Duelo por el reino de Sicilia

Las visperas sicilianas de 1282 fueron el estallido de un problema latente que llevaba determinando la vida en Sicilia desde hacía una quincena de años. Durante la Edad Media, tras diversos avatares, la isla se configuró como un reino gobernado primero por la dinastía normanda de los Hauteville y más tarde por los emperadores alemanes de la familia Hohenstaufen. Cuando éstos cayeron en desgracia ante el Papado, la Santa Sede hizo todo lo posible para destruirles. Así fue como el Papa Urbano IV, haciendo uso de la teoría de la supremacía pontificia que le permitía revocar reinos, desheredó a los Hohenstaufen y le vendió los derechos sobre la isla al francés Carlos de Anjou, hermano del rey Luis IX de Francia.

Carlos emprendió una campaña contra el rey Manfredo de Sicilia, al que derrotó en la Batalla de Benevento (1266). Dos años después vencería al último Hohenstaufen, Conradino, en Tagliacozzo. Carlos había conquistado la isla pero no se procuró el amor de sus habitantes. El francés pasaba la mayor parte del tiempo en Nápoles, dejando Sicilia en manos de funcionarios franceses, normalmente corruptos. Los italianos fueron apartados de la administración y de los cargos de responsabilidad. Los sicilianos, acostumbrados a ser el centro del gobierno durante sus anteriores soberanos, no estaban conformes con su nueva posición secundaria en el reino. Al elemento nacionalista siciliano se sumó la existencia de una heredera de Manfredo, su hija Constanza quien se había casado con el futuro Pedro III de Aragón.

Las Vísperas sicilianas representadas en una obra del italiano Francisco Hayez.

Las Vísperas sicilianas representadas en una obra del italiano Francisco Hayez.

Pronto se fraguó una conspiración en la que participaron aragoneses, sicilianos, genoveses y bizantinos con el fin de destruir a Carlos de Anjou. El 30 de marzo de 1282, mientras las campanas de las iglesias de Palermo tocaban a vísperas, comenzó la insurrección. La leyenda afirma que un soldado francés intentó seducir delante de su esposo a la hija de un potentado de la isla. Los sicilianos y su sempiterno sentido del honor no toleraron la afrenta y asesinaron al soldado. Sus compañeros corrieron a vengarle desencadenándose una batalla campal que culminó con el asesinato de toda la guarnición francesa de la ciudad. La guerra había comenzado y Pedro III pronto acudió a la isla a defender los derechos de su esposa y ser coronado rey de la isla.

Ni Pedro ni Carlos querían una guerra larga. El primero tenía una situación económica delicada y no podía permitirse subir los impuestos debido al modelo pactista de la monarquía aragonesa, que le supeditaba al permiso de las cortes para hacerlo. El segundo ya los había subido demasiado para pagar sus deudas contraídas con el Papa cuando compró la corona de Sicilia. Si los subía más corría la necesidad de perder nuevos territorios. Además, sus posesiones en Jerusalén y Albania sólo le aportaban gastos. Ambos convenían en que la guerra debía terminar cuanto antes.

Carlos ideó un plan. Desafió a Pedro a un combate singular, el vencedor se quedaría con la isla. Se ponían así a disposición del juicio divino, que se suponía que le daría la victoria a aquel que tuviera la razón de su parte. Pedro aceptó pero poniendo algunas condiciones. La guerra, en la cual llevaba ventaja, seguiría hasta que se celebrase el combate. También se declinó la idea de que luchasen ellos dos personalmente debido a que Carlos ya contaba 56 años, una edad elevada para la época, mientras que Pedro tenía 41. Se decidió que lucharían cien paladines de cada rey en su nombre. El combate se celebraría el 1 de junio de 1283 en Burdeos, por aquel entonces territorio inglés.

La idea fue desaprobada por la mayoría de gobernantes de la época, que la consideraban frívola. El papa francés Martín IV, que apoyaba incondicionalmente a Carlos, le reprendió diciéndole que si quería el juicio de Dios se sometiera al de su representante en la tierra, que no era otro que él mismo. Los sicilianos estaban atemorizados de que Carlos venciera y toda su rebelión y resistencia hubiesen sido en vano. El rey inglés Eduardo no prometió salvoconducto a ninguno de los luchadores, pero permitió que su senescal en Burdeos realizase los preparativos para la liza.

Carlos hizo su aparición en Burdeos con una comitiva esplendorosa que realzaba su poder. Los acompañantes de Pedro eran mucho más austeros tratando de magnificar el componente divino que rodeaba al duelo. En realidad, los dos reyes ya habían reconsiderado el asunto y habían comprendido que no valía la pena jugarse un reino mediante una simple justa. Sin embargo, ya habían dado su palabra y el honor era algo sagrado en el siglo XIII.

Los dos luchadores encontraron su salvación en un detalle: habían acordado que el duelo se celebraría el 1 de junio, pero no habían concretado la hora. Pedro hizo su aparición por la mañana junto a sus cien guerreros y esperó un rato, pero su rival no apareció. Pedro le acusó de cobardía y se atribuyó la victoria por incomparecencia. A la tarde el que se presentó en el lugar del duelo fue Carlos, quien también estuvo esperando unos momentos a su enemigo. Como no acudió, Carlos también se declaró a sí mismo vencedor y afirmó que Pedro no había aparecido por temor. Unos días más tarde los dos rivales abandonaron la ciudad entre acusaciones mutuas de cobardía. La guerra se extendería unos años y finalmente culminaría con los aragoneses como dueños de Sicilia y los angevinos (herederos de Carlos de Anjou) como poseedores de Nápoles.

Para saber más

Las vísperas sicilianas, de Steven Runciman

Carlos de Anjou

Sobre las Vísperas

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4 comentarios en “Duelo por el reino de Sicilia

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