El oro que asesinó al emperador Valeriano

El siglo III de Nuestra Era fue una etapa de caos, violencia y crisis. El poder romano, floreciente hasta el siglo II, comenzó a desmoronarse tras la muerte de Alejandro, último representante de la dinastía Severa. En el periodo comprendido entre el asesinato de Alejandro Severo en 235 d.C. y la llegada al trono de Diocleciano en 284 d.C. hubo un total de 49 gobernantes entre emperadores legítimos y usurpadores, lo que nos da la redonda cifra de emperador por año.

Todo este clima de guerra, caos y anarquía causó el colapso de la economía romana, la despoblación urbana, la contracción del comercio, motines en el ejército y otro sinfín de desgracias. Los bárbaros, atraídos por el debilitamiento de las fronteras, lanzaron incursiones de saqueo con mayor frecuencia. Por si esto fuera poco, la anarquía romana coincidió con el renacimiento del poder sasánida, estado localizado en los actuales Irak e Irán y tradicionales enemigos de Roma. En aquel siglo, Artabán IV fue depuesto por uno de sus gobernadores, Ardashir I. La nueva dinastía revitalizó Persia.

Bajo este conflicto sucesorio subyacían multitud de causas culturales, políticas y religiosas. Tanto Artabán como Ardashir eran iranios, pero el primero era parto y el segundo persa, dos de los pueblos que componían la etnia irania. El Imperio Parto había sido un estado fundamentalmente feudal y helenístico. Ardashir quería acabar con la, a su juicio, imparable decadencia cultural del estado y reivindicar su componente persa y zoroastra. Su otro gran objetivo era legitimar su poder, para lo que emprendió una serie de campañas contra el Imperio Romano. Tras su muerte, esta tarea fue retomada por su hijo Sapor I.

En el Imperio Romano gobernaba por aquel entonces Valeriano, quien llegó al trono en 253 d.C. tras derrotar en una guerra civil a Marco Emilio Emiliano. El emperador, al contrario que muchos de los gobernantes de la Roma del siglo III, había comenzado su carrera en la administración civil. Ocupó los cargos de censor y gobernador y provenía de una vieja familia patricia de la aristocracia romana, hecho que le valió el apoyo de un Senado que había visto mermar su poder. Poco después de ascender al trono, Sapor I declaró la guerra al Imperio Romano.

Valeriano decidió comandar él mismo la guerra, por lo que tuvo que viajar al escenario de la campaña: Oriente. El emperador necesitaba un ejército enorme para poder frenar a la formidable maquinaria bélica de los persas. Hasta el siglo II esto no había sido problema para los Augustos. La crisis económica, sin embargo, obligó a los gobernantes del siglo III a reducir el tamaño de sus ejércitos.

Valeriano necesitaba una fuente extraordinaria de recursos y la encontró en los cristianos. El emperador ordenó la ejecución de todos los obispos, diáconos y presbíteros del Imperio, una de las víctimas de esta persecución fue el célebre San Lorenzo, y confiscó los bienes de todos los cristianos. La cantidad que obtuvo le permitió crear el ejército necesario para la guerra.

San Lorenzo fue una de las víctimas de la persecución iniciada por Diocleciano. Obra de Tiziano, Iglesia de los Jesuitas de Venecia.

San Lorenzo fue una de las víctimas de la persecución iniciada por Diocleciano. Obra de Tiziano, Iglesia de los Jesuitas de Venecia.

Mientras, en Occidente pronto surgieron severas dificultades. Valeriano había delegado la administración de esta región en su hijo Galieno, un joven inexperto que cometió el error de desguarnecer la frontera del Rin al trasladar a Italia las tropas destinadas en la Galia. Los alamanes y francos aprovecharon la ocasión brindada e invadieron la provincia. El general Póstumo logró repeler la invasión pero acto seguido dio un golpe de estado y se autoproclamó emperador, siendo reconocido como tal en Hispania, Galia y Britania. Póstumo y sus herederos lograron mantener el control de dichas provincias y crear un estado rival que ha recibido el nombre de Imperio Galo. Roma reconquistó las tres provincias durante el reinado de Aureliano (270-275).

En Oriente las cosas no iban mejor para Valeriano, quien fue derrotado en la Batalla de Edesa. El grueso del ejército imperial fue destruido y el emperador no tenía más cristianos a los que confiscar sus bienes para crear un nuevo ejército. No le quedó más remedio que intentar negociar la paz con los persas, aún a costa de tener que hacer importantes concesiones. El emperador decidió enviar a Macrino el Viejo, su prefecto del pretorio, para parlamentar con Sapor I. El prefecto del pretorio era un cargo muy importante, comandante en jefe de la guardia personal del emperador y especie de primer ministro.

Macrino aspiraba a algo más que eso: quería la corona para sí y para sus hijos. Decidió aprovechar la importante misión que su amo le había encargado para conspirar contra él, ganarse el apoyo del sha y autoproclamarse emperador. El astuto Sapor vio una gran ocasión para obtener ventajas territoriales y provocar una nueva guerra civil en Roma, por lo que apoyó encantado las aspiraciones del prefecto. Éste volvió al campamento de Valeriano comunicándole que Sapor estaba dispuesto a negociar una paz honrosa y que le invitaba a conferenciar en el campamento sasánida. El sha garantizaba la seguridad del emperador romano.

El confiado Valeriano accedió y acudió a parlamentar con sus enemigos. Cuando los dos monarcas se vieron, Sapor se separó de su escolta para saludarle. Valeriano, a caballo, hizo lo propio para corresponder a la cortesía. De repente emergió una lluvia de flechas que acabó con la exigua guardia personal de Valeriano. El emperador fue hecho prisionero.

Tal y como Sapor había calculado, en Roma empezó una guerra civil entre Macrino y Galieno. El sha no quiso pedir rescate por Valeriano, ya nadaba en oro y joyas. Prefirió divertirse a su costa. Unos días le usaba de criado, otros como montura. Era la mascota de la corte persa. Un día, Sapor ordenó que le atasen a una silla. Mientras Valeriano siguiese con vida existía el peligro de que los romanos fueran a rescatarle. El persa sujetó una olla llena de oro fundido y obligó al destronado emperador a bebérsela. Sí, es una escena que recuerda a cierta serie de televisión. El pobre Valeriano falleció pero sus penurias no terminaron ahí.

Sapor desolló su cadáver y le usó durante décadas como trofeo. Lo puso en uno de los templos del Imperio. Le divertía recibir a los embajadores romanos allí, delante del mutilado cadáver del que fue su emperador. Un triste final para alguien que había gobernado todo un Imperio.

Para saber más

Valeriano

Galieno

Crisis del siglo III

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La muerte de Viriato, Madrazo

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La muerte de Viriato es una pintura histórica realizada por el artista español José de Madrazo en 1807. A comienzos del siglo XIX el mundo vivía una época de cambio. A las ideas de progreso y esperanza por el futuro amparadas por el estallido de la Revolución Francesa les acompañó una reacción nostálgica que buscaba una época de pureza en el pasado. El Neoclasicismo y el Romanticismo se unen en este cuadro que explora uno de los hechos míticos de la historiografía española: la muerte del caudillo lusitano Viriato. David había comenzado a realizar obras temáticas sobre el sacrificio cívico de personajes de la Antigüedad. Madrazo pone aquí el ejemplo de Viriato, luchador por la libertad frente a la invasión romana. La estética también está muy influenciada por el pintor francés, con abundancia de ángulos rectos y las pomposas vestimentas de estilo griego. El centro de la composición lo forma el lecho del fallecido caudillo. La obra se puede ver en el Museo del Prado. Click para ampliar.

Hambre en Madrid: el Motín de los Gatos

Al grito de: “Viva el rey, muera el mal gobierno” miles de madrileños se dirigían al palacio del Conde de Oropesa, primer ministro del rey Carlos II. El motivo de su queja era la grave carestía de alimentos originada tras una época de malas cosechas que amenaza con provocar una hambruna sin precedentes. Aquel año fue uno de los más decisivos de la historia de España ya que el decrépito rey agonizaba mientras las camarillas de la corte se disputaban su enorme herencia.

Carlos II heredó la corona con cuatro años tras la muerte de su padre Felipe IV. Pronto se manifestó como un muchacho enfermizo que tenía sus capacidades intelectuales severamente mermadas debido a los matrimonios consanguíneos que los Habsburgo llevaban practicando desde hacía generaciones. El monarca tenía seis bisabuelos en lugar de ocho y diez tatarabuelos en lugar de dieciséis. Su coeficiente de consanguinidad era similar al de aquellos cuyos padres son hermanos.

La debilidad del rey provocó que el gobierno estuviera en mano de poderosos personajes de su entorno, como su hermanastro Juan José de Austria o el Padre Nithard. Tras su segundo matrimonio, en el cual la reina Mariana fingió once embarazos, se vio con claridad que Carlos iba a fallecer sin herederos. En la corte comenzó una guerra sin cuartel en la que dos partidos se disputaban la herencia del rey en vida. El primero era el borbónico que defendía que el heredero debía ser Felipe de Anjou, nieto del rey Luis XIV y su esposa María Teresa, quien a su vez era hija de Felipe IV de España y hermanastra de Carlos II. La facción era liderada por el arzobispo de Toledo, el cardenal Portocarrero.

Frente a estos se oponían los austracistas. Éstos estaban horrorizados ante la posibilidad de que la corona pasase al nieto del mayor enemigo de España durante el siglo XVII. Propugnaban que la corona debía quedar en la familia Habsburgo y encontraron a su candidato en la figura del archiduque Carlos de Austria, segundo hijo del emperador Leopoldo I. El archiduque tenía en la reina Mariana y en el valido real, el Conde de Oropesa, a sus mayores apoyos.

Los dos partidos protagonizaron toda una guerra de libelos y difamaciones mutuas. Cualquier acontecimiento que ocurriese en el reino sistemáticamente era explotado por las camarillas en su propio beneficio, tal y como ocurrió con el conocido exorcismo que practicaron al rey en 1698. Dos años antes Carlos II, en uno de los pocos actos de cordura que se le recuerdan, intentó acabar con la inestabilidad interna nombrando heredero a su sobrino-nieto: José Fernando de Baviera. El monarca optaba así por una solución de compromiso con la que esperaba satisfacer a los dos partidos. La muerte del pequeño heredero a los siete años de edad en febrero de 1699, algunos insinúan que envenenado, acabó con la esperanza de una salida pacífica y acentuó las rivalidades entre borbónicos y austracistas.

Los primeros aprovecharon la carestía de alimentos para incitar la ira del pueblo contra el Conde de Oropesa. La reina, y el partido austriaco en general, eran vistos con muy malos ojos por el pueblo llano por lo que a los difamadores borbónicos no les costó trabajo lograr su objetivo. Por las calles de la villa de Madrid corrió el rumor de que la esposa del Valido estaba acaparando grano y aceite para especular con ellos y enriquecerse. Los ánimos se caldearon y pronto el pueblo tuvo claro quiénes eran los culpables de la crisis: el Conde de Oropesa y su hombre de confianza y corregidor de la ciudad, don Francisco de Vargas.

Carlos II fue un rey enfermizo y estéril fruto de generaciones de matrimonios consanguíneos. Obra de Juan Carreño de Miranda.

Carlos II fue un rey enfermizo y estéril fruto de generaciones de matrimonios consanguíneos. Obra de Juan Carreño de Miranda.

Un día este último se encontraba paseando por uno de los mercados de Madrid. El lugar estaba lleno de gente, sobre todo de pordioseras que intentaban comprar lo máximo que pudieran con el mísero jornal que ganaban sus esposos. Una de ellas se lanzó furiosa contra el corregidor y le recriminó su falta de medidas ante una situación que había causado que ella, su esposo y sus seis hijos pasasen hambre.

El corregidor se desasió de ella, la miró con un profundo desprecio e irónicamente le aconsejó que la mejor medida que podría tomar era la de castrar a su marido para que no la hiciera tantos hijos. La malévola burla de Vargas fue la chispa que hizo prender una situación ya explosiva. Los que habían escuchado la discusión se precipitaron contra el corregidor para recriminarle sus malos modales. Unos pocos intentaron agredirle y el gobernante de la ciudad se vio obligado a refugiarse en un monasterio, lugar sagrado donde cualquier ataque contra él sería considerado sacrilegio.

La turba estaba furiosa y decidió dirigirse entonces al palacio del Conde de Oropesa bajo el cántico de “Viva el rey, muera el mal gobierno”, escena con la que comenzábamos el artículo. En ningún momento se quería derrocar al rey, considerado gobernante por derecho divino, sino apartarle de sus malos consejeros. Los amotinados se encontraron con que el palacio era protegido por un contingente armado, produciéndose a continuación un enfrentamiento que les costó la vida a varios manifestantes y que abortó su intento de linchar al Valido y quemar su palacio.

La gravedad de los disturbios llegó a oídos del rey que se vio obligado a asomarse, enfermo y decrépito, al balcón del antiguo Alcázar para suplicar perdón a los madrileños. Les aseguró que desconocía sus penosas condiciones de vida y les prometió que tomaría medidas.

El precio de la carne, el pan y el vino bajaron por lo que el paupérrimo nivel de vida de los madrileños mejoró, pero las medidas de mayor trascendencia afectaron a la corte. Los borbónicos sacaron un gran rédito del motín ya que la primera cabeza que éste se cobró fue la del Conde de Oropesa, sustituido como valido por el Cardenal de Portocarrero, principal partidario de Felipe de Anjou. Don Francisco de Vargas cayó junto a su influyente patrono y fue relevado por Francisco Ronquillo, también partidario de la opción francesa para el trono.

La diplomacia de Luis XIV se intensificó aprovechando el momento de mayor influencia de su partido en la corte española. En octubre de 1700 el moribundo Carlos II realizó un segundo testamento en el que nombraba heredero a Felipe. Un mes después falleció dando lugar a la Guerra de Sucesión, pero esa ya es otra historia.

Para saber más

Acuerdos para la división del Imperio Español (páginas 357, 358)

Resumen del reinado de Carlos II

Artículo académico con referencias muy interesantes como la evolución de los precios de 1695 a 1700

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El Parnaso, Mengs

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El Parnaso es una obra realizada por el pintor neoclásico Anton Raphael Mengs en el año 1761. El autor rescata temas de la antigüedad clásica y su estilo manifiesta una evidente idealización que recuerda a la de los pintores del Renacimiento. Concretamente, Mengs siempre admiró a Rafael Sanzio, quien también realizó una obra sobre El Parnaso y al cual aquí busca imitar. La columna dórica del centro de la imagen refleja esa admiración recuperada por la cultura griega. En la mitología griega El Parnaso era el lugar donde se reunían las musas y Apolo, protector de los poetas. Podemos ver al dios en el centro de la composición sujetando una lira, símbolo de la poesía y el canto, rodeado por las nueve musas. El Neoclasicismo también muestra un gran gusto por los ángulos rectos y la emisión de mensajes morales a sus espectadores, algo que desarrollará sobre todo el gran pintor de la Revolución: David. El Parnaso se puede ver en el Museo del Hermitage, en San Petesburgo.

La desastrosa Octava Cruzada

Luis IX (1214-1270) fue uno de los reyes más piadosos de su tiempo. A su afición por coleccionar reliquias, que acabó derivando en la construcción de la Sainte-Chapelle, se unió su vocación cruzada. El monarca francés protagonizó dos, la Séptima dirigida contra Egipto y la Octava contra Túnez. La primera fue desastrosa y en ella cayó prisionero, pero la segunda fue aún peor.

La Octava Cruzada comenzó en 1270 y contó con la participación de Luis IX, Carlos de Anjou, hermano de Luis y rey de Sicilia, Teobaldo I de Navarra y el futuro Eduardo I de Inglaterra, por aquel entonces Príncipe de Gales. El monarca siciliano participó en la Cruzada muy a su pesar, ya que interfería con sus planes de atacar el Imperio Bizantino para hacerse con su control. Sabedor de que no podía faltar a la cita cristiana, ya que la comparación con su piadosísimo hermano le dejaría en pésimo lugar, intentó reaprovechar la campaña en su favor.

Carlos detuvo los preparativos para el ataque contra Constantinopla y escribió una carta a Luis IX. El rey de Francia tenía pensado volver a atacar Egipto pero su hermano logró convencerle de las mayores ventajas de atacar Túnez. El reino norteafricano era un estorbo para Carlos de Anjou por dos motivos: En primer lugar, Túnez llevaba siglos pagando tributo a Sicilia pero su sultán aprovechó las guerras intestinas por el trono de la isla para desligarse de sus obligaciones. En segundo lugar, Túnez había sido lugar de refugio para los enemigos políticos de Carlos de Anjou. Éste toleró las afrentas esperando una oportunidad para vengarse del sultán. La Octava Cruzada se la había servido en bandeja.

El rey de Sicilia conocía el carácter piadoso de su hermano por lo que le deslizó que el sultán quería convertirse al catolicismo pero que sus enemigos en la corte se lo impedían. El apoyo moral de los cruzados decidiría al gobernante a dar el paso de convertirse y recuperar Túnez para la fe cristiana. Con el apoyo del nuevo reino católico obtendrían bases suficientes como para emprender una gran campaña contra Egipto. Luis estaba entusiasmado y aceptó de buen grado.

El rey de Francia, acompañado de sus tres hijos varones, pisó tierras norteafricanas el 17 de julio. No había elegido buena fecha para la campaña ya que el agobiante calor era inaguantable para los acorazados caballeros franceses. Además, el sultán tunecino no le había recibido con los brazos abiertos ni se había convertido al cristianismo sino que se atrincheró en su capital. Luis decidió esperar la llegada de los refuerzos e instaló su campamento en las ruinas de Cartago.

Los cruzados pronto tuvieron que hacer frente a un nuevo contratiempo: al sofocante calor se unió el estallido de una plaga de difteria y otra de tifus. La mitad del ejército enfermó lo que provocó una gran mortandad. Los altos mandos del ejército tampoco se libraron. El primero en fallecer fue el Legado Papal, garante del apoyo del Sumo Pontífice a la Cruzada. Dos de los hijos de Luis y el propio monarca también enfermaron. Su segundo hijo, Juan Tristán, falleció el 3 de agosto. Tres semanas después lo hacía Luis IX, quien por entonces tenía cincuenta y seis años de los cuales reinó cuarenta y cuatro. Su ejemplo de buen gobierno y su incansable lucha en defensa de la Iglesia motivaron su canonización veintisiete años después de su muerte. Su heredero Felipe, un hombre joven con mayor fortaleza física, se recobró de la enfermedad y fue coronado tras la muerte de su padre.

La muerte de Luis IX durante la Octava Cruzada supuso un duro varapalo para sus hombres.

La muerte de Luis IX durante la Octava Cruzada supuso un duro varapalo para sus hombres.

Justo el día después de la muerte de Luis, el rey de Sicilia hizo su aparición en el campamento cruzado. Llevaba tropas de refresco que mitigaron en parte la consternación de la causa cristiana, afligida por la muerte del buen monarca francés. Liderados por el recién proclamado Felipe III y su tío Carlos de Anjou, los cruzados lograron vencer en un par de escaramuzas al sultán tunecino. Ello les llevó a una posición de poder para obligar al gobernante africano a firmar un tratado por el que Carlos obtenía todos sus objetivos: recuperó el tributo tunecino, el sultán desterró de su reino a todos los refugiados y además correría con los gastos de la contienda y permitiría libertad de culto a los cristianos. Poco después, cuando ya se preparaban para la vuelta a casa, llegó Eduardo de Gales. Decepcionado porque la lucha ya había acabado, el inglés decidió seguir a Tierra Santa para emprender la que pasaría a la historia como la Novena Cruzada.

Los desastres de la Octava Cruzada aún no habían terminado. Mientras recogían sus pertrechos, la enfermedad siguió haciendo estragos en el campamento cristiano. Durante la travesía de vuelta a Sicilia Teobaldo I de Navarra enfermó, falleciendo poco después en el puerto de Trapani. Posteriormente, mientras los cruzados atravesaban Calabria, Isabel de Aragón, la nueva reina de Francia, cayó de su caballo y murió poco después debido a la gravedad de sus heridas. Lo que más le dolió a Carlos de Anjou aún estaba por llegar: poco después se levantó una gran tempestad que destruyó dieciocho de los barcos con los que el rey tenía pensado atacar Constantinopla, lo que le obligó a retrasar de nuevo su expedición. En total la Octava Cruzada le había costado la vida a miles de soldados, dos reyes, una reina, un príncipe y un legado papal. Un bagaje nefasto para los cristianos que participaron en una empresa que sólo benefició al ambicioso rey de Sicilia.

Para saber más

Novena Cruzada

Luis IX

Las Vísperas Sicilianas, Steven Runciman

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La carta, Vermeer

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La carta es una obra realizada por el artista holandés Johannes Vermeer entre 1669 y 1670. Nos representa el ambiente burgués característico de una sociedad mercantilista como la de los Países Bajos. A diferencia de Europa, allí los burgueses pronto alcanzaron una primacía y una importancia social que les convirtieron en los mejores clientes de una pintura que se aleja de lo cortesano para retratar temas profanos. La obra se puede clasificar como costumbrista, su intención no es narrar grandes historias mitológicas o religiosas, sino simplemente plasmar la vida cotidiana de las clases pudientes de la época. El artista pinta la escena desde un pequeño cuarto mostrando al espectador una escena intimista a la que no está invitado. Esa sensación se logra mediante la poca luz del cuartillo y una serie de obstáculos visuales como puede ser la escoba del primer término. La dama reflejada lee una carta de amor que le muestra a su sirvienta. El cuadro se puede ver en el Rijksmuseum de Ámsterdam.

La cuestión católica en Reino Unido: los jacobitas

Enrique VIII es uno de los personajes más conocidos de la historia inglesa. Sus seis matrimonios le han convertido en un personaje pintoresco, una especie de sanguinario coleccionista de mujeres. La mayor consecuencia de su vida matrimonial, cuyos ecos llegan hasta nuestros días, fue la separación de las iglesias de Inglaterra y Roma. Tanto si fue algo cuidadosamente planeado como si simplemente obedeció a los impulsos del monarca, el hecho es que la isla jamás retornó al catolicismo sino que posee su propia iglesia cuya cabeza es el rey o reina de turno.

La aparición del anglicanismo suscitó cierta oposición. La dura política religiosa emprendida por los gobernantes tuvo su efecto y la población terminó por aceptar la nueva situación, pero hubo algunos intentos por volver al redil católico. La reina María I es conocida por su fanatismo católico y su persecución de los partidarios de la Iglesia fundada por su padre Enrique. Sin embargo, el mayor intento de volver al Catolicismo tuvo lugar en el siglo XVII y fue protagonizado por Jacobo II y sus partidarios: los jacobitas.

Jacobo II no nació para ser rey, ya que fue el segundo hijo de Carlos I (1625-1649). Su camino hacia el trono se alejó aún más tras el estallido de la Revolución de 1648 que destronó, y posteriormente asesinó, a su padre y le condujo a él y a su hermano mayor al exilio. Los dos jóvenes tuvieron que esperar a la muerte del líder de los revolucionarios, Oliver Cromwell, para poder volver a su país natal. Entonces se reinstauró la monarquía y su hermano fue coronado rey con el nombre de Carlos II. Jacobo pasó a ser considerado el heredero presunto aunque no se esperaba que sucediera a su hermano, un hombre joven con muchos años por delante para engendrar descendencia.

Parece ser que Jacobo abrazó la fe católica entre los años 1668 y 1669, despertando los recelos de los aristócratas ingleses, férreos defensores del anglicanismo. Por ello, éstos fraguaron una camarilla de oposición al príncipe. El rey decidió nombrar a su hermano Almirante Mayor de Inglaterra pero los nobles lograron aprobar expresamente una ley en el Parlamento, el Acta de prueba, que obligaba a cualquier inglés que fuese a desempeñar un cargo en la administración o el ejército a abjurar públicamente de la doctrina católica. Jacobo, en un alarde de compromiso con sus ideas, se negó a realizarlo y renunció al cargo.

Con el paso de los años, los nobles británicos comenzaron a alarmarse. La reina Catalina ya sobrepasaba su edad fértil y no había conseguido darle un heredero varón a Carlos II, quien rehusó divorciarse de ella pese a que varios de sus consejeros se lo sugirieron. Los aristócratas veían cada vez más cercana la posibilidad de que Jacobo acabara convirtiéndose en rey de Inglaterra. Su oposición personal al príncipe y los desmanes cometidos por los anglicanos contra los católicos no les dibujaban un panorama alentador si Jacobo alcanzaba la corona.

Jacobo II tuvo que enfrentarse a la oposición de sus súbditos protestantes a causa de su fe católica. Fue depuesto en 1688. Obra de Nicolas de Largillière expuesta en el National Maritime Museum.

Jacobo II tuvo que enfrentarse a la oposición de sus súbditos protestantes a causa de su fe católica. Fue depuesto en 1688. Obra de Nicolas de Largillière expuesta en el National Maritime Museum.

Varios grandes de Inglaterra aconsejaron a Carlos II que legitimase a uno de sus numerosos bastardos, un muchacho valiente y capaz llamado James Scott, y le nombrara su sucesor. La reticencia del monarca a dejarle el trono de Inglaterra a un hijo ilegítimo motivó que los nobles decidieran volver a valerse del Parlamento tal y como hicieron con el Acta de Prueba. Su proyecto de ley, la llamada Ley de exclusión, prohibía expresamente que un católico ocupara el trono inglés. Los parlamentarios estaban decididos a aprobar la propuesta pero el rey, quien veía con simpatía al catolicismo y que no quería que el trono saliera de su familia, clausuró el parlamento antes de que se produjera la votación.

Finalmente, el rey murió en 1685 y, para consternación de sus súbditos protestantes, decidió convertirse al catolicismo en sus últimos momentos de vida. Su hermano Jacobo fue coronado de forma católica en una ceremonia privada antes de serlo de forma pública y según el rito anglicano en Canterbury. Pocos meses después de ascender al trono, el nuevo monarca tuvo que hacer frente a su primer desafío: su sobrino, James Scott, se rebeló y reivindicó la corona. El rey logró aplacar al Duque de Monmouth, título con el que Carlos había tratado de compensar a su hijo ilegítimo, derrotarle y apresarle. Tras un tiempo de cautiverio, James Scott fue ejecutado en la Torre de Londres.

Libre de obstáculos militares, Jacobo inició una ingente tarea legislativa con el objetivo final de establecer la libertad religiosa en Inglaterra. Abolió el Acta de prueba y elevó a prominentes católicos a altos puestos de la administración, permitió que los católicos retornasen a los puestos directivos de las universidades tras décadas de ostracismo y anuló las leyes que perseguían a los católicos y las demás minorías religiosas. Inglaterra parecía avanzar hacia la libertad religiosa. Sus antiguos enemigos protestantes criticaban a plena luz del día el camino por el que el monarca estaba llevando al país. Le acusaban de ser el principal agente de una conjuración papista destinada a acabar con el protestantismo en Inglaterra. Afirmaban que el rey era una marioneta en manos de su confesor, el jesuita Eduardo Petre. La campaña orquestada contra Jacobo II fue tan grande que incluso perdió los apoyos que tenía entre los sectores protestantes más tolerantes.

Los aristócratas aguantaron el gobierno del monarca con la esperanza de que a su muerte la corona pasara a su hija María, educada por orden de Carlos II en la fe anglicana. María estaba casada con Guillermo de Orange, estatúder de los Países Bajos y paladín del protestantismo. Si aquello ocurría era de esperar que las nuevas leyes de Jacobo fueran abolidas y su reinado pasara a ser una mera anécdota. Las esperanzas protestantes se vinieron abajo con el nacimiento del príncipe Jacobo Francisco Eduardo. El sucesor sería educado en la fe romana, por lo que los anglicanos se atemorizaron ante la perspectiva de que se instalase en Inglaterra de forma definitiva una dinastía católica.

Un grupo de nobles, conocidos como Los siete inmortales, se plantaron en este punto. Se pusieron en contacto con el yerno del rey, Guillermo de Orange, y le pidieron que invadiese Inglaterra y destronase a su rey papista. A cambio, él y su esposa María serían proclamados reyes de la isla. El estatúder aceptó la propuesta y comenzaron a preparar los pertrechos para llevar a cabo su empresa que pasaría a la historia como la Revolución Gloriosa de 1688. Los rumores llegaron a oídos de la corte de Londres y de París. Luis XIV, encantado con tener un colega católico en Inglaterra, ofreció ayuda a Jacobo II para derrotar a Guillermo de Orange. Sin embargo, el rey inglés, ebrio de gloria, decidió rechazar la ayuda. Confiaba en poder derrotar sin muchas dificultades al holandés y creía que ello afianzaría su posición al frente de Inglaterra.

Jacobo cometió un error capital al sobreestimar la lealtad que le guardaba el ejército. Cuando Guillermo invadió la isla, todos los oficiales protestantes del ejército real inglés desertaron y se pusieron a su servicio. El rey estaba derrotado antes de la lucha. Primero envió a su hijo y a su esposa a Francia y meses después él mismo intentó cruzar el Canal para refugiarse en la seguridad de la corte de París. Desgraciadamente para él, fue apresado antes de que pudiera hacerlo y trasladado a Kent. Guillermo tenía dos opciones: o bien le ejecutaba y eliminaba cualquier posibilidad de que Jacobo invadiera Inglaterra para recuperar su trono, algo que seguramente haría, o bien le salvaba la vida y le permitía marcharse al exilio. Finalmente se decidió por la segunda opción, no quería crear un mártir. El holandés reunió al Parlamento que resolvió que Jacobo había abdicado en la práctica cuando arrojó su sello real al Támesis y trató de huir. Desposeído de sus derechos se le permitió marcharse a Francia y reunirse con su familia.

Una vez en el exilio, Jacobo ideó la invasión de Irlanda, tradicional reducto del catolicismo. Para lograr su empresa contaría con refuerzos que Luis XIV le proporcionaría y que esta vez sí aceptó. La tentativa se saldó como un estrepitoso fracaso. Jacobo se vio obligado a volver a Francia y quedó desacreditado debido a su deshonrosa huida. Allí pasó el resto de su vida como católico devoto hasta su muerte en 1701.

Tras el fallecimiento de Jacobo II las potencias católicas reconocieron a su hijo Jacobo III como rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda. El joven había sido educado en Francia y se mantuvo como un fervoroso católico tal y como lo fue su padre. Su fe se convirtió en la seña de identidad de su causa. La guerra sucesoria en la práctica se había convertido en una cuestión religiosa. Apoyado por Francia, Jacobo III intentó invadir Escocia en 1715, allí contaba con el apoyo de católicos que le eran leales. Tras algunos éxitos iniciales, el muchacho pudo viajar a la isla e incluso instaló su corte en Scone, en la parte oriental del país. Su éxito fue efímero: la población ya había asimilado plenamente el anglicanismo y no deseaban la vuelta al trono de un rey católico. Amparados por sus mayores recursos militares, el ejército del rey Jorge I derrotó a las tropas del Viejo Pretendiente, como sería conocido para la posteridad.

Jacobo huyó a Roma y se puso en contacto con la España de Felipe V que le prometió hombres para una nueva invasión. Ésta tuvo lugar en 1719 y se saldó con un nuevo fracaso. El católico rey intentó organizar nuevas expediciones y defendió la justicia que amparaba su causa por todas las cortes europeas, más ocupadas por resolver los complicados problemas militares y diplomáticos del siglo XVIII que por atender la cuestión de un príncipe desposeído de su trono hacía más de medio siglo. Amargado por el fracaso de su empresa, Jacobo le cedió la jefatura de la familia y la responsabilidad de luchar por los derechos de los Estuardo a su hijo Carlos Eduardo, el Joven Pretendiente.

El joven recogió el desafío con ganas. Logró que Luis XV le prometiese refuerzos una vez se hubiese invadido la isla. Igual que hizo su padre décadas atrás, Carlos Eduardo viajó a Escocia en 1745, allí tenía el apoyo de los sectores católicos; logró ganarse el favor de la mayoría de los clanes del país y obtuvo una gran fuente de soldados gracias a los highlander, los feroces guerreros del norte de Escocia. A la cuestión religiosa ahora se sumaba la nacional: el sentimiento nacional escocés afloraba tras décadas de centralismo impuesto desde Londres. Los Estuardo habían salido de Escocia, los sentían como algo suyo y por ello el Joven Pretendiente logró organizar la invasión jacobita más seria de todas las que habían tenido lugar hasta la fecha.

Marcha de los guardias de Finchley. Muestra a los soldados británicos marchando a defender Londres tras la rebelión jacobita de 1745. Obra de William Hogharth.

Marcha de los guardias de Finchley. Muestra a los soldados británicos marchando a defender Londres tras la rebelión jacobita de 1745. Obra de William Hogharth.

Carlos logró avanzar y tomo Edimburgo, capital escocesa, y ciudades del norte de Inglaterra como Manchester. Allí se encontró con el primer revés hacia su, hasta entonces, victoriosa empresa. Sus tropas no eran vistas como liberadores sino como invasores. Sus informadores habían sobreestimado el favor que el catolicismo tenía en un país que era abrumadoramente anglicano. Su segundo revés llegó poco después: Luis XV no envió las tropas prometidas. Su ejército escocés no bastó para derrotar a Jorge II en la Batalla de Culloden de 1746. Carlos Eduardo huyó y se refugió durante unos meses en el norte de Escocia, donde era escondido por sus siempre fieles clanes escoceses. Posteriormente logró embarcar rumbo a Francia.

El varapalo fue acogido con desánimo por su padre Jacobo III, quien ya se veía portando la corona británica. La relación entre padre e hijo se enfrió cuando el primero apoyó a su segundo y último hijo Enrique a seguir la carrera eclesiástica. Carlos le recriminó que no le consultase como jefe de la familia. Si él no tenía hijos, y de momento no los tenía, la cuestión sucesoria debía pasar por Enrique.

El carácter del Joven Pretendiente se fue agriando con los años. Carlos vio esperanzado el estallido de la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Soñaba con que Luis XV decidiese aprovechar la coyuntura de la guerra para invadir la isla y reinstaurar a los Estuardo en el trono. El plan se consideró pero no fructificó. Jacobo III, el Viejo Pretendiente, murió poco después en 1766 sin recuperar la corona. El carácter de Carlos empeoró: se había hecho alcohólico y asiduo a los burdeles de París. Los aristócratas franceses le odiaban y exigieron a su rey que expulsase al pretendiente de sus dominios, por lo que Carlos tuvo que marcharse a Roma donde estaba su hermano Enrique, quien ya había llegado a cardenal. Tampoco pudo ganarse la simpatía del papado que le veía como un ser inmoral y que jamás llegó a reconocerle rey tal y como hizo con su padre. Enfermo y agotado, Carlos murió en 1788 y la jefatura de su casa recayó en su cardenalicio hermano.

A diferencia de Carlos, el conocido por sus partidarios como Enrique IX nunca mostró interés en sus derechos al trono británico. No preparó ninguna invasión ni se secularizó para tener descendencia. La Revolución Francesa le hizo perder gran parte de las  propiedades que su familia había acumulado en Francia por lo que murió en 1807 en condiciones modestas. Tras su muerte, la línea dinástica de los Estuardo se extinguió y Reino Unido al fin pudo respirar tranquilo. Más de un siglo después de que Guillermo de Orange perdonase la vida a Jacobo II al fin se había terminado el peligro de una invasión jacobita.

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