Dictador por seis días

Uno de los grandes mitos que hemos podido ver en múltiples series de televisión es el recelo y desprecio con el que muchos gobernantes hablan del poder que ellos mismos ostentan. “Yo sólo espero a que el estado no me necesite para poder retirarme a mi granja y vivir una vida tranquila” hemos podido oírles en múltiples ocasiones. Bueno, se lo hemos oido a gobernantes, a actrices e incluso a entrenadores de fútbol. En una ocasión leí, y creo que muy acertadamente, que este fenómeno se puede catalogar como “El síndrome de Cincinato”. ¿Quién es exactamente este Cincinato y por qué da nombre a este desprecio por el poder y amor por la vida natural?

La vida, o leyenda, de Lucio Quincio Cincinato nos viene de fuentes romanas como Tito Livio. Se cree que nació hacia 519 a.C., aún en tiempos de la monarquía etrusca, y que falleció en 439 a.C. después de una larga y provechosa vida al servicio del Estado. En primer lugar, a Cincinato hay que denominarle como lo que era: un oligarca. Uno de aquellos venerables senadores que se oponían a compartir sus derechos políticos con los despreciables, bajo su punto de vista, plebeyos. Los patricios se oponían a su entrada en el Senado y estaban en contra de la legislación escrita que iba en menoscabo del poder judicial que los aristócratas ostentaban en la urbe. Era de aquella clase de hombres que más de dos siglos después exaltaría con nostalgia Catón el Viejo: sencillo, agricultor, conservador, profundamente respetuoso con las tradiciones romanas y con sus dioses. Un hombre de Estado para el que el nombre de Roma lo era todo.

Tras diversos avatares y pasos por las magistraturas que poco a poco iban configurando la naciente República Romana, Cincinato alcanzó el consulado que ocupó, como era tradición, un año. Tras haber dirigido los designios romanos, el patricio se dirigió a su granja y se dedicó a cultivarla deseoso de pasar lo que le quedara de vida (contaba ya con 59 años) en la tranquilidad del campo. Pero he aquí que la necesidad de sus compatriotas le hizo aplazar sus planes de jubilación en la campiña romana. Roma estaba en guerra contra los ecuos. Un destacamento dirigido por uno de los cónsules había sido acorralado por sus enemigos. Si el ejército era derrotado la propia Roma correría grave peligro.

Un día Cincinato recibió visita en su granja. Una delegación del Senado había acudido a suplicarle que aceptase la dictadura para liberar a sus compatriotas de los malvados ecuos. Hay que entender la dictadura en su contexto romano: era una magistratura extraordinaria reservada para alguno de los hombres más prominentes del Estado al que se le daban todos los poderes para afrontar un peligro o una situación excepcional. Su mandato estaba limitado en principio a seis meses.

Cincinato recibió en dos ocasiones a una delegación senatorial que le rogaba que tomase las riendas de Roma como dictador. Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma, Juan Antonio Ribera, 1806. Museo del Prado.

Cincinato recibió en dos ocasiones a una delegación senatorial que le rogaba que tomase las riendas de Roma como dictador. Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma, Juan Antonio Ribera, 1806. Museo del Prado.

Cincinato sacrificó la salud de sus huertos por acudir en auxilio de sus compañeros de armas. Apeló a su odiada plebe para que se enrolara en un ejército de salvación y con ellos marchó para enfrentarse a los ecuos. Llegó durante la noche y el dictador diseñó una astuta estratagema. Amparado en la oscuridad podría hacer parecer a sus enemigos que contaba con más hombres de los que tenía en realidad. Plantó una empalizada para rodear a los ecuos y ordenó a su ejército que hiciesen todo el ruido que pudieran para despertar el miedo en los corazones ecuos. Esos gritos llegaron al destacamento romano arrinconado que, animado por la ayuda recibida, se lanzó al ataque contra sus enemigos. Entonces, Cincinato decidió a su vez atacar rodeando a los ecuos que decidieron rendirse. El patricio había salvado la situación. Pese a que podía disfrutar de la dictadura durante seis meses, decidió dimitir en su sexto día como dictador para apresurarse a cuidar de su maltratada granja.

Allí pasó veinte largos años. Cuando ya tenía ochenta y estaba a punto de fallecer volvió a recibir otra delegación senatorial. Ésta le volvía a ofrecer la dictadura para hacer frente al complot diseñado por un senador llamado Espurio Melio. Los patricios informaron al anciano que Melio había tratado de comprar la voluntad de la plebe. En una ocasión cuando Roma sufrió una hambruna Melio, a cuenta de su bolsillo, compró trigo a los etruscos y lo repartió al pueblo. También le comunicaron que el conspirador guardaba armas en su casa y mantenía reuniones clandestinas con el fin de reinstaurar la monarquía en su persona.

Cincinato aceptó. Envió a su general de caballería, Servilio, a citar a Melio para responder a las acusaciones. Éste se sintió descubierto y decidió huir, pero fui interceptado por Servilio quien le asesinó allí mismo. Cincinato había vuelto a salvar a la República de Roma. Tras ello se retiró a su granja donde falleció unos meses después.

La figura de Cincinato, el granjero venerable, depositario de las tradiciones de su pueblo y con una profunda visión de estado, ha pasado a la posteridad. La joven nación estadounidense bautizaba en 1790 a la antigua Losantiville como Cincinnati en honor a ese agricultor romano que había fallecido más de dos mil años antes.

Para saber más

Carl Grimberg, Historia Universal de Roma

Sobre las luchas entre patricios y plebeyos

Los ecuos

Galería de imágenes

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