El saqueo vikingo de Roma

Los vikingos siempre han levantado fascinación. Aquellos hombres, vilipendiados por sus coetáneos como salvajes sanguinarios, crean pasiones especialmente en el mundo anglosajón que ve en ellos parte fundamental de su historia y sus orígenes. Los relatos de la época, centrados en la gran destrucción que propiciaban los saqueos de aquellos indómitos hombres, se mezclan con los relatos nórdicos elaborados por los propios vikingos. Dichos relatos se agrupan en sagas y narran eventos históricos de manera épica, en ocasiones con la participación de personajes mitológicos.

Uno de los famosos saqueos vikingos que aterrorizaron Europa fue protagonizado por Bjorn Ragnarsson, uno de los hijos del legendario rey Ragnar Lodbrok. Siguiendo la estela paterna, Bjorn estaba muy interesado por las riquezas que había allende los mares. Fue de la mano de un errante viajero cuando el caudillo nórdico oyó hablar por primera vez de una ciudad llena de innumerables riquezas: Roma, la capital de la fe cristiana. Bjorn no pudo resistir la tentación e inició los preparativos para lanzar una expedición hacia la Península Itálica. Tras obtener los barcos y los hombres necesarios para llevar a cabo su empresa se hizo a la mar. La armada vikinga bajó por Francia y bordeó la costa cantábrica hasta desembarcar en Galicia, donde la tripulación erróneamente creyó que había muchas riquezas debido a la fastuosidad de uno de los faros del litoral. Pronto fueron rechazados por el rey asturiano Ramiro I por lo que volvieron a izar velas rumbo a Lisboa. Allí sufrieron una nueva derrota.

Bjorn ordenó a su desanimada tripulación seguir adelante, se adentraron en el Estrecho de Gibraltar y alcanzaron la desembocadura del Guadalquivir. Gracias al pequeño calado y tamaño de los drakares vikingos pudieron remontar el río y alcanzar Sevilla, una de las ciudades más populosas de al-Ándalus. Entonces se produjo el conocido saqueo de la capital hispalense. El emir andalusí Abderramán II no toleró la presencia de aquellos salvajes barbudos en sus tierras y se dirigió con una mesnada a batirse frente a los nórdicos, a quienes infringió una severa derrota. Resignado y obligado por la constante sangría de hombres, Bjorn ordenó volver a sus tierras originarias en la Península Escandinava para reponer fuerzas. Poco después puso en marcha una segunda expedición hacia la Ciudad Eterna.

En esta ocasión siguieron idéntico itinerario que en el primer viaje. Bajaron por Francia bordeando el norte de España hasta alcanzar Santiago. La ciudad había obtenido gran fama debido a la presencia de la tumba del apóstol. Bjorn decidió saquearla pero Ordoño I, sucesor de aquel Ramiro I que ya les venció en su anterior viaje, le pagó un tributo a cambio de que respetara el lugar del eterno descanso de Santiago. Los vikingos continuaron su viaje descendiendo por la Península hasta alcanzar Algeciras y posteriormente Sevilla donde de nuevo fueron derrotados por los musulmanes. Cansado de los peninsulares Bjorn y sus hombres descendieron hasta el norte de África saqueando las ciudades que encontraban a su paso.

A continuación, los nórdicos se adentraron en el Mediterráneo Occidental. Atacaron las Baleares y pasaron el invierno en una ciudad del sur de Francia. Su siguiente víctima fue Génova, después llegó el turno de Pisa. Bjorn cada vez estaba más cerca de su objetivo pero sus hombres estaban cansados de su larga estancia fuera de casa. Su tripulación deseaba dejar atrás el sueño romano, ciudad que además suponían que estaría muy bien defendida, llevarse consigo las sustanciales ganancias que habían obtenido en la expedición y volver a cultivar sus tierras en Escandinavia. Bjorn se negó en redondo e insistió en continuar: no habría vuelta atrás. Un día, tras muchos meses de sinsabores y luchas, al fin alcanzaron una ciudad que debido a su opulencia y su gran número de iglesias los vikingos identificaron con Roma.

Estatua situada en el municipio gallego de Catoira, en Galicia. Conmemora el ataque de los vikingos sobre la región. Imagen vía Wikicommons. Fotografía de Luis Miguel Bugallo Sánchez.

Estatua situada en el municipio gallego de Catoira, en Galicia. Conmemora el ataque de los vikingos sobre la región. Imagen vía Wikicommons. Fotografía de Luis Miguel Bugallo Sánchez.

El guerrero preparó todo para sitiar la ciudad pero transcurrieron largos meses sin que lograse ningún avance significativo. Los hombres de Bjorn cada vez estaban más descontentos y empezaba a fraguarse un motín. Un día el monarca de pronto se sintió enfermo. Tan enfermo que comenzó a preparar su tránsito hacia la otra vida. Envió a unos emisarios a la ciudad con la misión de que trajesen a su vuelta algunos hombres de Dios. Cuando entraron en su tienda el moribundo rey les dijo que quería el bautismo y ser enterrado en suelo sagrado cuando expirase. Finalmente alcanzaron un acuerdo: Bjorn recibiría un funeral y sería inhumado en la principal iglesia de la urbe.

Poco después los nórdicos comunicaron a los religiosos que Bjorn había muerto. Todo se puso en marcha según se había acordado. Una pequeña guardia de honor portaría el féretro de su desaparecido rey rumbo a la iglesia, donde se celebraría un responso por su eterno descanso. Los atemorizados habitantes de la ciudad observaban con estupor a aquellos hombres sucios y salvajes que no hacía mucho les estaban sitiando y que ahora caminaban por las calles de la ciudad portando el ataúd de su jefe. Éste fue depositado en el altar mayor de la Iglesia y se procedió a realizar los ritos mortuorios.

El capellán que oficiaba la ceremonia ya estaba impartiendo la bendición a los presentes cuando ocurrió algo que desencajó a todos los asistentes al funeral: la tapa del féretro se estaba moviendo. Con gran estrépito Bjorn salió furioso de su ataúd enarbolando su espada como si acabase de volver del mismo infierno. La víctima de su furia fue el obispo que oficiaba la ceremonia y que fue asesinado sin piedad. Todo había sido una treta para que el monarca y su escogida guardia de corps pudieran entrar en la ciudad y ahorrarse los penosos meses de asedio. Protegido por sus guardianes, Bjorn llegó a las puertas de la ciudad y las abrió a su ejército. La ciudad fue saqueada, sus tesoros conquistados, sus mujeres violadas, la destrucción se había adueñado de la localidad. Como trofeo de guerra Bjorn decapitó al jefe de los religiosos romanos, aquel al que llamaban Papa, y se la llevó hacia tierras nórdicas para exhibirla entre el resto de jefes nórdicos.

Así fue como los vikingos, en concreto Bjorn, creyeron tener como tesoro la cabeza del Papa romano. Igual que la jugada del monarca para entrar en la ciudad había sido tremendamente astuta, éste pecó de ingenuidad en cuanto a la identificación de la misma. Los nórdicos no habían saqueado Roma sino una pequeña localidad llamada Luna situada unos doscientos kilómetros al norte de la Ciudad Eterna. El desconocimiento de cómo era exactamente Roma y las prisas por encontrarla y apaciguar a su turbulenta tripulación habían traicionado a Bjorn. Habían vuelto a caer en el error que cometieron al atacar Galicia en su primer viaje. Los vikingos fracasaron en esta empresa y Roma se salvó aunque desgraciadamente el obispo de Luna no pudo decir lo mismo.

Para saber más

Personajes de Vikings que existieron realmente

Correrías vikingas

Sagas nórdicas

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3 comentarios en “El saqueo vikingo de Roma

  1. Articulo erróneo: “….Con gran estrépito Bjorn salió furioso de su ataúd enarbolando su espada como si acabase de volver del mismo infierno….” esto no lo hizo Bjorn y menos aun en París. Cuidemos los detalles por favor que esto se supone que es una pagina de historia y no la serie Vikingos.

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  2. Articulo erróneo: “….Con gran estrépito Bjorn salió furioso de su ataúd enarbolando su espada como si acabase de volver del mismo infierno….” esto no lo hizo Bjorn y menos aun en París. Cuidemos los detalles por favor que esto se supone que es una pagina de historia y no la serie Vikingos.

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