusados de haber acordado una paz deshonrosa para Roma. Graco fue absuelto por la intervención en su favor de Escipión Emiliano, pero Mancino fue humillado como castigo. El joven Tiberio fue muy bien recibido por la gente común de Roma, quienes le agradecían que hubiese salvado a sus hijos y esposos aún a cambio de obtener una paz deshonrosa. El amor que el muchacho despertaba en el pueblo fue visto con recelo por la aristocracia más conservadora. Durante aquella época la República se hallaba dividida en dos facciones: los optimates (cuyo significado es “los mejores”) eran los depositarios de las tradiciones romanas y defensores de los intereses terratenientes, grandes partidarios de la oligarquía como sistema de gobierno. Los populares sostenían la necesidad de un programa de reformas para salvar a la República de la anarquía y el caos. Apoyaban el reparto de tierras, la apertura del Senado a miembros de clases sociales más bajas y la necesidad de crear una sociedad más justa. Graco simpatizaba con el segundo grupo. Las crónicas narran que el joven quedó devastado mientras viajaba por la Península Itálica y observaba las míseras condiciones de vida de la antaño próspera clase media agrícola. Las Guerras Púnicas habían arruinado al pequeño campesinado y favorecido la concentración de tierras en grandes latifundios propiedad de los optimates. La inagotable mano de obra esclava procedente de las campañas militares permitían que estas grandes plantaciones tuviesen una productividad y una rentabilidad infinitamente mayores a las que podían conseguirse en los minifundios.

Con el objetivo de acabar con las injusticias y de ser recordado por algo más que por ser el hijo del gran Tiberio Graco, el joven decidió emprender una carrera política. Fue animado a ello por algunos de los senadores más reformistas que querían obtener la estabilidad interna de la República aunque para ello hubiese que realizar ciertas concesiones al pueblo. Pese a que los nobles solían comenzar su carrera política ocupando otras magistraturas, Graco provocó un escándalo al presentarse al Tribunado de la Plebe, cargo normalmente ocupado por plebeyos y que consistía en defender los intereses de esta clase social. El tribuno era inviolable por ley (atentar contra el Tribuno era considerado sacrilegio) y podía interponer veto a cualquier decisión del Senado que perjudicase los intereses plebeyos. Amparado por su creciente popularidad, Tiberio arrasó en las elecciones y ocupó el tribunado de la plebe junto a Marco Octavio.

La Asamblea de la Plebe era el lugar donde se reunían los plebeyos. Era un

La Asamblea de la Plebe era el lugar donde se reunían los plebeyos. Era un “Senado” popular que debía aprobar las propuestas del Tribuno de la Plebe. El tribuno Cayo Graco presidiendo la Asamblea de la Plebe, grabado de Silvestre David Mirys.

El tribuno presentó a la Asamblea de la Plebe la Lex Sempronia. Era una ley muy reformista aunque respetaba parte de los privilegios de los terratenientes. Legalmente, ningún ciudadano romano podía poseer más de 125 hectáreas del suelo público. Normalmente los terratenientes superaban sin escrúpulos ese límite. La idea de Graco era hacer lo respetasen y expropiar los lotes de tierra de los grandes propietarios que excediesen las 125 hectáreas. Sin embargo, para apaciguar los encendidos ánimos de los optimates, incluyó una enmienda. Al límite de 125 hectáreas se le sumarían 65 adicionales por cada hijo. Con esta medida se respetaba el predominio de los grandes propietarios pero se obtendrían tierras que serían repartidas en lotes de 7,5 hectáreas a los ciudadanos sin propiedades.

Pese a que el joven había tratado de apaciguar al Senado ampliando el límite de tierras con un hábil recurso legal, la ley despertó la indignación de los patricios más conservadores. Éstos ordenaron a su marioneta Marco Octavio que vetase la propuesta de su colega. Graco no se amilanó y recogió el guante del desafío senatorial. Decidió proponer a la Asamblea la destitución de su compañero con el argumento de que velaba por los intereses de los poderosos y no por los de la plebe. El pueblo votó de manera unánime la destitución de Octavio. Era una medida sin precedentes que enfureció más aún a los senadores y que hizo que Tiberio Graco perdiera el apoyo de los pocos senadores que simpatizaban con él.

Libre de obstáculos, el tribuno logró aprobar la Lex Sempronia. Poco después llegó a Roma la noticia de la muerte de Atalo, rey de Pérgamo que había dejado su tesoro y su reino como herencia al pueblo romano. Graco propuso emplear las riquezas del monarca en comprar el equipamiento necesario para que los nuevos granjeros pudiesen explotar sus granjas. Nuevamente se encontró con el rechazo del Senado que hizo correr el rumor de que Tiberio quería ganarse el favor de la plebe con el objetivo de proclamarse rey de Roma. Esta era una acusación muy grave: en Roma los reyes eran odiados desde la derogación de la Monarquía.

El Tribuno de la Plebe ocupaba el puesto durante un año y estaba prohibido volver a presentarse al cargo. Tiberio sabía que cuando su mandato expirase sería llevado a los tribunales para dar cuenta de sus acciones. Incluso sospechaba que los damnificados terratenientes podrían atentar contra su vida, abolir la ley y volver al anterior statu-quo. Ante estas circunstancias, el joven insinuó la opción de reformar la ley para poder ser reelegido Tribuno. Finalmente decidió ignorar la prohibición y se volvió a presentar a las elecciones. Esto reforzó el argumento de los patricios de que Graco quería establecer una tiranía y gobernar indefinidamente a través de la plebe.

El día que se votaban los cargos para el nuevo año la Asamblea se reunió como de costumbre en el Capitolio. Los enemigos de Tiberio sabían que el momento de acabar con su rival era aquel. Oficialmente ya no era Tribuno de la Plebe y, por tanto, había dejado de ser inviolable. Bajo el argumento de que defendían la legalidad republicana, unos cuantos exaltados asaltaron el Templo y atacaron a Tiberio Graco. El joven fue asesinado junto a todos sus partidarios y su cuerpo arrojado al Tíber para evitar posibles tumultos en su funeral.  Era la primera vez que se empleaba la violencia en Roma para resolver problemas políticos. La primera gota de sangre de un largo periodo de guerras civiles había sido derramada. Su hermano Cayo seguiría sus pasos una década después con idéntico final. Pero esa ya es otra historia.

Para saber más

Historia National Geographic, número 140 La rebelión de los Gracos pags 54-63

Historia social de Roma, Geza Alfoldy

Documental La Antigua Roma, Capítulo 1 Revolución, producido por BBC

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El desastroso reinado de Honorio

Roma dio un pequeño número de grandes emperadores y un elevado número de nefastos gobernantes. Entre los candidatos al dudoso honor de peor emperador de Roma sobresalen nombres como Filipo el Árabe, Caracalla, Heliogábalo o Valeriano. Uno de ellos, que además para desgracia romana tuvo un largo reinado, fue Honorio quien jugó un papel fundamental a la hora de comprender la caída del Imperio Romano.

Tras la muerte de Teodosio en 395 d.C. el Imperio Romano fue dividido entre sus dos hijos. Esto no fue una novedad históricamente hablando, el Imperio ya se había dividido anteriormente para tratar de hacerlo más manejable. La importancia de este reparto fue que el Imperio ya no se volvería a reunificar jamás. Su hijo Arcadio, que heredó la parte oriental, y sobre todo su nieto Teodosio II supieron asentar las bases que aseguraron la supervivencia del Imperio Romano Oriental durante más de un milenio. En Occidente su hijo Honorio no tuvo tanta fortuna y llevó sus dominios a una situación tan delicada que el Imperio Occidental acabó desapareciendo en 476. Cuando Honorio heredó la púrpura imperial de su padre apenas tenía once años. Su padre Teodosio le encomendó a uno de sus generales de mayor confianza, Estilicón. Éste era un hábil militar de origen vándalo que había logrado ascender hasta los más elevados puestos del ejército. Era un hombre leal que pronto se ganó la enemistad del resto de la corte de Honorio debido a su enorme ascendencia sobre el joven emperador, quien obedecía en todo a su mentor. De hecho, se casó con una de las hijas de Estilicón y cuando ésta murió fue sustituida por una de sus hermanas.

El Imperio que heredó Honorio estaba en una situación complicada. El Cristianismo ya había sido proclamado religión oficial pero aún persistía en el Senado una importante facción pagana que había intentado aupar al trono al usurpador Eugenio en 392. A la inestabilidad interna, agravada por la crisis urbana, económica y demográfica, se unía la amenaza exterior. Los bárbaros, atraídos por el declive imperial, cada vez eran más belicosos y agresivos. En los inicios del reinado de Honorio aún resonaban los ecos de la Batalla de Adrianópolis en la que perdió la vida el emperador Valente.

En 406 importantes contingentes vándalos, suevos y alanos lograron romper la frontera del Rin y sembraron el caos en la Galia e Hispania. Britania, por su parte, había sido abandonada cuando el gobernador militar Constantino se autoproclamó emperador, se llevó las tropas a la Galia e instauró un gobierno en Arlés. Los romanos nunca volverían a la isla. Por si fuera poco, el Imperio Oriental había logrado repeler a los visigodos de Alarico, quien decidió poner rumbo a poniente. El rey godo exigía un puesto como magister militum en una de las provincias del Imperio. Tras una serie de escaramuzas en las que fue derrotado por Estilicón, quien además logró capturar a la esposa e hijos del godo, se llegó a un acuerdo y concedieron el cargo al rey aunque sin asignarle ninguna provincia. Transcurrieron dos años en paz hasta que el conflicto de Honorio contra Constantino III se agudizó y Alarico decidió sacar tajada. Amenazó con invadir de nuevo Italia a no ser que le pagasen cuatro mil libras de oro. Estilicón decidió que valía la pena pagar al bárbaro y reforzar el maltrecho ejército romano con las huestes godas para luchar contra Constantino. Despojó a los senadores de sus tesoros, poniéndose en su contra a todos los nobles de la Ciudad Eterna, y pagó el tributo a Alarico.

Estilicón ya tenía en contra a los senadores y al resto de consejeros de Honorio. Sólo faltaba una oportunidad para poner en marcha una conjura. La muerte de Arcadio en 408 les dio el pretexto que buscaban. Estilicón y Honorio anunciaron que viajarían a Constantinopla para supervisar que la corona pasase a Teodosio, el joven hijo del desaparecido emperador. Los enemigos de Estilicón lograron convencer a Honorio de que éste quería arrebatar los derechos al pequeño Teodosio y proclamar a uno de sus hijos emperador de Oriente. Honorio ya temía que Estilicón diese un golpe de mando y se proclamase amo de Occidente por lo que ordenó el arresto de Estilicón. Cuando el general entró en Rávena fue detenido y ejecutado. Roma había perdido a uno de sus hombres fuertes. Su puesto como principal consejero pasó a manos de un funcionario llamado Olimpio. Se inició una purga de todos los seguidores de Estilicón y su hijo fue asesinado.

La noticia de la muerte de Estilicón fue como un jarro de agua fría para Alarico. El rey pensaba que el único romano en quien podía confiar era en el general vándalo. Por ello consideró invalidado el acuerdo al que había llegado con el Imperio y se lanzó a la invasión de Italia. Concretamente se dirigió contra la eterna Roma. Honorio se negó a negociar con Alarico y abandonó la ciudad a su suerte. Los romanos sabían que no podrían resistir y enviaron una delegación senatorial a negociar con Alarico. Éste expuso sus condiciones: quería la liberación de todos los esclavos de origen bárbaro y todo el oro y la plata de la ciudad. Los senadores, escandalizados, le preguntaron qué les permitiría quedarse. El rey, lacónico, les contestó “Con vuestra vida”. Finalmente los senadores desvistieron a los antiguos templos paganos de todos sus metales preciosos y se los entregaron a Alarico: un total de cinco mil libras de oro y tres mil de plata, además de la liberación de todos los esclavos bárbaros. Tras ello Alarico abandonó el sitio y trató de volver a negociar con Honorio. Exigía su vieja aspiración: una provincia sobre la que gobernar como magister militum con tierras para alimentar a su pueblo. Honorio volvió a negarse a dialogar con él.

Alarico puso de nuevo rumbo a Roma. Esta vez no exigía rescate sino que reunió al Senado y le ordenó que escogiese de entre sus miembros a un nuevo emperador. Los senadores eligieron a Prisco Atalo quien fue aclamado emperador por Alarico. La jugada era astuta. Si Atalo se hacía con el poder le concedería sus peticiones y si no lo lograba al menos Alarico podría meter presión a Honorio para negociar con él. La clave para que el nuevo emperador lograse hacerse de forma efectiva con las riendas del Imperio residía en que las demás provincias le aceptasen como mandatario supremo. No lo hicieron. La negativa de África a reconocerle emperador fue el golpe definitivo. Sin el trigo de África Atalo no tenía ninguna opción de vencer en una hipotética guerra civil. Alarico tuvo que volver a cambiar de bando en este juego de tronos y depuso a Atalo para ganarse el favor de Honorio.

Tras una breve tregua las hostilidades se reanudaron cuando los romanos tendieron una emboscada a los visigodos. Concretamente se habla de que fue iniciativa de un oficial godo llamado Saro, un antiguo pretendiente a la corona que en ese momento ostentaba Alarico. Tras perder la corona se había unido al ejército romano llevándose consigo un odio visceral hacia el monarca, algo que fue fundamental a la hora de ignorar sus órdenes y atacar a sus antiguos camaradas. Los visigodos lograron repeler el ataque pero Alarico se puso furioso: pensaba que era la enésima traición de Honorio. Envalentonados, decidieron dirigirse a Roma para, esta vez sí, saquear la ciudad. El Saqueo de Roma de 410 pasó a la historia por el gran impacto moral que supuso. Roma llevaba siendo inviolable desde los tiempos del galo Breno, quien saqueó la ciudad a comienzos del siglo IV a.C. Parece ser que las puertas de la muralla fueron abiertas por unos esclavos que Alarico había regalado al Senado. Los visigodos robaron y saquearon todas las riquezas que pudieron aunque su rey les obligó a respetar las Iglesias como lugar de culto. Se cuenta que cuando Honorio recibió las noticias del saqueo de Roma lloró desconsoladamente al comprender que pasaría a la historia como el emperador que permitió que se cometiese ese sacrilegio contra la Ciudad Eterna. Otra de las historias que circularon por la época inciden en la debilidad y el carácter de Honorio. Según esta versión, cuando le comunicaron al Emperador la caida de Roma éste entendió que hablaban de la muerte de su gallo favorito llamado Roma. Desconcertado exclamó: “Y, sin embargo, hace un momento que comía de mi mano”.

El emperador Honorio rodeado de sus cortesanos. Honorio tenía poca personalidad y solía pasar el tiempo alimentando a los gansos de su propia mano, tal y como sale representado en la obra Los favoritos del emperador de John William Waterhouse, 1883.

El emperador Honorio rodeado de sus cortesanos. Honorio tenía poca personalidad y solía pasar el tiempo alimentando a los gansos de su propia mano, tal y como sale representado en la obra Los favoritos del emperador de John William Waterhouse, 1883.

Poco después del saqueo Alarico moría víctima de unas fiebres cuando proyectaba cruzar con su pueblo a África para instalarse allí. Su heredero fue Ataúlfo, quien se casó con la hermana de Honorio: Gala Placidia. Los visigodos secuestraron a la princesa durante el Saqueo de Roma y entre ellos surgió el amor. El antiguo emperador Atalo cantó la canción de bodas durante la ceremonia, motivo por el que Ataúlfo le volvió a nombrar emperador de Occidente. El rey visigodo y la princesa romana tuvieron un hijo que recibió el significativo nombre de Teodosio, quien sabe si con vistas a que fuese el primer emperador romano de origen bárbaro. En cualquier caso su hijo no superó la niñez y sus planes fueron truncados por el destino. Mientras, las cosas habían mejorado para Honorio. Constantino III había sido vencido y asesinado gracias a uno de sus generales, Constancio, quien ascendió hasta monopolizar la influencia sobre el Emperador.

El sucesor de Ataúlfo, Walia, quiso arreglarse con los romanos. Devolvió a Gala Placidia a su hermano Honorio y firmó un foedus por el que se comprometía a expulsar de la Península Ibérica a los vándalos, suevos y alanos. A cambio le entregaban la eterna aspiración de Alarico: tierras. Honorio le cedió la Septimania, en el sur de Francia, germen de la futura expansión goda por la antigua Hispania. En el séquito de la princesa iba Atalo. Debido a que no representaba ningún peligro se le permitió vivir aunque le cortaron dos dedos en alusión a las dos veces que había usurpado la púrpura imperial y fue desterrado a la isla de Lipari, al norte de Sicilia. Honorio entregó la mano de Gala Placidia a Constancio, quien además fue honrado con el cargo de coemperador convirtiéndose en heredero presunto ya que Honorio aún no tenía hijos. Constancio, por su parte, concebió con Gala Placidia al pequeño Valentiniano.

Constancio murió en 422 y Honorio falleció un año más tarde, a los 39 y tras 27 de desastroso reinado. A su muerte el trono, tras una breve pugna, acabó pasando a su sobrino Valentiniano III pero debido a su corta edad su madre tuvo que hacerse cargo de la regencia. El resumen del reinado de Honorio es catastrófico: constantes usurpaciones de sus oficiales y senadores y pérdidas de numerosos territorios entre los que sobresalen Britania e Hispania. Al perder las provincias, ya fuese por ser abandonadas o por la firma de foedus con los bárbaros, Roma perdía fuentes de ingresos y de hombres para defenderse. Todo esto redundó en el constante empobrecimiento de Roma y en su dependencia exterior al necesitar en todo momento la ayuda militar de Constantinopla. Pero, sobre todo, el mayor deshonor que aconteció durante el reinado de Honorio fue el Saqueo de Roma que asestó un tremendísimo golpe moral al corazón romano. Había quedado patente que el Imperio no era ni inmortal ni invencible. Las primeras páginas para la caída de Roma ya habían sido escritas.

Para saber más

La caida del Imperio Romano, Adrian Goldsworthy

National Geographic Historia, especial Roma, El saqueo de Roma, páginas 66-73

Documental La Antigua Roma, Capítulo 6 La caída de Roma, producido por BBC

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Diez papas con un final sorprendente

La Iglesia comenzó su existencia hace casi 2.000 años, cuando Jesucristo entregó las llaves del Reino de los Cielos a San Pedro. Desde entonces 266 pontífices han sido los vicarios de Cristo en la Tierra. La muerte de alguno de ellos dista mucho de ser un tranquilo y pacífico viaje para reunirse con su creador. Hoy repasamos las sorprendentes, y algunas de ellas violentas, muertes de diez de ellos:

San Clemente I (89-97): Cuarto papa de la Iglesia Católica. Una de las leyendas sobre el pontífice cuenta que fue deportado al Quersoneso Taúrico (Crimea). Allí fue obligado a trabajar en una cantera de piedra como esclavo con durísimas condiciones de vida. El Papa se apiadó de sus compañeros de cautiverio los cuales, literalmente, se morían de sed. Un día estaba orando cuando vio a un cordero encima de una colina. El Pontífice tomó un pico y golpeó el suelo donde se hallaba el cordero comenzando a brotar agua de la colina. El resto de esclavos, sorprendidos, pudieron saciar su sed y se convirtieron al Cristianismo. Esto enfadó sobremanera a sus captores, quienes decidieron castigar a Clemente de forma ejemplar. Le ataron un ancla al cuello y lo arrojaron al Mar Negro convirtiéndole de esta manera en mártir.

Martirio de San Clemente de Pier Leone Ghezzi, 1724. Pinacoteca vaticana.

Martirio de San Clemente de Pier Leone Ghezzi, 1724. Pinacoteca vaticana.

San Esteban I (254-257): Vigésimo tercer papa de la Iglesia. Su pontificado estuvo plagado de controversias internas. Se debatía sobre si a aquellos que caían en la herejía era necesario bautizarlos nuevamente antes de permitirles regresar al redil del señor. Esteban fue un destacado opositor de esta idea. Su pontificado coincidió con el imperio de Valeriano, quien trató de reintroducir el culto al emperador para reforzar su figura, muy cuestionada en el convulso siglo III romano. Los cristianos se negaron a ello por lo que se desató una gran persecución. Durante la celebración de una misa, mientras Esteban estaba sentado en su trono, irrumpieron de forma violenta enviados imperiales. Uno de ellos decapitó al Papa regando su asiento con la sangre papal. El trono fue custodiado por la Iglesia como reliquia hasta el siglo XVIII.

Icono del papa Esteban I.

Icono del papa Esteban I.

Juan VIII (872-882): Papa número 107 de la Iglesia. Su pontificado se engloba en los llamados Siglos de Hierro de la Iglesia, en los cuales las familias nobiliarias romanas controlaban a su antojo la elección de los papas, pereciendo muchos de ellos de forma violenta. Se perseguía tener un aliado para los intereses meramente terrenales de las poderosas familias, por lo que la Iglesia entró en un grave descrédito. Durante su gobierno tuvo que hacer frente a la controversia con el patriarca constantinopolitano Focio. Las diferencias entre la doctrina latina y la oriental se habían ido acrecentando con el paso de los siglos y temas como la “Cláusula filioque” las dividían profundamente. En el plano más político, Juan tuvo que moverse entre los aspirantes a las coronas que se habían desgajado del Imperio Carolingio. Esto le suscitó la enemistad de los personajes a los que no había apoyado. Cierta noche, un personaje cercano a su círculo de confianza, tal vez un pariente, fue a visitarle. Los Anales de Fulda afirman que su huesped envenenó su bebida. El veneno tardaba en hacer efecto y su visitante comenzó a ponerse nervioso, por lo que cogió un martillo y acabó a golpes con la vida del papa Juan VIII.

Ilustración del libro Vidas y tiempos de los papas, de Chevalier Artaud de Montor.

Ilustración del libro Vidas y tiempos de los papas, de Chevalier Artaud de Montor.

Formoso (891-896): Papa número 111 de la Iglesia y antiguo rival de Juan VIII. Formoso fue controlado por Guido y Lamberto, de la familia Spoleto, quienes le forzaron a coronarles emperadores. Poco después de la muerte de Guido, Formoso traicionó a Lamberto y contactó con el noble alemán Arnulfo de Carintia, al que le pidió que invadiese Italia para liberarle de los Spoleto. Como recompensa le prometió que le coronaría emperador. Este Papa murió de forma natural, sin embargo los extraños sucesos que tuvieron lugar tras su muerte le merecen un lugar en esta lista. El segundo de sus sucesores, Esteban VI, se alió con Lamberto de Spoleto a quien volvió a situar en el trono italiano. El Emperador y el Papa impulsaron la celebración de un juicio post-mortem a Formoso, acusándole de traición y abandono de la diócesis que tenía en Oporto y que dejó tras ser elegido Sumo Pontífice. Su cadáver fue desenterrado, revestido con los símbolos del poder papal y sentado en el trono. Allí le leyeron las acusaciones y le encontraron culpable. Como castigo le fueron retirando uno a uno sus ornamentos papales, declararon inválida su elección, le cortaron los tres dedos con los que impartía las bendiciones y su cadáver fue escondido en un lugar indeterminado. No acabó ahí el martirio al cadáver del pobre Formoso. Poco después se le volvió a exhumar para juzgarle de nuevo. Tras el juicio su cuerpo fue arrojado al Tíber, de donde fue recuperado al cabo de unos días por un pescador. Este hecho ha pasado a la historia como el Sínodo del cadáver.

El papa Formoso y Esteban VI, pintado por Jean-Paul Laurens.

El papa Formoso y Esteban VI, pintado por Jean-Paul Laurens.

León VII (936-939): Papa número 126 de la Iglesia Católica. Su pontificado se engloba en la “Pornocracia”, un periodo de unos 60 años en el que la madre, Teodora, la hija, Marozia, y el nieto, Alberico II, de una familia de senadores romanos controlaron la elección papal. Se llegó a generar una dinastía de Papas en el que el trono pasaba de padre a hijo. Como curiosidad, algunos sitúan en este periodo el pontificado de la legendaria papisa Juana. León VII era un sencillo monje benedictino que trató de aprovechar su ascenso al trono para reorganizar la vida monástica de Europa. El papa León murió de un infarto al corazón mientras mantenía relaciones sexuales.

Icono del papa León VII.

Icono del papa León VII.

Juan XII (955-964): Papa número 130 de la Iglesia. Su pontificado también se encuadra en la Pornocracia. Se cree que Juan XII era hijo ilegítimo de Alberico II y fue elegido Papa a los dieciocho años. Juan XII era un muchacho muy terrenal más apegado a los placeres de la carne que a proteger el legado espiritual de Cristo. Durante su pontificado la corona italiana quedó unida a la alemana en la figura de Otón I. Un día el joven Papa se prendó de una joven y bella muchacha que estaba casada. Que la chica estuviese unida a su esposo por un sacramento indisoluble no fue impedimento para el Papa. Mientras realizaban el acto sexual los jóvenes amantes fueron sorprendidos por el marido, quien celoso y furioso asesinó a Juan.

El papa Juan XII.

El papa Juan XII.

Adriano IV (1154-1159): Papa número 169, el único inglés de la historia. Su pontificado estuvo marcado por la lucha contra el emperador Federico I Barbarroja respecto a quien debía tener la hegemonía en el orbe católico: el Papado o el Imperio. El control de la Italia del Norte y la designación de los obispados alemanes eran las demandas del Emperador. Adriano IV también tuvo enfrentamientos con el reino normando de Sicilia que al igual que Alemania aspiraba a designar sus propios obispos. Su muerte ha sido motivo de controversia: se bajó del caballo para beber agua y murió de forma fulminante. Algunos se inclinan por un infarto al corazón, otros hablan de muerte súbita. Los más imaginativos, cuya versión recogemos aquí, exponen que cuando Adriano estaba bebiendo agua una mosca se introdujo en su garganta, produciéndole la asfixia.

Imagen del papa Adriano IV en la catedral de Notre Dame.

Imagen del papa Adriano IV en la catedral de Notre Dame.

Juan XXI (1276-1277): Papa número 187 de la Iglesia Católica, el único portugués de la historia. Su pontificado, muy breve, estuvo marcado por los intentos de asentar la unión con la Iglesia Ortodoxa en la que se habían producido avances casi definitivos en tiempos de su predecesor Gregorio X. Trató de desembarazarse de Carlos de Anjou, rey de Sicilia cuya influencia en el Papado había sido decisiva durante los últimos quince años. Juan había remodelado el Palacio Papal de Viterbo, donde se hallaba la Santa Sede debido a la inestabilidad que había en Roma. Una noche mientras dormía en los aposentos de su renovado palacio el techo se derrumbó. El Papa fue gravemente herido y expiró tras unos días debatiéndose entre la vida y la muerte.

Imagen del papa Juan XXI.

Imagen del papa Juan XXI.

Paulo II (1464-1471): Papa número 211 de la Iglesia Católica. Su época era la de la amenaza turca, el progresivo embellecimiento de la Roma renacentista, el conciliarismo y las cada vez mayores demandas de purificación del Papado que acabarían desembocando en la Reforma Protestante. Como curiosidad quiso llamarse Formoso II, como su famoso predecesor, pero fue disuadido y optó por Paulo II. Oficialmente la muerte de Paulo se debió a una indigestión tras comer melón. Sin embargo, hay una leyenda mucho más maliciosa que hace mención a la fama de homosexual que rodeaba al Pontífice. Esta versión habla de que el Papa murió de forma fulminante mientras era sodomizado por un paje. Una muerte ciertamente comprometedora para el vicario de Cristo en la Tierra.

El papa Paulo II. Retrato de Cristofano dell' Altissimo.

El papa Paulo II. Retrato de Cristofano dell’ Altissimo.

Inocencio VIII (1484-1492): Papa número 213 de la Iglesia Católica. Predecesor del conocidísimo, por su maldad, papa español Alejandro VI también conocido como Rodrigo Borgia. Inocencio también tuvo sus pecados: apoyó incondicionalmente a los Reyes Católicos a la hora de extender la Inquisición desde Aragón a Castilla y nombró como Inquisidor General a otro español de infausta fama, Tomás de Torquemada. Su pontificado fue el de un mundo cambiante que definitivamente dejaba atrás la Edad Media y abría sus brazos a la modernidad. Fue el último papa antes del Descubrimiento de América e incluso hay quienes aseguran que fue el padre de Cristobal Colón. Su muerte refleja uno de estos avances, la incipiente curiosidad científica. Aquejado de una grave dolencia, llamó a un médico judío, profesión en la que los judíos tenían gran fama. Éste intentó probar una arriesgada operación: la primera transfusión de sangre de la historia. Los “donantes” fueron tres inocentes niños que perdieron la vida en la operación. La sangre le fue administrada por vía oral a Inocencio, quien también murió en el proceso.

El papa Inocencio VIII.

El papa Inocencio VIII.

A partir del siglo XVI los pontífices irán teniendo una mayor seguridad y, por lo general, morirán de forma pacífica. Los Estados Pontificios dejaban atrás su convulsa Edad Media.